LA NARRACIÓN: PASION POR CREAR Y RECREAR LA REALIDAD

El género narrativo fue denominado “épico” por los tratadistas en la Antigüedad. La palabra griega “epos” significa simplemente “palabra” y, de hecho, la narración, en principio, no es más que el texto que se deriva del uso más habitual y simple de las palabras: contar, es decir, reproducir para otro mediante palabras los acontecimientos vividos. Se trata de una actividad natural ligada al mero uso social del lenguaje humano y que puede encontrarse, por lo tanto, en todas las civilizaciones: la vida se percibe internamente como una serie de acciones prolongadas en el tiempo y la narración trata de reproducir mediante el lenguaje un segmento de esa serie una vez que ha sido vivido. Todas las comunidades humanas cuentan con textos narrativos, al menos en el nivel oral: recordar experiencias, relatar mitos, transmitir tradiciones, reproducir recuerdos, informar sobre lo acontecido. Todos estos ámbitos de la actividad lingüística habitual del ser humano están relacionados con la “épica”, con la narración, que es previa y va, por lo tanto, mucho más allá de una simple disciplina literaria. Por el contrario, la literatura, como expresión de la cultura, se sirve de esa pasión antropológica por contar para crear obras de arte en las que la narración se adorna y ser enriquece con recursos estéticos entre los que destaca el concepto de ficción. 

     El discurso narrativo original se preocupa ante todo por reproducir la realidad. Incluso en modelos protonarrativos elaborados literariamente como los mitos o las tradiciones seculares, una de sus características básicas es su condición de veracidad. Lo que se cuenta pertenece al ámbito de lo real en un nivel equivalente, en ese sentido, al de la vida cotidiana. Un añadido creativo relevante, por lo tanto, es la introducción de la ficción en el relato, es decir, la aplicación del mecanismo narrativo a relatos que no aspiran a ser tomados como reales sino como creaciones originales del autor. En estos casos, la condición literaria es consustancial a la propia creación de la obra pero esto no significa que el género narrativo como creación estética solo pueda ser utilizado para la ficción. Por el contrario, desde la Antigüedad, y no solo en la civilización occidental, la narración literaria ha sido utilizada también en subgéneros de tanta relevancia como las biografías o las memorias.

    Como todos los géneros literarios, la narración tiene una serie de elementos constitutivos. El más técnico y particular de ellos es el Narrador. El narrador es la voz que cuenta, el origen de la narración. Por supuesto, dado que quien escribe toda obra literaria es el autor, en principio éste y el narrador se superpondrían. Y así sucede en una autobiografía o en determinado tipo de novelas. Pero genéricamente, el concepto de narrador va mucho más allá. En realidad en la narración literaria debemos partir del principio de que autor y narrador son entes diferentes, es decir, el autor, al escribir una narración crea, entre otros elementos, un narrador ajeno a él. Esto es evidente en textos, por ejemplo, en los que el narrador es uno o más de los personajes, como es el caso de los cuentos del Decamerón o en novelas como las Memorias de Adriano de Margarita Yourcenar, en las que el narrador en primera persona es manifiestamente diferente de la autora. De hecho, el juego autor/narrador es uno de los recursos más creativos de la novela moderna, como pude comprobarse desde sus propios inicios en el Quijote de Cervantes.

    Otros elementos técnicos de la narración son los diálogos y las descripciones. Estos modelos lingüísticos específicos tienen su lugar en la narración como consecuencia de ese punto de partida basado en la reproducción lingüística de la realidad. Mientras que las descripciones procuran la presentación mediante la palabra del contexto físico en el que se ha producido la acción, el diálogo repite las conversaciones intercambiadas entre los personajes, que, a su vez, son otro de los elementos básicos de toda narración. Los Personajes tejen la trama de las acciones y se dividen en Protagonistas y Secundarios dependiendo de su relevancia en el desarrollo argumental. Otros elementos a tener en cuenta son el Tiempo en que se desarrolla la acción y el Espacio.

    En cuanto a los diferentes tipos de narraciones, son varias las perspectivas que pueden ser tenidas en cuenta para su clasificación. Al principio de este artículo ya hemos comentado la importancia de la ficción en los orígenes de la narración literaria. Pero incluso dentro del ámbito literario de la ficción sigue siendo fundamental la apariencia de realidad, lo que se conoce como verosimilitud. De este modo, podemos establecer una gradación de acuerdo con el concepto de ficcionalidad que iría desde las narraciones sobre la vida real ya mencionadas, biográficas o periodísticas, hasta la narración fantástica, en la que el autor crea una realidad alternativa a su propia vida. Un término medio ocupa en esta escala la narración realista, en donde el criterio básico a este respecto es la verosimilitud, es decir, el lector puede percibir la realidad del relato como algo compatible con su propio conocimiento del mundo.

