LA MODERNIDAD PERIFÉRICA A PRINCIPIOS DEL S. XX

KONSTANTINOS KAVAFIS - FERNANDO PESSOA

 

    Entre las constantes creadoras más fructíferas y peculiares de la historia de la cultura europea destaca la tensión entre centralidad y márgenes. A lo largo de los siglos, nuestro desarrollo artístico se ha focalizado en zonas reconocidas en cada momento como centros culturales de prestigio: Provenza, Florencia, Roma o Versalles actuaron sucesivamente como núcleos de creación e imán de creadores, donde se generaban las corrientes artísticas relevantes de su tiempo. Desde allí, mediante un constante y amplio movimiento de difusión hacia el exterior geográfico de Europa, unos gustos estéticos estandarizados acababan siendo aceptados de forma casi natural por el conjunto de la sociedad europea en los ámbitos más dispares, desde los modelos del amor cortés en la lírica o la regla de la unidad de tiempo en el teatro hasta los ventanales con frontón partido, los rizos y lunares postizos o el ritmo ternario del vals vienés. Vinculado el prestigio cultural del momento a ese núcleo creativo central, de los márgenes europeos contemporáneos (la Viena del siglo XIII, el Londres del siglo XIV, el Toledo del XVI o el San Petersburgo del XVIII, por ejemplo) no se esperaba sino imitaciones, adaptaciones o, en todo caso, creaciones de segunda mano.

    Sin embargo, la historia de la literatura europea constata igualmente un proceso diacrónico inverso de similar importancia: la relevancia cultural de esa “marginalidad”, ámbitos creativos donde de forma ocasional pero previsible acaban surgiendo grandes maestros (Vogelweide, Chaucer, El Greco o Rastrelli, siguiendo con los ejemplos anteriores), reconocidos como indiscutibles por las siguientes generaciones. Ese es el caso, también, del teatro popular de Shakespeare, de la lírica romántica alemana o de la gran novela realista rusa, que abrieron camino desde los márgenes de sus respectivas épocas a las nuevas tendencias dramáticas, líricas o narrativas de las décadas y siglos siguientes. Del mismo modo, en la historia de la literatura europea de principios del siglo XX hallamos un par de grandes poetas marginales de vidas paralelas que hoy forman parte del más atractivo e influyente legado lírico de  Europa : el griego Konstantinos Kavafis y el portugués Fernando Pessoa.

    Konstantinos Kavafis nació el año 1863 en la ciudad de Alejandría, en el delta del Nilo, en una familia griega que vivía de forma desahogada del comercio del algodón egipcio con Gran Bretaña. El padre del futuro poeta falleció en 1870, cuando Konstantinos tenía 7 años. Esto obligó a su madre a mudarse con su numerosa familia a Liverpool, donde fue acogida por su cuñado desde 1872 hasta la ruina definitiva de sus negocios, que les obligó a regresar a Alejandría en 1879. Para entonces Konstantinos era ya un adolescente de 16 años que escribía sus primeros versos, algunos de ellos en inglés. Esta vinculación biográfica directa con la Inglaterra imperial del reinado de Victoria I va a ser también la más llamativa característica, junto con una prematura orfandad, de la primera fase de la vida de Fernando Pessoa.

    Nacido en Lisboa en 1888, Pessoa se había quedado huérfano a muy corta edad, con solo cinco años, y un nuevo matrimonio de su madre hizo que también el portugués, como el alejandrino, se educara en un contexto social británico, en su caso a miles de kilómetros de Londres. En 1895 María Magdalena Pinheiro de Pessoa se casó en segundas nupcias con el cónsul de Portugal en Durban, capital de la colonia británica de Natal, en el sur de África, y allí se traslada en 1896 con su madre el futuro poeta, de solo siete años. Más aún que la de Kavafis, la formación educativa de Pessoa va a ser ante todo inglesa, ya que permanecerá vinculado a instituciones educativas británicas de forma ininterrumpida durante diez años hasta que en 1905, casi con la misma edad que Kavafis, regresa él también a su ciudad natal.

    Si la formación británica de Kavafis va a manifestarse, de forma un tanto ocasional, en unos primeros poemas en inglés, en el deje británico de su pronunciación griega a lo largo de su vida y en la posibilidad, de mayor trascendencia, de relacionarse directamente con los intelectuales ingleses, como E. M. Forster, que residieron en su Alejandría colonial, la de Pessoa fue mucho más profunda y fructífera. De hecho, los dos primeros libros de poesía que publicó el escritor lisboeta, Antinous y 35 sonnets, en 1918, estaban escritos en inglés e igualmente sus English Poems I-II y III, de 1921.

