LIBROS DE VIAJES: SALIR AL MUNDO

 

    El subgénero de la literatura de viajes combina rasgos de varias modalidades estilísticas diferentes, sobre todo de la narración y de la exposición. De la primera toma las técnicas de secuenciación de los acontecimientos; de la segunda, los procedimientos de organización, presentación y descripción de los paisajes y de los tipos humanos que va conociendo el protagonista. Además, en la medida en que el viajero suele narrar un viaje personal, el libro de viajes puede relacionarse también con el subgénero de la autobiografía. Finalmente, aunque existen relatos de viajes ficticios, algunos tan famosos y populares como los Viajes de Sir John Mandeville de la Edad Media, lo común y lo que espera el lector es que el viaje narrado responda a un desplazamiento real, del que dé cuenta, además, la misma persona que lo ha vivido. Por ello la literatura de viajes no se incluye en la prosa de ficción, aunque nadie niega el carácter literario de sus mejores representantes.

    El viaje como elemento esencial de un subgénero literario no es algo exclusivo de la literatura europea. Es cierto que lo que pudo ser considerado literatura de viajes en otras culturas antiguas –La Odisea en Grecia o el Libro de Tobías en Israel- nosotros lo encuadramos hoy en el ámbito de la narrativa de ficción, pero ya en la Edad Media hallamos relatos como los Viajes de Benjamín de Tudela (s. XII) en la literatura hebrea y, sobre todo, las magnas relaciones de los grandes viajeros y geógrafos árabes como Ibn Yubair (s. XII)  o Ibn Battuta (s. XIV), que no solo son libros de viajes en el moderno sentido de la palabra sino que nos obligan a plantear la posibilidad de que en Europa este tipo de literatura surgiera como eco de estos antecedentes vecinos.

    Conceptualmente, la literatura de viajes exige dos presupuestos: la conciencia de un individuo moviéndose fuera del que considera su contexto vital y su convicción de que lo que percibe es digno de ser referido. El primer aspecto supone la existencia de una identidad propia bien delimitada tanto desde una perspectiva social como personal, la afirmación de un núcleo identitario al mismo tiempo individual y colectivo. La literatura de viajes solo puede existir, por lo tanto, en comunidades bien definidas y desarrolladas, lo cual explica, por ejemplo, que no haya relatos de viajes europeos en los primeros siglos de la Edad Media. Y no los habrá hasta la Edad Media Central, cuando ya hay en Europa un “nosotros” esencial para el viajero.

    El segundo aspecto definitorio implica la concreción de un “los otros” paralelo a ese “nosotros” anterior. Si bien la percepción de “los otros” es básica en el desarrollo de cualquier cultura, más interesante para el subgénero literario que aquí nos ocupa es el desarrollo del interés por el conocimiento de ese espacio humano ajeno. No puede haber literatura de viajes donde no exista una mínima correlación entre esos “nosotros” y “los otros”.[1] Esto no quiere decir que el viajero haya de considerar similares a la propia las sociedades por las que transita. Lo habitual, por el contrario, es que junto con la extrañeza ante lo que no se comprende o ante lo que se percibe de forma confusa, predominen el desdén, el recelo e incluso el rechazo. Pero el viajero acepta, al menos, que de alguna manera esas formas de vida extrañas y alternativas tienen, en esos contextos, una validez paralela a las propias. Dicho de otra manera, esas anómalas sociedades por las que transita son, sin embargo, tan humanas como la suya: si él mismo hubiera nacido allí, habría sido uno de sus miembros.

    En el ámbito de la sociedad europea medieval, el libro de viajes surge sobre todo en un contexto religioso, el viaje a Jerusalén. Aunque los europeos de los siglos  VIII  u XI se movían también de forma habitual por la fachada atlántica e incluso se conserva algún relato literario vinculado a este contexto como el Viaje de San Brandán (s. X), los dos requisitos esenciales para la literatura de viajes analizados en el apartado anterior solo precipitaron en Europa cuando por razones devocionales, para visitar la tumba de Cristo al otro lado del Mediterráneo, los europeos hubieron de trasladarse al interior de una cultura diferente e incluso superior a la suya, el Islam. Los relatos de viajeros a Jerusalén, las guías de peregrinación, un auténtico best-seller del siglo XV como la Peregrinatio del maguntino Bernardo de Breidenbach, ponían ante los ojos de toda la Cristiandad la existencia inmediata de otra gran civilización que no podía ignorar. De este modo, Europa tomaba conciencia de sus límites culturales más cercanos. Y relatos como los Viajes del veneciano Marco Polo le permitían hacerse una idea, también, del inmenso espacio humano que se extendía aún más allá.

