EL REY LEAR: EL IDIOMA DE LA LOCURA

     Buena parte de la obra dramática de Shakespeare está sobrevalorada. Lo están la mayoría de sus comedias y de sus dramas históricos, sobre todo, pero también buena parte de sus tragedias. En cuanto a sus comedias, piezas como Trabajos de amor perdidos, La doma de la bravía o Noche de Reyes no pasan de ser más o menos interesantes juguetes cómicos que no destacan sobre el resto de comedias inglesas, francesas o españolas de la época. Tal vez aporten algo a la propia historia del teatro inglés o resulten interesantes desde el punto de vista lingüístico pero es evidente que su autor nunca hubiera sido considerado superior a los comediógrafos europeos de su época por ellas. Mucho menos aún por dramas como Ricardo II, Enrique VIII o cualquiera de las abarrotadas y caóticas partes de Enrique IV o Enrique VI. En todos ellos Shakespeare, como el Marlowe de Eduardo II, se muestra incapaz de dominar la materia histórica con la que trabaja y solo escenas sueltas como la del príncipe Hal ante la corona de su padre en la segunda parte de Enrique IV o algún personaje puntual, como el Hotspur de la primera, merecen pasar a la historia del teatro europeo. Incluso entre las tragedias, obras como Tito Andrónico, Troilo y Crésida o Timón de Atenas, de no figurar en el repertorio de William Shakespeare serían tan representadas en la actualidad como la Tragedia española de Thomas Kyd.

     Como sucede con el conjunto de la producción novelística de Cervantes en relación con el Quijote, toda esta serie de obras no especialmente interesantes, se beneficia de forma indiscriminada de la sobresaliente calidad estética de otro buen número de obras maestras de Shakespeare, cualquiera de las cuales, ellas sí, consagraría no solo a su autor sino a cualquier literatura a la que pertenecieran. De hecho, pocas elecciones han resultado más difíciles de realizar para esta Antología que la de la obra que habría de representar el teatro de Shakespeare. De entre sus comedias, pese a ser lo más flojo de su producción, sobresale, sin embargo, e ilumina buena parte de la literatura europea posterior, El sueño de una noche de verano. Cualquier antología podría preciarse de incluir entre sus elegidos esta mágica combinación de tradición clásica, mitología celta y gustos populares. De los dramas históricos, incluso, ¿cómo no destacar en cualquier caso la fuerza poética del paseo nocturno de Enrique V, su arenga en Azincourt, los juegos bilingües del cortejo, la profundidad metaliteraria del Prólogo? Y más aún Ricardo III, obra creada por Shakespeare a la imagen y semejanza de sus más grandes ficciones trágicas y la única de sus piezas históricas donde la densidad dramática y las exigencias literarias se imponen sin contemplaciones a la narración de Holinshed.

     Pero parece indudable que la elección definitiva ha de inclinarse hacia las obras que tradicionalmente han sido más valoradas tanto por el público europeo como por la crítica: sus grandes tragedias de caracteres y, sobre todo, Romeo y Julieta, Otelo, Julio César, Macbeth, Coriolano y El rey Lear. Cualquiera de ellas merecería figurar en esta Antología tanto por su grandeza literaria intrínseca como por su inmensa influencia en la evolución posterior, sobre todo a partir del siglo XIX, del teatro europeo. Aquí me he inclinado por King Lear y las líneas que vienen a continuación intentan explicar esa elección.

     King Lear es la más oscura, la más terrible pero también la más original y la más moderna de las tragedias de Shakespeare. Su punto de partida no es diferente del arranque de las otras: un grave, un desmedido error en el carácter de un buen hombre, el protagonista, propicia su propia destrucción. Es el sino de Macbeth cuando se deja arrastrar por su ambición, azuzada por su esposa; lo es el de Otelo, incapaz de ver la verdad más allá de sus celos, o el de Bruto y Coriolano, a los que su virtud inflexible les llevará a la derrota y a la muerte. Lear es, como todos ellos, un hombre sin maldad cegado en el momento decisivo de su vida por su incapacidad para ver la realidad más allá de sus propias limitaciones. Pero, a diferencia de sus otras grandes obras, en El rey Lear Shakespeare no aprovecha la puesta en escena para arrastrar por los vericuetos del argumento las sucesivas catástrofes que acabarán con el protagonista. En ese sentido la más poderosa de las tragedias de Shakespeare es, probablemente, Macbeth, cuyo hilo dramático, tejido por los oráculos de las brujas, tira del espectador siempre hacia adelante, primero hasta la gloria y hasta la destrucción luego del héroe. Lear, por el contrario, apenas tiene desarrollo argumental. Ya desde el acto primero, la secuencia escénica se centra en la rápida ruina espiritual y mental del rey y en la ridícula red de enajenados que se va urdiendo en torno a él. La peripecia histórica, las intrigas de Edmund y el regreso de Cordelia, configuran un plano secundario cuya finalidad no parece ir más allá de sostener la catástrofe definitiva de las últimas escenas.