    Esta coincidencia tan particular resulta especialmente significativa en unos escritores como estos que, aunque se formaron en una época, entresiglos, en la que la centralidad cultural francesa en Europa era todavía indiscutible, la difusión de su poesía, a partir de los años 30, coincidió ya con un periodo en el que el foco creativo de la cultura europea se trasladaba hacia los países anglosajones, justo antes de cruzar el océano tras la II Guerra Mundial, de forma al parecer definitiva, hasta los EE.UU. Por otra parte, hay que tener en cuenta también que, tal y como se percibe en las empresas literarias en las que se embarcaron, ambos poetas estaban al tanto igualmente de las novedades estéticas generadas en París, tal y como era habitual en cualquier intelectual europeo de la época. En este sentido, de una manera involuntaria y ocasional, estos dos escritores, desde su Alejandría y su Lisboa natales prefiguran esa evolución París-Nueva York que va a caracterizar a la cultura occidental de mediados del siglo XX.

    Con todo, esta formación tan internacional y políglota común de su juventud va seguida por una reclusión vital también compartida y en apariencia incongruente. Para ambos, desde el final de su adolescencia, su ciudad natal va a convertirse en el único horizonte de su existencia y, a excepción de algún viaje puntual sin trascendencia biográfica, ninguno de los dos va a conocer otro ambiente cultural que el de la Alejandría y la Lisboa del primer tercio del siglo XX, ciudades ambas caracterizadas, desde el punto de vista intelectual, por su alejamiento de cualquier centro cultural europeo de relevancia. Esta reclusión, en cierto modo provinciana, corre pareja, por otra parte, con determinadas peculiaridades coincidentes en su forma de vida tanto familiar como profesional.

    En el ámbito personal ninguno de los dos formó su propia familia. En el caso de Kavafis, su condición de homosexual parece justificar la ausencia de relaciones femeninas estables en su vida, así como la convivencia con su madre hasta la muerte de esta en 1899, con sus hermanos hasta 1908 y su vida solitaria a partir de ese momento y durante los siguientes 25 años de su existencia. En el de Pessoa, parecen haber sido otros los motivos de su soltería y soledad. Tan solo se conoce una fugaz relación del poeta portugués con una joven lisboeta, Ofélia Queiroz, cuando él ya tenía más de treinta años, y parece haber sido la entrega obsesiva del poeta a su peculiar concepción de la creación literaria lo que acabó con la relación. A partir de ese momento, la figura de Pessoa en Lisboa, como la del Kavafis alejandrino, pasa a ser la del paseante desocupado que deambula por los cafés y las tabernas de su ciudad natal dejando pasar los años que le quedan de vida mientras en su casa, a solas, se entrega con pasión a la literatura. No deja de ser significativo, por ejemplo, que apenas contemos con imágenes, ya en pleno siglo XX, que nos sitúen a alguno de los dos en un contexto social de algún tipo, no digamos ya literario, en alguna tertulia, junto a algún amigo escritor, algún otro poeta, algún colega del mundillo artístico.

    Y es que en realidad la vida de ambos transcurrió de forma habitual en un ambiente profesional administrativo anodino. Kavafis entró a trabajar como funcionario hacia 1890 en los servicios de riegos del Ministerio de Obras Públicas y en él permaneció, cumpliendo adecuadamente con sus tareas burocráticas y administrativas, hasta su jubilación con honores en 1922. Pessoa, por su parte, obligado a ganarse la vida de alguna manera, va a dedicarse durante décadas a la traducción de correspondencia comercial en inglés y francés, dando servicio a las empresas de importación y exportación de la capital. En plena época de la bohemia literaria parisina y de las vanguardias artísticas, cuando en París, en Francia, en toda Europa, la juventud artística se entregaba en vida y alma a la ruptura del orden social burgués establecido, Kavafis y Pessoa, en Alejandría y Lisboa, como Kafka en su Praga natal por otra parte, ocupaban sus vidas en monótonos trabajos administrativos al servicio del estado o de las grandes empresas cuyo sueldo les permitía sobrevivir.

    Por otra parte, esa mera supervivencia funcionarial tampoco se tradujo en una presencia significativa de estos poetas en el mundillo cultural de sus países. No sería correcto pensar que, cubiertas las espaldas con su prosaico trabajo, dedicaran su verdadero esfuerzo vital a destacar en el mucho de las letras. Es cierto que varios de los poemas de Kavafis se publicaron en las revistas literarias más importantes de Alejandría como Grammata, pero casi todos ellos cuando el poeta tenía ya casi cincuenta años. Del mismo modo, en la Lisboa de la segunda década del siglo los esfuerzos de innovación estética organizados en torno a los dos números de la revista Orpheu, limitados al año 1915, apenas tuvieron repercusión en la evolución de la literatura portuguesa en ese momento, aunque después se hayan convertido en el símbolo de una época de renovación frustrada.