    A partir del siglo XVI otros textos autobiográficos como las Cartas de Cristóbal Colón, las Cartas de relación de Hernán Cortés o las Relaciones de Jacques Cartier ampliaron ese interés por conocer a “el otro”. Sin embargo, el hecho de que el foco del relato se dirigiera ahora hacia las sociedades americanas recién descubiertas y colonizadas favoreció el desarrollo de un nuevo ingrediente en estos relatos, la conciencia de la superioridad de la cultura europea, aquella que compartían el viajero y sus lectores.  De este modo, los libros de viajes del siglo XVIII como los del capitán Cook son ya ante todo compendios geográficos y antropológicos del mundo que los europeos iban descubriendo y apropiándose. La relación entre el “nosotros”, los europeos o simplemente los británicos, y “los otros”, el resto de las culturas, equivalentes en su no-europeidad, sigue abierta a la maravilla pero se cierra a la equiparación. Esto hará que poco a poco la literatura de viajes vaya acercándose al ámbito de la investigación científica y ya no solo en el campo de la antropología: el viajero occidental se mueve para dar cuenta de la totalidad de un mundo que describe en la medida en que quiere hacerlo suyo. Un ejemplo clásico de este tipo de libros de viajes, en el campo de la antropología, es el Viaje a Lhasa de la francesa Alexandra David-Néel pero el extremo de esta tendencia lo encontramos en el Viaje del Beagle de Charles Darwin, donde lo que interesa al viajero/científico y a su lector es el estudio de sociedades que ni son ya humanas.

    El otro ámbito de desarrollo de la literatura de viajes en la cultura europea ha tenido que ver con la toma de conciencia del personaje narrador. Marco Polo o Bernardo de Breidenbach se veían a sí mismos como representantes de su cultura –uno era un emisario del Papa, el otro un alto cargo eclesiástico del Imperio- y su experiencia viajera alcanza su máxima relevancia como expresión de las diferencias entre lo conocido durante su viaje y el mundo europeo que comparten el viajero y el lector de su relato. A partir del siglo XVIII, sin embargo, comienza a acentuarse el componente individualista, autobiográfico, del relato, como puede verse en el Itinerario (1811) de Chateaubriand o en Mi peregrinación a Medina y La Meca (1855) de sir Richard Burton. El viajero solo se representa a sí mismo o, en todo caso, al lector que pueda sentirse identificado con su peripecia, y el viaje adquiere toda su importancia como expresión de un viaje interior del narrador, que se manifiesta en la elección personal del recorrido y que suele acabar con un protagonista en cierto modo diferente al que inició el viaje. Este cambio en la perspectiva del relato va a permitir que los viajes ya no exijan grandes desplazamientos o búsquedas exóticas en un mundo, por otra parte, ya bien conocido. Puesto que en realidad se trata de un viaje interior, cualquier desplazamiento del viajero basta. En la literatura europea moderna podemos encontar un magnífico ejemplo de este cambio en uno de los mejores libros de viajes del siglo XX, El tiempo de los regalos, del británico Patrick Leigh-Fermor, que se limita a viajar a pie desde la desembocadura del Rin hasta la del Danubio, es decir, casi exclusivamente por Centroeuropa. [E. G.]



[1] .- Se nos recordará que también hay viajeros que se mueven sin salir de su propia cultura. Pero incluso en esos casos, el texto se demora en la presentación de los aspectos más marginales, excéntricos o anacrónicos de esa cultura. Un buen ejemplo es el magnífico Viaje a La Alcarria del Nobel español Camilo J. Cela.