FINLANDIA: LA DISPUTADA PATRIA DE LOS FINESES

 

    Hoy, a finales de 2015, aún faltan dos años para el centenario de la independencia de Finlandia. Por lo tanto, desde el punto de vista de la historia de Europa tiene más sentido hablar de Finlandia como un ducado sueco o ruso que, de forma relativamente autónoma, mantuvo una sostenida unidad política dentro de unos límites geográficos parecidos a los actuales entre los siglos XIV y XIX.

    Sin embargo, el proceso de inclusión de Finlandia en Europa durante la Edad Media Central es más complejo de lo que la configuración contemporánea de ese país podría dar a entender. Los fineses se vieron afectados, a principios del siglo XIII, por un gran movimiento militar europeo que transformó por completo la morfología política del noreste del continente: las cruzadas bálticas. A mediados del siglo XII, el Imperio Germánico había visto en el éxito de la Primera Cruzada contra Palestina una excusa excelente para ampliar sus dominios a costa de los pueblos paganos que habitaban en la costa sur del mar Báltico. El éxito de las órdenes militares germanas sobre sorabos, prusianos, livonios y estonios, que llevó a la creación de Prusia, impulsó a Suecia a iniciar, en la costa norte, una serie de campañas similares contra los fineses, otro pueblo fínico, como los estonios. En ambas orillas el proceso fue similar: establecimiento de nuevos obispados sufragáneos de los grandes arzobispados germanos y suecos (la finlandesa Åbo –Turku-, de la sueca Uppsala; la livonia Riga, de la germana Bremen) y control político de los pueblos convertidos a través de entidades administrativas dependientes del núcleo invasor. En el caso sueco, la zona finesa, controlada directamente por la realeza, llega a convertirse a finales del siglo XVI en un Gran Ducado que se extendía hasta el lago Ladoga.

    Y todavía hay que añadir a esto que por esas mismas fechas, tras la derrota de suecos y teutones ante Alexander Nevsky, los eslavos de Novgorod también extienden sus dominios hacia la parte más oriental del Báltico. Aunque su establecimiento definitivo no se consolida hasta principios del siglo XVIII con la fundación de San Petresburgo, en el XIV los eslavos ya habían conseguido repartirse con los suecos el istmo de Carelia. De este modo, los pueblos fínicos, que hasta entonces habían mantenido una unidad cultural al menos tan consistente como la de los celtas en la Galia de César, pasan a estar completamente fragmentados: estonios bajo control teutón, ingrios en la órbita rusa, fineses en el reino de Suecia y carelios a expensas de los enfrentamientos constantes entre rusos y suecos.

La expansión de Suecia por todo el Báltico y sus éxitos militares de los siglos XVI y XVII hicieron de ese mar una especie de lago sueco y los límites del Gran Ducado de Finlandia alcanzaron durante esa época su mayor ampliación hacia el este, englobando toda la región carelia del lago Ladoga. Sin embargo, incluso en esa época de expansión, Finlandia solo llegaba por el norte hasta el estrecho de Kvarken, por más que ahora se extienda más allá del Círculo Polar Ártico.

    El declive de Suecia en el siglo XVIII y el triunfo de Rusia en las Guerras Napoleónicas provocó la anexión zarista del Gran Ducado, que vio recortadas por el este sus fronteras, al mismo tiempo que las alargaba por el norte. Bajo el dominio ruso, el siglo XIX es, en Finlandia, como en el resto de Europa, el siglo del nacionalismo. Este movimiento tiene una repercusión especial en el campo de la literatura, sobre todo, mediante la recopilación de las leyendas tradicionales de la cultura fínica en un idioma local, el finés, que adquiere un gran desarrollo. El autor y la obra más importantes de este proceso de recuperación de las tradiciones populares son Elías Lonnröt y su Kalevala, mientras que por esa misma época en el campo musical destaca el compositor Jan Sibelius.

    En este contexto, la derrota de Rusia en el Primera Guerra Mundial favorece la creación de dos países fínicos en las orillas del mar Báltico: al norte Finlandia, en cuyo territorio se incluye Carelia, y Estonia al sur. La Segunda Guerra Mundial, sin embargo, modifica esas fronteras radicalmente. Finlandia resiste al ejército soviético, pero a cambio de ceder Carelia; en el sur, Estonia pierde su independencia y se convierte en una República Soviética entre 1940 y 1991. En la actualidad, el mapa de Finlandia plantea dos problemas culturales básicos. Por un lado, en el norte incluye unos amplios territorios semidesérticos ocupados por un pueblo, los sami o lapones, que no son propiamente fineses y que se extienden también por Noruega, Suecia y Rusia. Por otro, al este, dentro de la Federación Rusa se engloba una República de Carelia históricamente vinculada a Finlandia. [E. G.]