INGLATERRA: LA COMPLEJA BIOGRAFÍA DE UNA ISLA

    El rasgo más definitorio de la historia política de la antigua provincia romana de Britania entre los siglos V y  X  es la fragmentación. En otras provincias del Imperio los pueblos germanos consiguieron establecer reinos extensos y compactos como los francos en la Galia o los visigodos en Hispania, eliminando a otros pueblos que solo llegaron a crear estados efímeros antes de desaparecer de la historia, como los burgundios o los suevos. En Britania, sin embargo, debido probablemente a su débil y tardía romanización y, por lo tanto, a la fragilidad o ausencia de estructuras políticas y administrativas previas, los germanos que ocuparon la isla no fueron capaces de hacer lo mismo. Anglos, jutos y sajones se limitaron a arrinconar en el oeste a los pueblos celtas que habían sobrevivido a los romanos y a repartirse el territorio más rico y fértil en diferentes núcleos de poder poco consistentes. Se trata de la época de los siete reinos, una estructura política caleidoscópica a la que solo de forma retrospectiva y aproximativa se puede identificar con Inglaterra. Hay que tener en cuenta, además, que, dejando aparte el extremo superior de la isla, la actual Escocia, y la esquina occidental, Gales y Cornualles, al final de este periodo encontramos también en el noreste el Danelaw, es decir, un extenso territorio, mayor que cualquiera de los otros reinos, controlado y unificado políticamente con Dinamarca.

    Este mosaico político de la Britania altomedieval se corresponde, sin embargo, con un desarrollo cultural muy vinculado al del continente, gracias, sobre todo, a una opción religiosa transcendental: la elección del cristianismo romano como vehículo evangelizador frente a la influencia irlandesa. Esta elección, cuyo momento clave tuvo lugar en el sínodo de Whitby, en Northumbria, en el año 664, vinculó definitivamente a los reinos germanos de Britania con la historia cultural del conjunto de Europa. Por ello, la presencia de personalidades anglosajonas como Alcuino de York en el entorno palaciego de Carlomagno y la labor evangelizadora de los misioneros británicos, como san Bonifacio entre los germanos al norte del Rin, fueron ya aportaciones fundamentales de la Britania germana a nuestra historia común.

    Con todo, si hemos de ceñirnos aquí a la historia política de Inglaterra, habrá que esperar hasta finales del siglo IX para poder hablar, con la figura de Alfredo el Grande, de una mínima unidad de la mitad inferior de la isla y de una cierta continuidad cultural, que, de todos modos, solo llegará a ser definitiva casi doscientos años después con la invasión normanda de 1066. La ocupación y el reparto del reino anglosajón entre los guerreros de Guillermo el Conquistador y, más relevante todavía, la unión dinástica de Inglaterra con Anjou y Aquitania en la figura de Enrique II hicieron de este nuevo estado un actor más de la política y de la cultura europeas. Así, mientras que el Beowulf, de procedencia sajona y danesa, pese a su mayor antigüedad, no parece haber tenido ninguna trascendencia ni siquiera en la evolución de la literatura popular de la isla, las producciones artísticas de la Inglaterra normanda y angevina alcanzaron repercusión global. En primer lugar está la Chanson de Roland, que los propios soldados de Guillermo llevaron a la isla y difundieron allí a través de copias que han llegado incluso hasta nosotros; después, todos los motivos de la mítica celta vinculados a la figura del rey Arturo, que se convirtieron en una de las tres ramas básicas de la  épica  europea medieval; por último, la propia creación personal de escritores como María de Francia o Godofredo de Monmouth cuyas obras tuvieron alcance general gracias al poderío político y militar de la corte de los Plantagenet. Y desde el punto de vista cultural, también hay que subrayar en este momento de la historia inglesa un hecho de tanta trascendencia como la fundación de la universidad de Oxford en el mismo momento inicial de expansión de los grandes centros educativos europeos.

    Este proceso de europeización de la vida política y cultural de la isla culmina en la segunda mitad del siglo XIV con dos hitos fundamentales en la historia de Inglaterra: el inicio de la Guerra de los Cien Años y la redacción por Geoffrey Chaucer de los Cuentos de Canterbury. Las grandes victorias de Crécy y de Poitiers en tiempos de Eduardo III convirtieron a Inglaterra en la mayor potencia militar europea de su tiempo, a punto de cambiar el curso de la historia del continente. Por su parte, Chaucer, al utilizar por vez primera la lengua “vulgar” de la isla para escribir una obra literaria culta, adaptando el modelo narrativo de mayor prestigio en la Europa del momento, el Decameron de Boccaccio, acababa con un largo periodo de la literatura inglesa en el que las únicas lenguas literarias eran el latín de la Historia regum Britanniae o el anglonormando de los Lais, y abría el camino hacia el progresivo desarrollo literario de la lengua inglesa, en paralelo a los grandes movimientos conjuntos de la cultura europea. Si esta sincronización resulta evidente ya en los siglos XIV y XV con la difusión del denominado “gótico perpendicular” en catedrales como la de Gloucester o de un gótico aún más barroco, paralelo al flamígero, como el de la Capilla de la Virgen en la abadía de Westminster, en el ámbito literario va a ser aún más marcada durante el reinado de Enrique VIII en la primera mitad del siglo XVI cuando Inglaterra asimile por completo el Renacimiento europeo. Tanto la participación del rey en la Reforma como, sobre todo, la aparición de grandes humanistas como Thomas More y de poetas italianizantes como Wyatt o Howard sitúan en ese momento a Inglaterra a la altura de Flandes, Portugal o la propia Francia en el desarrollo cultural europeo. Este proceso continúa y culmina en la época de Isabel I con poetas como Spencer y, sobre todo, con la gran eclosión del teatro isabelino.

    En efecto, el teatro popular inglés de finales del siglo XVI es otra de las grandes aportaciones de la literatura inglesa a la historia cultural de Europa. No se trata solo de grandes escritores como Marlowe, Shakespeare o Jonson, ni de obras inmortales como Fausto, Macbeth o Volpone sino, sobre todo, de la creación de una poética dramática alternativa al clasicismo, similar, por otra parte, a la que estaba triunfando en España en esa misma época. Ciertamente, el éxito del teatro isabelino fue solo temporal y local pero sus repercusiones décadas después en la historia de la dramaturgia europea resultaron determinantes para el desarrollo del teatro europeo de la Etapa Disolvente.

    Finalmente, como hemos anotado en el lugar correspondiente, a partir de la unión de las coronas escocesa e inglesa en la frente de Jacobo I, el primer Estuardo inglés, a principios del siglo XVII, resulta más preciso hablar de historia de Gran Bretaña que de Inglaterra. Pero, desde el punto de vista cultural, ese siglo XVII sigue siendo una prolongación del Renacimiento anterior en un Barroco un tanto particular pero bien identificado con movimientos culturales paralelos propios de esa época en el continente. La gran obra de Milton, por ejemplo, pese a su originalidad indiscutible, responde, al margen de cuestiones puramente personales, a las preocupaciones religiosas y estéticas propias de todos los países europeos de religión reformada, y la poesía metafísica de Donne, con su fiereza verbal y conceptual y su clasicismo formal, no deja de ser una poesía barroca equiparable a la de un Quevedo o un Silesius. [E.G.]