V. KLEMPERER: LIT. UNIVERSAL Y LITERATURA EUROPEA

Victor Kemplerer: Literatura universal y literatura europea, Acantilado, Barcelona, 2010.

    El título alemán de este breve estudio de Víctor Klemperer es Weltliteratur und europäische Literatur, es decir, recoge una palabra alemana que más allá de su estricto significado –“literatura mundial”- evoca lo más íntimo de la mentalidad germana: esa palabra la creó Goethe. De hecho, el estudio de Klemperer comienza por Goethe y, en realidad, todo él remite de principio a fin al pensamiento de Goethe, en un intento, es de pensar que difícil y valeroso en su momento, 1929, de superarlo o, al menos, reconducirlo.

    La estructura del estudio es sencilla y obvia. Klemperer comienza recordando la noción de “universalidad” tal y como puede percibirse en el ámbito cultural europeo anterior a Goethe. A continuación procura definir las novedades introducidas por los planteamientos universalistas de los románticos alemanes -Goethe y Herder- y asociarlas a una concepción meramente romántica y germánica de la literatura. Esta sería la primera parte del estudio, que abarca los capítulos 1 a 5: una crítica historicista del concepto de “Weltliteratur”, reduciendo sus logros a lo que Klemperer llama: “literatura universal europea”: “Así pues, la literatura universal activa, cuyos comienzos había observado Goethe y cuyo desarrollo había predicho y deseado, podría entenderse efectivamente en lo más profundo como europea, no en un sentido geográfico [el autor está poniendo como ejemplo a Tagore] sino espiritual, moral y estético.”, p. 67.

    Por ello, a partir de la mitad del capítulo 5, exactamente en el centro del libro, Klemperer plantea su interpretación personal de lo que él considera que puede llamarse, con más propiedad, “literatura europea”. El punto de partida del autor es trascendental: no hay una base real de unidad “universal” en el campo de la literatura, ni tan siquiera en la lírica popular primitiva, a la que acudía Herder. En cambio sí la hay en el más estricto ámbito de las literaturas europeas contemporáneas. Por ello, si se desea buscar una referencia superior a la de las literaturas nacionales, habremos de remontarnos al ámbito moderno y poco explorado de la “literatura europea”. Para el autor, la esencia de ese concepto está en la comunión espiritual de dos tendencias que él juzga estables y complementarias: el “clasicismo” francés y el “romanticismo” alemán: “Alemania y Francia como defensoras de Europa, como el núcleo propiamente dicho del continente, sí, como la sola y exclusiva Europa...”, resume de forma hiperbólica pero ajustada a su pensamiento, el propio autor en la p. 111.

    El resto del estudio, los capítulos 6 y 7, están dedicados a concretar cómo se percibe esa creación literaria común europea. En primer lugar, Klemperer repasa las diferencias que componen esa armonía franco-alemana y luego explica, a través de los ejemplos de Unamuno –español-, Pirandello –italiano- e “inglés” –Joyce-, cómo colaboran “los demás países” en el desarrollo de ese núcleo cultural, para certificar la idea que ya había plasmado de antemano: “Los demás países, tanto los más cercanos como los más lejanos, hacen perceptible su particularidad en tanto reconocen en lo esencial una forma europea de expresión y de pensamiento”, p. 82.

    El estudio de Klemperer es fundamental para el estudio del concepto de “literatura europea” por varias razones:

    1.- Revisa de forma desmitificadora el concepto sobrevalorado de “literatura universal”, lo sitúa en un momento concreto del desarrollo de la cultura europea y saca a la luz sus incoherencias y debilidades.

    2.- Ofrece de forma abierta y razonable un concepto alternativo, el de “literatura europea”, como una posibilidad conceptual moderna para la cultura de posguerra, que Klemperer concibe como otra oportunidad para Europa, tras la debacle de la Gran Guerra.

    3.- Estructura un criterio de estudio, basado en la relación franco-alemana, para el desarrollo de ese concepto y se posiciona en torno al papel de los otros países europeos al respecto.

    Sin embargo, a noventa años de distancia de su publicación, el estudio de Klemperer, a pesar de su valentía intelectual y de su visión desprejuiciada de la cultura europea, se percibe constreñido por limitaciones históricas y personales evidentes que conviene resaltar para poder aprovechar sus aspectos más actuales.

    1.- Es un trabajo demasiado condicionado por el momento histórico. La obsesión de Klemperer por la armonía franco-alemana, con subordinación del resto del continente y casi exclusión de Gran Bretaña, solo se justifica por una voluntad de época de superar el conflicto que había llevado a la Guerra y amenazaba con reproducir la catástrofe, una nueva catástrofe que Europa no se podía permitir.

    2.- Al basar su noción de “literatura europea” en el acuerdo de dos países, Klemperer apoya su visión de Europa sobre el concepto decimonónico de nación –“caracteres intrínsecos característicos de Alemania y de Francia”, p. 89-, y, como filólogo de formación tradicional que era, hace coincidir lengua, literatura y nación de una forma que en la actualidad resulta anacrónica.

    3.- Por último, como alemán, Klemperer da una importancia excesiva a la literatura alemana, poniendo a la altura de Goethe a mediocres escritores de los años 20. Además de los románticos, solo Thomas Mann, de entre todos los que menciona, aparecería hoy en un estudio de literatura europea. Sus gustos personales, muy clásicos, le impiden reconocer la importancia que ya en su época tenían las vanguardias y más concretamente las vanguardias alemanas: ni Trakl, ni Kafka, ni Döblin, ni el joven Brecht aparecen en sus páginas.

    Con todas estas limitaciones, este estudio de Klemperer es, sin duda, el más interesante, junto con el de su colega E. R. Curtius, de cuantos hemos leído hasta ahora durante la confección de estas páginas de literatura europea. En él, por primera vez se entrevé la posibilidad de estudiar la literatura de los diferentes países europeos en un marco general no particularista ni colonialista sino común, a partir de los rasgos generales que se comparten y aparcando las diferencias, sobre todo lingüísticas, que vienen condicionando desde el siglo XIX el relato romántico de las literaturas nacionales.

    La perspectiva de Klemperer, condicionada por sus orígenes intelectuales como filólogo y por la dramática situación de la Europa en la que le tocó vivir, es demasiado limitada y estaba condenada al fracaso. Es ahora, cuando los nacionalismos regionales están completamente desprestigiados y la unión cultural europea puede apoyarse sobre una mínima unidad política, cuando podemos superar las barreras que condicionaban a este gran filólogo y sacar adelante un estudio de la literatura europea verdaderamente comunitario. [E. G.]