MÁXIMAS: LA MÍSERA CONDICION MORAL DEL HOMBRE

 

    El modelo lingüístico y literario del aforismo es típicamente barroco. Responde a un doble impulso creativo igualmente forzado: la brevedad máxima para la reflexión más profunda. En ambos sentidos el aforismo es rebuscado y efectista, y propio de periodos literarios que se esfuerzan por superar los moldes clásicos y experimentar en sus márgenes. Pertenece al ámbito de creación de los “conceptos” y es uno de los modelos literarios más propios del conceptismo barroco. En esta época, además, el aforismo con frecuencia aparece vinculado a una imagen de carácter simbólico con la que da forma a un “emblema”. El gusto por el emblema, por el aforismo, las sentencias o los pensamientos se extendió por toda Europa a lo largo del siglo XVII y podemos encontrar grandes cultivadores de este género en los Países Bajos (Otto van Veen, de temática amorosa), España (Baltasar Gracián, de temática moral), el Imperio (Angelus Silesius, de temática religiosa), o Francia (Blaise Pascal, de temática espiritual).

    Ese es el contexto literario al que pertenecen las Réflexions ou Sentences et Maximes morales de François de La Rochefoucauld, rigurosamente contemporáneo de casi todos los anteriores. Estos pensamientos del segundo duque de La Rochefoucauld, fueron dados a conocer de forma anónima en La Haya en 1664, cuando su autor contaba con 50 años, había popularizado su presencia en los salones nobiliarios de las más nobles damas de la Corte y acababa de hacerse escandalosamente famoso con la publicación, al parecer involuntaria, de sus Memorias. Esa primera edición pirata holandesa solo contaba con 189 sentencias, por lo que en realidad se considera que la  primera edición completa de las Máximas es la que se publicó al año siguiente en París, que ya tenía 314. Su autor no era un escritor profesional ni un profesional de nada, a no ser de la intriga política, profesión en la que, pese a haberse entregado a ella con pasión durante más de 20 años, apenas podía vanagloriarse de ningún éxito. Sin embargo, sus Máximas gozaron de una gran popularidad literaria desde el primer momento, lo que se materializó en una larga serie de reediciones de esa primera edición, hasta cuatro el mismo año de su publicación, y hasta ocho más en vida del autor. De hecho, consciente de la importancia del texto que había dado a la imprenta, el propio duque se ocupó de retocar, remodelar y ampliar cinco de esas ediciones para ajustar mejor la mera recopilación inicial de sus reflexiones a la idea más canónica de un libro para la lectura. De este modo, el número de máximas llegó a ser de más de 400 en las últimas ediciones del siglo XVII. Esta tarea de ampliación y remodelación resultó ser finalmente una cuestión menor ya que, en realidad, acaso el mayor acierto de la obra, desde su inicio, era ya la coherencia de su pensamiento, su unidad y su homogeneidad. Todo ello, unido a su brevedad y a la consistencia de su estilo, convierte a este librito en un volumen perfecto dentro de su género: 316 máximas –en la cuarta reedición de 1665- en apenas 150 páginas.

    Como buen hombre del Barroco, el duque de La Rochefoucauld basa todo su pensamiento en la idea del engaño. Así lo recoge su primera máxima, que acabó convirtiéndose en el epígrafe de las ediciones más modernas: “Nos vertus ne sont le plus souvent que des vices déguisés”. La apariencia es engañosa; las cosas no son lo que parecen sino lo contrario y, por lo tanto, hay que ser capaz de ver debajo, más allá de las apariencias. Entonces hallaremos la primera verdad a la que agarrarnos, contradictoria y humillante, pero difícil de negar: El egoísmo es la base sobre la que se sustenta toda nuestra conducta. Y quien dice egoísmo, dice amor propio, orgullo, ambición, vanidad... Nuestra conducta social manifiesta nuestro deseo de imponernos a los demás. De ahí nace la adulación, la hipocresía, la coquetería, las amistades interesadas, la envidia a nuestros semejantes o el desprecio hacia los débiles; pero todo esto es obvio y, por lo tanto, baladí. La escandalosa aportación de este noble francés al mundo moderno es la constatación de que también las virtudes más valoradas por la sociedad tienen ese mismo origen indigno: el amor, el heroísmo, la moderación, el desprecio de la muerte, la generosidad, la propia honestidad... Todo lo más noble, lo más estimado, lo más respetable, tiene su orgen en lo más ruin, lo más torpe, lo más miserable. Otra antítesis típicamente barroca.

    ¿Es La Rochefoucauld simplemente un cínico, incapaz de la virtud, al que le interesa o satisface negarla en los demás? Algo así podría deducirse de su propia trayectoria vital. Siendo uno de los más altos miembros de la nobleza  francesa , intrigó sin ningún éxito cuanto estuvo en sus manos para obtener las mayores ventajas personales y estamentales de la difícil situación política de su paìs durante la minoría de edad de Luis XIV. Retirado por la fuerza del mundo de la acción al del pensamiento, su libro parece más interesado en generalizar la baja condición moral de su autor que por justificarla. Las Máximas de La Rochefoucauld, escritas después de haber perdido cualquier posibilidad de convertirse en un hombre en verdad importante, a no ser entre las damas de los salones, parecen responder no tanto a un convencimiento profundo de la vanidad de las glorias humanas como a un reconocimiento ingenioso de la inutilidad del combate, solo después de haber perdido la batalla. Sería algo así: “Pues a estas alturas es ya evidente que no soy un gran hombre, habréis de reconocer conmigo que en realidad los grandes hombres no existen.”

    Se ha censurado, ya desde su época, la ausencia de reflexión religiosa, de trascendencia espiritual, en las Máximas. Esta, en concreto, es una crítica ridícula. Un duque de La Rochefoucauld no tiene nada que decir sobre cuestiones religiosas; Marco Aurelio, el modelo postclásico de estas reflexiones barrocas, tampoco se había interesado por lo religioso, que pertenece a otro orden de cosas. El pensamiento de las Máximas es un pensamiento laico y cortesano, en todo caso “filosófico”, en el sentido grecorromano –y también moderno- de la palabra. El filósofo reflexiona sobre el ser humano en cuanto que humano, un hombre que se mueve en una sociedad de meros seres humanos, no de santos en potencia. Como sucede con El Príncipe de Maquiavelo, ni al autor ni a sus mejores lectores les interesa cómo podrían ser los hombres iluminados por el Espíritu Santo sino como son, en realidad, la mayoría de los hombres, que, como él, no lo están. [E. G.]

EDICIONES ELECTRÓNICAS

    Texto original: https://archive.org/stream/rflexionsousen00laro#page/n5/mode/2up

    Traducción inglesa: http://insomnia.ac/essays/maxims/google_ebook.pdf

    Traducción alemana: http://digital.staatsbibliothek-berlin.de/werkansicht/?PPN=PPN660731452&PHYSID=PHYS_0015

    Traducción castellana: https://es.wikisource.org/wiki/Reflexiones_o_sentencias_y_m%C3%A1ximas_morales