OPUS NIGRUM: UNA CONCIENCIA LIBRE FRENTE AL FANATISMO

 

    Entre las múltiples convenciones seculares de la literatura europea mantiene un papel relevante, incluso hoy en día, la de que una novela histórica no pretende hablar de la época en la que está situada, no principalmente. La novela histórica, en realidad, es un género conceptualmente imposible. No está a nuestro alcance recuperar desde nuestro presente, a través de la representación lingüística, un mundo que ha desaparecido. Forzosamente esa recuperación será parcial, sesgada, superficial, anecdótica, en cualquier caso anacrónica. Incluso si un auténtico genio fuera capaz de sumergirse de tal forma en el contexto histórico desde el que quiere narrar, el resultado sería para nosotros, necesariamente, un galimatías, un texto en todo caso ajeno, distante, atractivo solo en la medida en que pudiera serlo un documento cualquiera de aquella época. Es lo que sucede, por ejemplo, con la Trilogía del mar, novelas históricas sobre el siglo XVIII del nóbel inglés William Golding, a las que se les puede reprochar, paradójicamente, una excesiva fidelidad a la época.

    Por eso, la novela histórica se aprovecha, ante todo, del anacronismo y el acierto del autor depende en buena medida de la habilidad con que maneje este concepto tan denostado en el arte moderno. El anacronismo básico de una buena novela histórica es que su asunto remite, en realidad, a nosotros mismos. Ese fue el gran acierto de la más famosa de la novelas de Marguerite Youcenar, las Memorias de Adriano. A través de su protagonista y de la Roma del siglo II la autora francesa nos ponía en contacto con algunas de las inquietudes más profundas de la posguerra mundial, el activismo político, la libertad sexual, la lucha contra el fanatismo, la responsabilidad de los intelectuales... Yourcenar hablaba en su novela histórica de sus propios lectores, que por eso se sentían tan interpelados por sus palabras. El hecho de que llegaran envueltas en un lenguaje esteticista y suntuoso, encuadradas en el poderoso marco de la Roma imperial, no dejaba de ser el caramelo con el que se nos endulzaba la lectura y por el que no dudamos en darle las gracias a la autora.

    Con Opus nigrum Marguerite Yourcenar fue más allá y se atrevió a ofrecernos un nuevo cuadro histórico, tan impactante o más que el anterior, prescindiendo de la envoltura edulcorante. Tal vez animada por el gran éxito de Adriano, publicado en 1951, la autora se volcó en otro periodo histórico, el siglo XVI, que ya había explorado en una colección de relatos publicados en 1934: La mort conduit l´attelage. En esa recopilación, uno de los textos, “D´après Dürer”, anclaba su argumento en la Europa del Renacimiento y de la Reforma. De ese relato de juventud procede la que algunos consideramos la mejor, la más atrevida, la más actual de las novelas de la gran narradora  francesa .

    De acuerdo con los razonamientos iniciales de este artículo, deberíamos plantearnos qué vinculación establece Yourcenar entre nuestro mundo de hace 50 años –L´oeuvre au noir se publicó en 1968, precisamente en mayo del 68- y esa Europa de la primera mitad del siglo XVI por la que se mueve Zenón, el médico protagonista. Varias son las ideas claves al respecto pero destacan la libertad individual y la exigencia de dignidad personal en medio de un infierno social donde el hombre parece condenado a sufrir sin sentido. Zenón, como Yourcenar –Zenón muere a los 60 años, la edad de la autora mientras escribía su obra-, no pertenecen a ningún lugar que no sea su propia conciencia. Retirada junto con su pareja desde hacía 20 años en Bar Harbor (EE.UU.), Yourcenar anula en su novela la responsabilidad política o la trascendencia social del papel público de su protagonista, al contrario de lo que había hecho con el emperador romano. El mundo de Zenón es el mundo de su propia conciencia y del reducido ámbito social en el que se refugia en su constante huida.

    Fuera de ese mundo interior, los personajes de Yourcenar, tan anodinos todos ellos, se mueven por una Europa que ofrece sus fronteras abiertas como todavía no podemos presumir nosotros. Henry-Maximilien combate unas veces con el rey de Francia y otras contra él. Zenón viaja sin cortapisas desde Astorga a Innsbruck, estudiando en Montpellier, publicando en Lyon, operando en Uppsala. No en vano Marguerite Yourcenar puede considerarse el más europeo de nuestros escritores: el ámbito geográfico de Opus nigrum es Europa, en un momento histórico crucial, en el último instante en el que Europa todavía era una.

    Precisamente la fragmentación, la disolución de la unidad es otro de los temas trascendentales de la novela, desde su propio título. En su retiro de Brujas, Zenón constata la quiebra de la unión de Europa, que se desangra en guerras de religión y en conflictos sociales, en una especie de locura de todos contra todos. Una disolución que al final de la novela llega incluso a Flandes, donde todos parecen haberse puesto de acuerdo para que también allí triunfe el caos. ¿Cómo no tener presente, cuando se está leyendo un capítulo tan impresionante como “La muerte en Münster”, la oleada de fanatismo enfermizo y de destrucción masiva padecida en esas mismas tierras de Centroeuropa solo veinte años antes de la escritura de la novela?

    De todo esto, tan nuestro, es de lo que nos habla Yourcenar en Opus nigrum. Pero si Adriano dedicaba su vida a intervenir, la de Zenón va a ser, por el contrario, una constante huida hacia sí mismo. Al principio, durante su vida errante, Zenón radicalizará su pasión racionalista. Ante él solo se sostiene en pie el mundo de la cirugía, basado en datos objetivos, en éxitos y en fracasos tangibles y computables. Para Zenón no tienen sentido el amor a la patria ni el fervor religioso ni la verdad filosófica, pura palabrería. Pero el protagonista de Opus nigrum no es un mero materialista. Como él mismo dice al final del primer capítulo, la suya es una búsqueda interior. Zenón se busca a sí mismo en un proceso que solo más tarde, ya al final de su vida, le llevará a intimar, ocasionalmente, con los demás, esos seres, individuales siempre, con los que podría llegar a tratar de igual a igual en la medida en que algunos de ellos, como el prior franciscano, hayan recorrido su mismo camino.

    Esa fidelidad a sí mismo es lo que explica su negativa a transigir ante la muerte. No se trata, como en Sócrates, de respetar unas normas de vida que forman el núcleo de una doctrina, una demostración de ética inflexible. Es la mera aceptación del encuentro definitivo con la propia soledad. Zenón es consciente desde hace mucho de que ese mundo de fe asesina, de hipocresía institucionalizada, de pasiones desatadas y de embrutecimiento sensual en el que vive no es el suyo. En algún momento ha de marcharse de allí y unos pocos meses más de vida no valen lo que su dignidad de hombre. Como La peste de Camus, Opus nigrum es una novela sobre la posibilidad de un último humanismo desesperado en un mundo que se viene abajo, en una Europa suicida que no merece nuestras lágrimas. [E. G.]

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TRADUCCIÓN CASTELLANA: http://www.forocomunista.com/t32804-opus-nigrum-novela-de-marguerite-yourcenar-formato-pdf-ano-1968