    Históricamente, el criterio clasificatorio más evidente en el ámbito narrativo tiene que ver con el modelo textual utilizado por el autor. Aunque hemos dicho al principio que el género “épico” se originaba en el mero hecho cotidiano de “reproducir lo vivido con palabras”, el tipo de textos narrativos más antiguos en casi todas las literaturas no usa el modelo lingüístico cotidiano de la narración, la prosa, sino un tipo textual mucho más sofisticado y específico, el verso. Esto es así porque a la hora de la verdad la supervivencia de la narración cotidiana no es factible en unos ámbitos primitivos previos a la escritura sin el recurso a los procedimientos mnemotécnicos que proporciona la poesía. Igualmente, una vez que una civilización accede a un estadio superior caracterizado por el uso de algún tipo de escritura, el prestigio del propio acto de escribir, vinculado muchas veces incluso con prácticas mágicas, queda reservado para textos considerados especiales, entre los que de nuevo no se incluye la narración cotidiana y sí los modelos literarios más cultos cuya creación se ve prestigiada por las dificultades técnicas de la versificación.

    En consecuencia, tanto la literatura occidental en su sentido más amplio, que comienza con las narraciones de la Iliada y la Odisea, como la literatura europea en concreto, cuyas primeras narraciones son el Beowulf, los cantares de gesta o las novelas de Chretien de Troyes, comienzan con narraciones extensas en verso, orales o escritas, denominadas técnicamente “epopeyas”. Aunque también han llegado hasta nosotros narraciones breves en verso como los Lais de María de Francia, las Cantigas de Santa María de Alfonso X o los romances derivados de los cantares de gesta castellanos, pronto la prosa va a aparecer en el desarrollo del género narrativo europeo, ligada, sobre todo, al ámbito de la predicación, actividad de prestigio perteneciente al género especulativo pero que contemplaba como recurso técnico la inserción de narraciones breves. Uno de los primeros ejemplos de este nuevo tipo de texto, la narración breve en prosa, es la compilación latina de Pedro Alfonso titulada Disciplina clericalis, con relatos que reciben el nombre genérico de “exempla” o “apólogos”. Pero el éxito definitivo de este modelo textual se produce con la publicación del Decamerón de Boccaccio, y a partir de entonces el nombre que recibe es el de “cuento”, de nuevo formado sobre el concepto básico de “contar” con palabras.

    Aunque la epopeya siguó siendo el modlo narrativo de mayor prestigio en Europa hasta el siglo XIX, con una larga serie de obras maestras que van de la Divina Comedia de Dante al Kalevala de Lönnrot, pasando por la Jerusalén liberada de Torcuato Tasso o el  Paraíso perdido  de John Milton, a partir del siglo XVI se divulga por toda Europa la narración extensa en prosa, con el nombre de “novela”. A las producciones de ese siglo se las conoce como “novela antigua”, con personajes estereotipados, ambientación idealista y una gran presencia de elementos líricos como en el prosímetro pastoril de Sannazaro o de rasgos heredados de las novelas medievales de caballerías. Sin embargo, ya en el siglo XVII y, sobre todo, en el XVIII, triunfa definitivamente lo que se conoce como “novela moderna”, un sugénero narrativo, el más importante en los siglos XIX y XX, de extraordinaria versatilidad y pocos rasgos definitorios, entre los que suelen destacar la creación de personajes redondos, la importancia de la verosimilitud y de la representación crítica de la sociedad del momento y la adopción de técnicas y estilos lingüísticos tomados directamente de esos relatos cotidianos que se encuentran en el propio origen de la narración. Por último, como hemos ido viendo en este breve repaso a la historia de la narración en Europa, otro de los elementos clasificatorios del género es su extensión, que permite diferenciar claramente epopeyas y novelas, largas, de romances, lais, enxemplos o cuentos, breves.

    Sin embargo, conviene anotar también que no hay una medida estandarizada para clasificar las narraciones de una forma técnica. No está claro cómo habría que denominar a las Novelas ejemplares de Cervantes, que no dejan de ser herederas directas de los cuentos de Boccaccio, o en qué subgénero habría que incluir textos tan cortos pero a la vez de un desarrollo tan complejo y compacto como el anónimo Lazarillo o El pabellón n.º 6 de Chéjov. Para este tipo de narraciones “intermedias” en prosa se ha desarrollado el impreciso término de “novela breve”, del mismo modo que, para cuentos especialmente breves ha tenido éxito recientemente el término de “microrrelatos”. [E.G.]