LA MUJER NOVELISTA EN LA 2.ª MITAD DEL SIGLO XIX

ELIZA ORZESZKOWA - EMILIA PARDO BAZÁN

Para Reyes y Eva, por estos años de trabajo juntos.            
 

    A mediados del siglo XIX comenzaba a ser replanteado el lugar de la mujer en la sociedad europea. Los últimos avances del humanismo y de la democracia propulsados por la Ilustración, el Parlamentarismo anglosajón y la Revolución francesa provocaron una inevitable reflexión en torno a la implicación de la mujer en el desarrollo cultural y político de Europa. Teniendo en cuenta, sin embargo, que el voto femenino solo se generalizó en la primera mitad del XX (1917 en Polonia, 1918 en Reino Unido, 1931 en España, 1944 en Francia...), resulta evidente la larga marcha que aquellas mujeres hubieron de recorrer para hacer valer sus derechos. Dos escritoras de la segunda mitad del XIX figuran entre ellas, dos importantes novelistas que acaso nunca tuvieron noticia la una de la otra pero que llevaron, a 2.500 kilómetros de distancia, vidas paralelas: la polaca Eliza Orzeszkowa y la española Emilia Pardo Bazán.

    La toma de conciencia de la privación de derechos está siempre vinculada al acceso a la educación. Por eso, en el caso que nos ocupa resulta fundamental la procedencia social de estas dos escritoras, que puso a su alcance una formación privilegiada como mujeres, en algunos aspectos equiparable a la de sus contemporáneos varones. Eliza y Emilia procedían ambas de familias de la alta burguesía de propietarios, una clase social acomodada, sin problemas económicos, con acceso a las últimas novedades e innovaciones culturales y una surtida biblioteca a su disposición.

    Eliza Pawłowska -su apellido de soltera- fue la hija única de un culto abogado descendiente de una importante familia noble polaca. Benedict Pawłowski poseía una gran finca familiar en Milkowszczyźnie, en una región del antiguo reino de Polonia en ese momento perteneciente al Imperio Ruso. En Milkowszczyźnie, hoy Bielorrusia, había reunido una importante colección de pintura y una de las mejores bibliotecas de la zona, y allí nació su hija Eliza en 1841. Sin embargo, huérfana a los tres años, hubo de trasladarse a la capital de la provincia, Grodno, donde la futura escritora vivirá hasta los diez años con la familia de su madre. Emilia Pardo Bazán, también hija única de un abogado terrateniente de familia ilustre, nacía diez años después que Eliza, en 1851, en la ciudad de La Coruña, en la región española de Galicia. De ideología progresista, el padre de Emilia puso igualmente a disposición de su hija su nutrida biblioteca para mejorar su formación. De este modo, ambas recibieron sus primeros conocimientos en una ciudad de provincias, en el seno de una familia preocupada por la educación de su hija y en contacto con el mundo rural de su entorno. Más aún, en los dos casos una parte importante de su formación tuvo lugar en un internado para señoritas de la capital (Varsovia – Madrid), en el caso de la polaca entre sus 11 y 15 años, entre los 6 y los 9 en el de la española.

    En general, el acceso a una mínima educación moderna, y en especial a unas lecturas de calidad como las que podían leer los varones, parece estar detrás de la inclinación por la literatura y el pensamiento de muchas de las mujeres de la burguesía acomodada o de la baja nobleza europeas de mediados de siglo que van a destacar intelectualmente; biografías pedagógicas similares las encontramos también en la formación de Elisabeth Barret, en Reino Unido, de Hubertine Auclert, en Francia, o de la baronesa Berta de Suttner, en el Imperio Austrohúngaro.

    Tras esta primera etapa formativa, el siguiente paso para una mujer de su clase social a mediados del siglo XIX era el matrimonio y la creación de una familia. Eliza y Emilia cumplen con este protocolo a la misma edad, en el año en que cumplen 17, inmediatamente después de su puesta de largo y de su entrada en sociedad. Los caminos de sus matrimonios fueron muy diferentes, desde luego, pero el desenlace acabo siendo similar. Desengañada muy pronto de su unión con un hombre que le doblaba la edad y del que no estaba enamorada, en cuanto le fue posible Eliza se divorció de él y en 1869, con solo 28 años, volvía a estar soltera. El matrimonio de Emilia, por su parte, tras unos primeros años de auténtica felicidad, poco a poco se fue enfriando, debido, sobre todo, al rechazo del marido hacia la trayectoria literaria de su mujer. De este modo, y dado que en España no era posible el divorcio, los esposos decidieron separarse definitivamente en 1883, cuando la escritora contaba con 32 años.

