CORONA DE ARAGÓN: UN IMPERIO MEDIEVAL MEDITERRÁNEO

    

La historia y configuración estatal de la Corona de Aragón recogen uno de los modelos de organización política más característicos y exitosos de la Etapa Constituyente de la historia de Europa: la confederación de estados heterogéneos bajo un mismo dominio señorial. Estructuras similares a la de la Corona de Aragón podemos encontrarlas entre los siglos XI y XIX en lo que se ha dado en llamar Imperio Angevino, en el más propiamente dicho Imperio Germánico, en la Unión de Kalmar escandinava o la monarquía dual polaco-lituana, en el complejo imperio de los Habsburgo austriacos e incluso, en su variedad “republicana”, en el polimórfico señorío de Venecia o en la aún existente Confederación Helvética. En la actualidad, el hecho de que casi todos estos países hayan desaparecido empaña la verdadera trascendencia de la vigencia histórica de este modelo de estructuras estatales durante más de cinco siglos de historia europea.

El reino hispano de Aragón, unido desde mediados del siglo XII al condado de Barcelona, dio origen a la Corona de Aragón como resultado de las conquistas cristianas en zonas nororientales del antiguo reino visigodo, a ambos lados de los Pirineos, ocupadas a principios del siglo  VIII  por los árabes. Administrativamente, la Corona de Aragón existió hasta principios del siglo XVIII, pero en lo que podríamos denominar su estructura clásica, entre los siglos XIV y XV, se configuró como el principal estado cristiano del Mediterráneo occidental, incluyendo, junto con otras posesiones menores, los reinos de Aragón y Valencia y el principado de Cataluña en la Península Ibérica y los de Mallorca, Sicilia y Nápoles en el Mediterráneo.

Como la Inglaterra del siglo XIII, o Dinamarca y Polonia en la Baja Edad Media, el Aragón del siglo XV reunía un amplio y variado conjunto de territorios dotados de una organización de tipo confederal que unificaba, sobre todo, la figura de un monarca común, mientras las leyes particulares de cada uno de ellos se regulaban a través de curias o parlamentos autónomos. Tampoco había en estos territorios una lengua de cultura única, más allá del latín, patrimonio común de todos los países de cultura europea, por lo que en la expresión literaria de la Corona a lo largo de los siglos predominaron sucesivamente el provenzal, el catalán y el castellano en los territorios hispánicos y los dialectos meridionales del italiano y el más culto toscano en Nápoles y Sicilia.

La unión personal de Aragón y Castilla en la época de los Reyes Católicos y la inclusión de su herencia común en el Imperio Hispánico de sus descendientes, los Austrias, favoreció a la larga la desmembración de la Corona: los territorios hispanos se integraron en la España moderna y los dominios del Mediterráneo central en el Nápoles borbónico del siglo XVIII primero y en la Italia actual después.

Desde el punto de vista literario, los cinco siglos que abarca lo que podríamos llamar la existencia autónoma de la Corona de Aragón conocieron dos etapas muy diferentes. En un primer momento, como región hispánica que era y, por lo tanto, fuertemente islamizada, la Corona de Aragón cumplió un papel especial como zona de comunicación entre la cultura árabe de Al-Ándalus y los reinos cristianos de Europa. La importancia de este periodo puede verse claramente en una obra fundamental para la prosa doctrinal europea del siglo XII, la Disciplina Clericalis de Pedro Alfonso, judío converso de Huesca. En ese mismo sentido de puente entre el Islam y la Cristiandad se halla también la amplia labor intelectual del filósofo mallorquí del siglo XIII Ramón Llull, cuya vida y predicación se desarrollaron a caballo entre la Europa continental y el norte de África.

La siguiente etapa significativa en la literatura de la Corona de Aragón tiene que ver con la historia de la literatura provenzal. En los territorios de la Corona, tanto al norte como al sur de los Pirineos, se originaron y divulgaron de forma natural y en modalidades lingüísticas vernáculas, los temas y formas poéticas de los trovadores provenzales y desde allí se extendieron por el resto de los reinos cristianos de la península ibérica. Un buen ejemplo de este proceso lo representa Cerverí de Girona, trovador originario del condado de Barcelona, de quien se sabe que trabajó tanto para grandes señores del Languedoc como en la corte toledana del rey de Castilla.

Esta vinculación directa de la literatura aragonesa con el desarrollo común de la literatura europea podemos encontrarla también, ya en la segunda mitad del siglo XV, en dos de las obras más significativas del periodo, procedentes ambas del reino de Valencia: la novela de caballerías Tirant lo Blanc de Joannot Martorell y el Misteri d’Elx. La primera, a partir de un relato inicial situado en una mítica Inglaterra de sabor artúrico, lleva a su protagonista hasta la exótica Bizancio, abriendo camino a lo que pronto será la novela de caballerías hispánica, encabezada por el Amadís de Gaula. En el mismo sentido, las referencias más antiguas llegadas hasta nosotros del Misteri d’Elx ponen en contacto las tierras más meridionales de la Corona de Aragón con las grandes tradiciones dramáticas religiosas populares de la Baja Edad Media europea.

Por esa misma época, por último, la extensión geográfica de la Corona de Aragón favoreció también los contactos directos de la península ibérica con el sur de Italia a través de Nápoles, lo cual influyó directamente en algunas de las grandes obras literarias de este periodo, como la lírica petrarquista del también valenciano Ausias March. Así, la Corona de Aragón se convirtió en un ámbito privilegiado para la difusión del Renacimiento en la España del siglo XVI. [E. G.]

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