NEOCLASICISMO: ÉXITO GLOBAL DEL CLASICISMO FRANCÉS

     Se conoce con el nombre de Neoclasicismo a la parte final de la Etapa Clásica que se extiende sobre todo a lo largo del siglo XVIII y alcanza el mayor grado de difusión territorial de todos los movimientos estéticos desarrollados hasta entonces en Europa.

     Los orígenes del estilo neoclásico se hallan en la Francia de la segunda mitad del siglo XVII y tienen estrecha relación con el ascenso de esta nación como potencia hegemónica en el continente. De hecho, podríamos definir el Neoclasicismo, al menos en sus orígenes, como la reinterpretación francesa de los fundamentos estéticos del Renacimiento italiano. El punto de partida de este nuevo estilo sigue siendo, como durante toda la Etapa Clásica, los modelos de la antigüedad grecorromana pero a la altura de 1650 los cambios introducidos en los criterios de valoración estética por los preceptistas y los creadores franceses ya no tienen que ver con la aparición de nuevos textos o la revalorización de nuevos estilos, como había sucedido en el Barroco, sino con la potenciación de determinados gustos estandarizados en confrontación con los modelos inmediatamente anteriores.

     En este sentido, el Neoclasicismo es, por supuesto, una reacción frente al Barroco imperante en la primera mitad del siglo XVII, y, como sucede de forma cíclica en la historia de la cultura europea, esa reacción tiene lugar en una región, Francia, que se había incorporado de forma tardía y superficial a ese movimiento cultural anterior pero que precisamente a partir de ese momento se va a imponer con rapidez en el contexto político europeo a las potencias hegemónicas anteriores, sobre todo España, y va a tener capacidad, por lo tanto, para crear y divulgar un nuevo modelo estético.

     Esta reacción francesa consiste en esencia en un regreso a los modelos teóricos clásicos predominantes en el Renacimiento del siglo XVI, es decir, los artistas romanos del siglo I a. C. Pero junto a esa retórica ya conocida y bien establecida, cuyo mejor ejemplo es el recurso a Horacio como modelo lírico y preceptista, la importancia de la cultura francesa de la época de Luis XIV consiste, sobre todo, en proporcionar al resto de Europa un arsenal de modelos clásicos adaptados a los gustos cultos de la época. Así, la arquitectura renacentista de estilo romano se simplifica y amplía en los modelos gigantescos del palacio de Versalles, la pintura clasicista se remansa en una amplia lista de modelos mitológicos para todos los gustos o la propia lírica se demora en todo tipo de juegos retóricos sin llegar a abandonar el fondo petrarquista de siglos anteriores. De este modo, el [Neo]Clasicismo francés de la primera mitad del siglo XVIII se convierte en la esencia destilada de lo que la intelectualidad europea podía considerar una auténtico estilo “europeo” de origen clásico después de los esfuerzos creadores y renovadores del Renacimiento y el Barroco. Y así fue recibido de forma generalizada en una auténtica pasión por el gusto francés que puede constatarse desde los gigantescos palacios rusos de San Petersburgo hasta los jardines plantados con tiralíneas de la Granja de San Ildefonso en Segovia (España) o desde la catedral de San Pablo de Londres hasta la decoración de Schonbrunn en Viena.

     En el ámbito literario la fuerza de los modelos franceses es impresionante en toda Europa durante la primera mitad del siglo XVIII. En Alemania se representan las tragedias de Shakespeare adaptadas a las normas clásicas o se escriben fábulas a la manera de Lafontaine, al igual que sucede en Inglaterra. Y en Prusia o en Dinamarca o en la propia Rusia, los intelectuales franceses como Diderot, Voltaire o el matemático d´Alembert van a ser considerados embajadores de lujo de un nuevo mundo intelectual y artístico.

     Esta hegemonía cultural francesa alcanza su máxima expresión hacia 1750 pero muy poco después comienzan a abrirse fisuras en lo que había llegado a ser una auténtica manifestación común europea. En este caso se tratará de una transformación cultural básica, es decir, una variación radical en los criterios de creación y de valoración de las propias bases del modelo cultural europeo de tanta entidad como la que había tenido lugar en el siglo XV con el paso de la Etapa Constituyente a la Etapa Clásica. [E. G.]