    A partir de este momento, la vida sentimental de estas dos mujeres discurre por cauces paralelos, al margen de la ortodoxia burguesa, con problemáticas relaciones amorosas fuera del matrimonio. Pero tampoco en este caso nos hallamos ante una situación absolutamente extraordinaria sino más bien al contrario: son varias las grandes escritoras europeas del siglo XIX que mantuvieron relaciones de pareja extramaritales. Se cuentan entre ellas la francesa Aurore Dupin, baronesa de Dudevant, más conocida como George Sand, o la inglesa Mary Anne Evans, que también firmaba con seudónimo masculino, George Eliot. La primera, separada de su marido desde los 27 años y divorciada a los 32, convivió a lo largo de toda su vida con buen número de los artistas e intelectuales de los que se rodeaba, como Alfred de Musset, Fréderic Chopin o Alexandre Manceau. La segunda, que llegó a ser denunciada como bígama, no dudó en exponer públicamente, en plena época victoriana, su pasión correspondida por el filósofo George Lewes, legalmente casado con otra mujer.

    Una relación muy parecida a esta última fue la que mantuvo Eliza Orzeszkowa durante décadas con Stanisław Nahorski. La pareja se conoció hacia 1870, poco después del divorcio de Eliza, cuando esta se había instalado de nuevo en Grodno, donde Nahorski ejercía como abogado. Él estaba casado entonces con una mujer enferma, por lo que la relación entre los amantes se mantuvo al margen de las leyes civiles durante casi treinta años hasta que finalmente pudieron casarse, en 1894. Por su parte, la vida sentimental de la condesa de Pardo Bazán fuera de su matrimonio sigue siendo hoy mal conocida, en buena medida debido a la lamentable destrucción de su correspondencia a mediados del siglo XX. Sabemos, pese a todo, que doña Emilia mantuvo una larga relación amorosa, si bien esporádica y nunca reconocida, con el también novelista Benito Pérez Galdós. Sus encuentros se prolongaron durante varios años, al menos entre 1887 y 1891, y por la correspondencia mantenida entre ambos se tiene noticia de que, al mismo tiempo, ella tuvo relaciones ocasionales con otros hombres como el empresario Manuel Lázaro Galdiano.

    El final de su matrimonio coincidió también con el periodo de máxima exposición pública de estas escritoras, sobre todo porque, como ya había sucedido en el caso de George Sand y vuelve a repetirse en el de Emilia Pardo Bazán, fue la propia vocación intelectual de la mujer lo que estaba detrás de la disolución del enlace. Liberada de su compromiso matrimonial y asentada definitivamente en Grodno, Eliza comienza a escribir y publicar de forma continuada, con poco más de treinta años, no solo las primeras novelas que la hicieron famosa como Na prowincji (En el campo, 1870), Pan Graba (El señor Graba, 1872) o Eli Makower (1875) sino también ensayos literarios que intentaban introducir en la literatura polaca el estilo realista que había triunfado en toda Europa a mediados de siglo. Entre estas obras, cuyo primer ejemplo es Kilku uwagach nad powieścią (Algunas reflexiones sobre la novela, 1866), destacan Cartas sobre Literatura (1873), publicadas en los periódicos de Varsovia, y, sobre todo, O powieściach T. T. Jeża, de 1878, (Sobre las novelas de T. T. Jeż), seudónimo del escritor romántico Zygmunt Miłkowski.

    También la Pardo Bazán saltó a la fama casi a la misma edad que Orzeszkowa gracias tanto a sus primeras novelas como sus reflexiones sobre teoría literaria. En 1882, a los 31 años, comienza a publicar en periódicos madrileños los artículos que luego reunirá con el título de La cuestión palpitante, y de 1883 data su primera novela importante, La tribuna. En La cuestión palpitante doña Emilia reflexiona para el público español acerca de las novedades formales e intelectuales que planteaba en esos mismos momentos la estética del Naturalismo desarrollada en Francia por la escuela de Émile Zola. En La tribuna, de hecho, ya había llevado a cabo una especie de puesta en práctica de esta modalidad del Realismo. Es estos momentos las dos escritoras nóveles se ponían al frente de una renovación literaria que no fue siempre bien vista por sus colegas masculinos.

    En este contexto no es de extrañar que ambas novelistas tuvieran también muy presente la situación general de la mujer en esa sociedad en la que ellas se movían con dificultades. Sin embargo, el mero hecho de que las dos utilizaran su verdadero nombre a la hora de publicar señala un paso adelante en su reivindicación como escritoras que las lleva un poco más allá que a sus antecesoras. Ya hemos hablado de los seudónimos utilizados por George Sand y George Eliot pero recuérdese que también habían recurrido a seudónimos o al anonimato las tres hermanas Brontë y Elisabeth Gaskell en Inglaterra, Fernán Caballero en España o la propia amiga de Eliza, María Konopnicka, que firmó buena parte de su producción literaria como Marko o Jan Sawa. A partir de esta toma de conciencia personal, tanto Eliza como Emilia fijaron uno de sus objetivos intelectuales en la falta de oportunidades educativas y las pésimas condiciones de vida de las mujeres de su tiempo. Este activismo que ahora podemos identificar como feminista, aparece ya en una de las primeras obras teóricas de Orzeszkowa como Kilka słów o kobietach, Algunas palabras sobre las mujeres, de una fecha tan temprana como 1870, y de forma novelada en Marta, de 1876, una de sus obras más famosas, traducida a más de quince idiomas y con más de 20 ediciones en Polonia a lo largo de todo el siglo XX.