    Por el contrario, otro dato en que ambos poetas coinciden es su casi completa ausencia de publicaciones. Porque, en efecto, estamos hablando de poetas sin libros. Fuera de los poemas ingleses que hemos mencionado antes, Pessoa solo publicó con su nombre un tomito de poesía en portugués, Mensagem, en 1934, cuando el autor tenía ya 45 años y estaba a punto de morir. Libro, por otra parte, que jamás hubiera conseguido que Pessoa entrara a formar parte de la historia de la literatura europea, acaso ni siquiera de la portuguesa. Por supuesto, no fueron estas sus únicas publicaciones: ya en el número 2 de Orpheu aparecía también la impresionante Oda Marítima de Álvaro de Campos, el primero de los grandes heterónimos de Pessoa, años después, en 1925 los poemas de O guardador de rebanhos de Alberto Caeiro en la revista Athena de Lisboa, y las últimas ocho odas de Ricardo Reis en la revista Presença de Coimbra entre 1927 y 1930. Pero en todos los casos se trata de poemas firmados por sus heterónimos, poetas sin existencia real que solo unos pocos amigos del escritor podían relacionar con Pessoa. Del mismo modo, el conocimiento de Kavafis como poeta en Grecia durante la vida del poeta fue lento y tardío ya que él mismo apenas se preocupó por la difusión de sus poemas. Kavafis solía repartir copias sueltas manuscritas de sus composiciones entre sus más allegados y solo en dos ocasiones, 1904 y 1910, reunió algunas de ellos, poco más de una docena cada vez, en folletos de tirada mínima y casi nula repercusión fuera de Alejandría.

    De todos modos, no podemos hablar de poetas secretos, puesto que tanto Kavafis como Pessoa llegaron a alcanzar cierto renombre en el reducido ámbito cultural en el que se movían, básicamente su ciudad natal. Pero nada podía hacer pensar que esos dos poetas recónditos, con solo unos cuantos poemas conocidos, que apenas llegaron a lograr algún reconocimiento ocasional entre los suyos, estaban destinados a convertirse en dos de los poetas más importantes y representativos de la literatura europea de su tiempo.

    Muertos ambos, aunque a muy diferente edad, en fechas cercanas (1933 y 1935, respectivamente), por enfermedades relacionadas con sus vicios cotidianos, cáncer de laringe en el caso de Kavafis, fumador, y cirrosis en el de Pessoa, bebedor, también el prestigio póstumo les unió definitivamente años después de su muerte.

    En el caso de Kavafis, en vida solo en 1926, con 63 años, había recibido una condecoración honorífica oficial del estado griego por su contribución a la cultura de su país, la medalla de plata de la Orden del Fénix. Aun así, la primera edición de sus poemas completos -en una versión inicial después muchas veces ampliada- solo apareció en 1935, dos años después de su muerte. Pero lo cierto es que, al margen de este mínimo reconocimiento local, su actual prestigio internacional le vino de nuevo de la mano de su vinculación con la cultura inglesa. Primero, una traducción de Ítaca fue publicada en la prestigiosa revista Criterion de T. S. Eliot en 1924, convirtiendo al remoto alejandrino en una poeta a tener en cuenta a sus 60 años. A partir de ahí su conversión en un mito de la cultura moderna le llegaría gracias a las referencias de grandes intelectuales europeos de la segunda mitad del siglo como el inglés Lawrence Durrell, que lo convirtió en un personaje mítico ya en la primera novela, Justine (1957), de su Cuarteto de Alejandría, el poeta H. W. Auden, que prologó la segunda traducción al inglés de la poesía de Kavafis, de 1961, o la francesa afincada en EE.UU. Margerite Yourcenar, que había trabado conocimiento con la obra del poeta alejandrino ya en los años 30 y que desde 1940 hasta la publicación de su traducción en 1958 no dejó de dar a conocer todo tipo de escritos para introducir la obra de Kavafis en su idioma natal.

    Por lo que a Pessoa respecta, su muerte en 1935 dejó en el aire el acceso a una inmensa parte de su obra que quedó sin publicar y solo después de la II Guerra Mundial el prestigio de la literatura de sus heterónimos ha ido expandiéndose por todo el mundo en un proceso que todavía no parece haber llegado a su fin. En este caso, y aunque incluso las últimas palabras del poeta fueran en inglés, “I don’t know what tomorrow will bring” (No sé lo que traerá el mañana...), la fama póstuma de Pessoa solo recientemente puede vincularse con el predominio de la cultura inglesa. En principio, téngase en cuenta que una buena parte del total de la obra del autor quedó sin publicar y que un texto hoy tan valorado como el Livro do Desassossego, de su heterónimo Bernardo Soares, no ha sido completado a partir de sus notas manuscritas hasta 1982. Por ello, la difusión de la figura y la poesía de Pessoa ha tenido que esperar a la recuperación de su obra completa en su propio país natal, algo que solo ha sucedido en las últimas décadas del siglo XX. Así, la novela que hizo popular su figura y la de uno de sus heterónimos, El año de la muerte de Ricardo Reis, del futuro Premio Nobel portugués José Saramago, es también de los años 80, en concreto de 1984. Y su consagración definitiva podemos fecharla en el momento de su inclusión en The Western Canon del prestigioso crítico estadounidense Harold Bloom, que en 1994 lo encumbró como uno de los escritores europeos imprescindibles no solo del siglo XX sino de toda la historia de la literatura occidental. [E. G.]