FERRARA: MODELO DE ESTADO SEÑORIAL RENACENTISTA

    La estrecha vinculación del ducado de Ferrara con el desarrollo de las artes en el norte de la península itálica durante los siglos XV y XVI es un buen ejemplo de las posibilidades de renovación cultural que todavía ofrecía a la Europa del Renacimiento un modelo cultural anticuado y condenado a desaparecer, el de las ciudades-estado supervivientes de la Edad Media, tan diferente al de los estados nacionales que se estaban fraguando en esas mismas décadas.

    Los dominios de la familia Este en la inicios de la Etapa Clásica, es decir, los ducados de Ferrara y de Módena, representan un punto de llegada, casi pintoresco por sus peculiaridades, de las grandes luchas medievales por el poder entre Imperio y Papado en las llanuras del Po. Una única familia de origen lombardo se hace con el poder simultáneamente de un ducado de origen imperial, Módena, y otro de investidura papal, Ferrara, uniéndo ambos en un mismo estado sin solución de continuidad desde el mar Tirreno hasta el Adriático. A lo largo de todo el Renacimiento la Ferrara-Módena de los Este se convierte en una especie de fino, resistente pero inviable colchón entre los amenazadores señores del norte (Francia, el Imperio, Venecia) y los también cada vez más fuertes gobiernos del sur de Italia (los Estados Pontificios y el Nápoles español).

    A partir del siglo XIII la ciudad de Ferrara queda bajo el dominio de la familia Este, que se prolongó hasta finales del XVI. Desde el punto de vista legal, el feudo de Ferrara pertenecía a los Estados Pontificios. Bajo la autoridad papal, los Este tuvieron el título primero de podestà y luego de marqués hasta que Borso de Este fue nombrado duque de Ferrara en 1471 por el papa Pablo II. A partir de ese momento, la historia política del ducado es la de una lucha continua por mantener cierta independencia frente a las potencias expansionistas de la zona como Venecia o España sin perder autonomía frente a las exigencias del Papa, su señor natural. El sucesor de Borso, Hércules I, tuvo que enfrentarse a la Sereníssima, que intentaba ampliar sus dominios terrestres. Esta guerra siguió con su hijo Alfonso I, quien había contraído matrimonio con Lucrecia Borgia (hija del papa Alejandro VI), como forma de estrechar los lazos con el Pontífice. Pese a ello, el propio duque, excomulgado por Julio II por cambiar de bando, en 1512 combatió contra el ejército pontificio para asegurar su independencia. A Alfonso I le sucedió su hijo Hércules II, quien se casó con Renata, hija de Luis XII de Francia, buscando apoyos contra el poderío creciente de los españoles, que acababan de apoderarse del ducado de Milán. Su hijo Alfonso II logró por fin un difícil y efímero equilibrio en su política exterior que llevó a Ferrara al punto culminante de su esplendor. Pese a todo, Alfonso II no tuvo descendencia masculina y a finales del siglo XVI el papa Clemente VIII puso fin al Ducado de Ferrara, que quedó bajo el control directo, político y administrativo, de los Estados Pontificios hasta 1832, año en que el gobierno de la ciudad pasó a Austria.

    Históricamente no hay nada particular en esta evolución política, que coincide con procesos similares en la Florencia dominada por los Medici también hasta el siglo XVIII, en el Milán sforzesco del siglo XV, hasta su control por España, y, sobre todo, en el fronterizo ducado de Mantua, gobernado por los Gonzaga hasta principios del XVIII. En todos estos casos, a lo largo del siglo XV y XVI se produce la concentración de poder en manos de una familia que consigue fraguar, siquiera sea temporalmente, un pequeño modelo estatal navegando las turbulentas corrientes históricas de la lucha por la hegemonía europea entre Francia y España.

    Desde el punto de vista cultural, el desarrollo del ducado de Ferrara corre paralelo al aumento del poderío de la familia gobernante. Ya en 1391, con el permiso del Papa Bonifacio XI, el marqués Alberto I había fundado la Universidad de Ferrara, en la cual se licenciaron ya en el siglo XVI importantes personajes como Nicolás Copérnico (1503) y Paracelso (1516). También a finales del siglo XV, el afán de prestigio llevó al duque Hércules I a promover un ambicioso proyecto de reestructuración urbana, la célebre Addizione Erculea que duplicó el tejido urbano, creando una nueva ciudad. Hay, por lo tanto, una relación directa entre el ascenso social de estas familias de la nobleza que acceden a un poder casi absoluto en sus feudos regionales y un desarrollo cultural modernizador en la zona norte de la península itálica. De la misma manera, para los Medici florentinos trabajarán no solo artistas de la talla de Donatello y Miguel Ángel sino también científicos punteros como Galileo y para los Gonzaga en Mantua pintores de vanguardia como Andrea Mantegna en el siglo XV, alguno de los mejores arquitectos clásicos como Giulio Romano en el XVI e incluso el más renovador de los músicos de la época, Claudio Monteverdi, a finales de esa misma centuria. En todos estos casos, los gobernantes utilizan la cultura y el prestigio de la corte ducal como forma de proclamar su éxito social y de consolidar su poder personal sobre sus conciudadanos; por su parte, los grandes artistas italianos pudieron aprovecharse de las ventajas de este patronazgo a cambio de tomar parte en este proyecto político de ensalzamiento de las familias gobernantes.

    Este proceso general, que se repite de forma parecida en todas las cortes aristocráticas italianas del siglo XVI, lo podemos seguir de forma más concreta en el ámbito de la creación literaria en la Ferrara del Renacimiento ya desde la segunda mitad del siglo XV, cuando el duque tiene a su servicio a Mateo Boiardo y, sobre todo, a principios del siglo XVI, cuando Ludovico  Ariosto , de procedencia napolitana, dedica su Orlando furioso a la gloria de la familia Este. Incluso el último de los duques de Ferrara, Alfonso II, tuvo todavía a su servicio, a finales del siglo XVI, al más importante de los poetas épicos de la Europa de su tiempo, Torcuato Tasso.