    A su vez, las preocupaciones feministas de Emilia Pardo Bazán, aunque forman parte ya del planteamiento de su primera novela importante, La tribuna, se muestran de forma más evidente a partir de 1890 cuando publica en el periódico madrileño La España Moderna (1890) una serie de cuatro artículos sobre La mujer española, escritos el año anterior para la Fortnightly Review, una de las revistas literarias más importantes de la Inglaterra victoriana. Del mismo modo, muy poco después, en un congreso pedagógico celebrado en Madrid en 1892 presenta su memoria La educación del hombre y la mujer, sus relaciones y diferencias y da inicio a la “Biblioteca de la mujer”, serie editorial que pondrá al alcance de las lectoras españolas obras fundamentales sobre los derechos de la mujer como La mujer ante el socialismo de August Bebel o La esclavitud femenina de John Stuart Mill. Esta última lectura, precisamente, había formado parte decisiva en la toma de conciencia feminista tanto de Eliza en Grodno como de Emilia en Madrid.

    Del mismo modo, como consecuencia del ambiente generalizado de discriminación de la mujer propio de la Europa finisecular, ambas escritoras vieron sus posibilidades de reconocimiento literario limitadas. En este caso va a ser doña Emilia, que se movió durante toda su vida en los medios intelectuales que copaban los hombres, quien sufre en mayor medida el desprecio con el que se trataba a las mujeres que, como ella, no aceptaban la superioridad masculina. Es cierto que, gracias a su posición social como condesa de Pardo Bazán, sus méritos se vieron reconocidos en ocasiones y doña Emilia fue la primera socia del Ateneo de Madrid y la primera catedrática de universidad en España. Sin embargo, nunca consiguió ser aceptada como un igual por los propios escritores, que la rechazaron una y otra vez como miembro de la Real Academia. Eliza Orzeszkowa, alejada de los núcleos culturales de una Polonia sometida a un proceso de rusificación, vivió ajena a la lucha por los honores pero hacia el final de su vida también vio cómo se la posponía a un varón. En 1905 fue propuesta su candidatura al Premio Nobel de Literatura al mismo tiempo que la de su compatriota Henryk Sienkiewicz. El jurado llegó a plantearse la posibilidad de dar el premio ex aequo a los dos escritores polacos pero finalmente la candidatura de Orzeszkowa fue desestimada para no desmerecer el prestigio del autor de Quo vadis?.

    Si nos centramos de nuevo en el campo más específico de la creación literaria vemos que tanto en Marta como en La tribuna, sus primeras novelas importantes, sus autoras buscan en concreto reflejar el ambiente de represión y limitaciones en el que han de desenvolverse las mujeres trabajadoras en una sociedad capitalista y patriarcal. Llama la atención que en ambas novelas el desenlace esté relacionado con la maternidad de la protagonista, aunque hay que reconocer que cada una de ellas lo plantea de forma radicalmente contraria. En este hecho tal vez haya que ver el eco de una de sus diferencias biográficas: Eliza carecía de descendencia mientras que Emilia contaba ya con tres hijos cuando escribió su novela.

    En esta misma línea estrictamente artística hemos de destacar también el paralelismo existente entre las que se consideran sus dos obras maestras en el campo de la novela, Nad Niemnen, En el Niemen, y Los pazos de Ulloa, publicadas en 1887 y 1886, respectivamente. En ambas, la mirada de la autora se centra en la presentación realista de las formas de vida más rurales y tradicionales de la región en la que se había desarrollado su propia vida, sobre todo durante su infancia, la Polonia bielorrusa en el caso de Orzeszkowa y la Galicia interior en el de la Pardo Bazán. De acuerdo con los cánones literarios del Realismo, ambas recurren a la descripción pormenorizada del paisaje, la utilización del habla dialectal como forma de identificación de los personajes, la recreación del folclore típico de la zona… Se trata en ambos casos de magníficos cuadros de costumbres rurales con una apasionada historia de amor incorporada.

    Eliza Orzeszkowa murió en la ciudad de Grodno, donde había vivido casi toda su vida, en el año 1910 a los 68 años; Emilia Pardo Bazán murió igualmente en su ciudad adoptiva, Madrid, en 1921 a los 69 años. Desde entonces, ambas han sido reconocidas como las mejores novelistas de todo el siglo XIX en sus respectivas lenguas y como dos grandes escritoras europeas a la altura de Iván Turguéniev, George Eliot, Teodor Fontane o Selma Lagerlöf. [E. G.]