     En principio, desde un punto de vista dramático, estos rasgos podrían considerarse defectos estructurales de la obra y acaso lo sean. Sin embargo, el resultado definitivo que de esa composición se deriva consigue convertirse en la característica tal vez más memorable de la obra, la más actual –al menos desde la óptica del siglo XX- y, desde luego, la que me ha llevado a seleccionarla para la Antología.

     He señalado que la mayor parte del núcleo de la obra se centra en el peregrinaje que Lear, su bufón, Kent y finalmente los dos Gloster, padre e hijo, van realizando por los palacios de Gonerill y Regan primero y por la atormentada campiña inglesa después. Llama la atención en primer lugar el importantísimo papel que tiene a lo largo de toda la tragedia el Bufón, único personaje que acompaña a su señor durante toda la obra y, además, el único junto con Cordelia, cuya personalidad se mantiene inmutable a través de todos los azares del argumento: una y otra vez zahiere sin piedad, con un lenguaje sarcástico, intrincado e inconexo la conducta de su señor, destacando sus errores y revelándole de forma oscura y poética la terrible verdad que Lear trata de esquivar. Junto a él se agita la figura patética del propio rey, que amargado por la ingratitud de sus hijas y demasiado consciente de su injusto comportamiento con Cordelia, va abismándose poco a poco en el pozo lúgubre de la locura. Decidido a abandonar un mundo al que no se atreve ya a mirar cara a cara, el lenguaje de Lear va alejándose al mismo tiempo de la lógica imprescindible para la comunicación. Un tercer personaje, Kent, transita por un camino en cierto modo paralelo. En su caso utiliza una ruda simpleza, en realidad fingida, como forma de acercarse disimuladamente a Lear. Cuando a estos tres personajes se les sume Gloster, el padre, ciego y enloquecido, igualmente, por la traición de su bastardo y por la amarga conciencia de su comportamiento injusto con su hijo, y con él el propio Edgar, el hijo despreciado que debe disimular su verdadera personalidad haciéndose pasar por Tom de Bedlam, un pobre mendigo también loco, para seguir velando por su padre, el cortejo de la sinrazón aparece completo ante los espectadores. A partir de ese momento, ¿qué sentido puede tener el completo sinsentido de sus diálogos? El ruido y la furia de nuestras propias vidas, por supuesto, tal y como destacó Faulkner, pero también la confusión, la incoherencia, la mutua incomprensión de nuestras sociedades. Shakespeare no presenta ante el espectador solo la locura personal, el sinsentido de nuestra existencia individual sino también la imposible convivencia entre seres humanos aislados en sus individualidades mutuamente incomprensibles. Y, sin embargo, y esa es la grandeza de King Lear, la inmortal lección de Shakespeare, en esa tétrica –por desesperada- asociación de dementes bajo la tormenta hallamos los únicos valores verdaderamente humanos de la obra: la expiación por el sufrimiento de los propios errores, la solidaridad en el dolor, la esperanza de una salida. Frente a la terrible sucesión de crímenes a la que se entrega el resto de los personajes “cuerdos” de la obra, a los que mueve la lujuria, la soberbia, la avaricia o la envidia más crueles, los pobres desgraciados que privados de cordura deambulan por esa inhóspita Inglaterra llegan a ser el único refugio de una humanidad sufriente pero digna.

     Cierto es que, además, está Cordelia, íntegra de principio a fin, y noble representante de la especie humana. Pero Cordelia sucumbe frente a la maldad de Edmund en el último acto. Y el desolador final de la obra, ese Lear definitivamente derrotado ante el cadáver de su hija, nos impide hacernos ilusiones: ni siquiera la locura burla a la muerte. [E.G.]

 

EDICIONES DIGITALES:

    EDICIÓN INGLESA: http://www.maximumedge.com/shakespeare/kinglear.htm

    TRADUCCIÓN ALEMANA: http://gutenberg.spiegel.de/buch/2162/1

    TRADUCCIÓN FRANCESA: http://fr.wikisource.org/wiki/Le_Roi_Lear/Traduction_Hugo,_1872

    TRADUCCIÓN ESPAÑOLA: http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/S/Shakespeare - El rey lear.pdf