CUATRO GRANDES DAMAS VICTORIANAS

 

            Para Miriam, porque como dijo Chandler, y recordó Capote: There are blondes, and then there are blondes.                


         Entre las muchas cosas que he ido aprendido de ti durante estos años taustanos tuyos no ha sido la menor el gusto por la narrativa inglesa del XIX. Como sabes, me agobia centrar mis lecturas en un género, estilo o escritor; por eso mis conocimientos suelen ser superficiales y aleatorios. En este caso, apenas había leído la Emma de Austen, Vanity Fair, Retrato de una dama y lo típico de Stevenson. Oliver Twist, recordarás, fue lectura del primer año de nuestro Club, y luego han ido pasando por mis manos, muchas veces desde las tuyas, Orgullo y prejuicio, David Copperfield, Jane Eyre, Ruth,  Middelmarch , Lejos del mundanal ruido, El americano… Y así ahora, sigo siendo más ruso que británico, es cierto, pero conozco mucho mejor esta literatura y, sobre todo, he aprendido a reconocer algo de lo que puede estar orgullosa con razón una nación ya de por sí orgullosa como la inglesa: sus escritoras.

Volver sobre la vida y las obras de artistas de la talla de Jane Austen, Mary Shelley, Elisabeth Barrett, las Brönte, Elisabeth Gaskell o George Eliot es un ejercicio imprescindible para valorar el largo camino que las mujeres europeas habéis debido recorrer para llegar hasta vosotras mismas. Por eso, para despedirme de ti y felicitarte en tu cumpleaños quiero repasar ciertos detalles de estas grandes damas victorianas de la literatura recorriendo contigo y para ti una parte de esa compleja trayectoria de casi doscientos años que va desde una fracasada institutriz del Yorkshire hasta una futura catedrática zaragozana.

 

I: CHARLOTTE BRÖNTE: EL PESADO FARDO DE LA FAMILIA.

Tú misma me dejaste la Vida de Charlotte Brönte, de tus apreciadas colecciones de Alba, así que no tendría mucho sentido que pretendiese aquí ofrecerte una biografía que conoces mejor que yo. Me limitaré, pues, a resaltar un nombre que me obsesiona en la vida de esta escritora: Branwell.

Como hablamos, en el caso de las hermanas Brönte, de auténticas pioneras de la creatividad femenina es lógico que nos interesemos por la originalidad literaria de estas jóvenes, por su formación autodidacta en los páramos del norte de Inglaterra, por sus dificultades para publicar… Sin embargo, cuando leía tu ejemplar de la biografía de Charlotte no podía dejar de fijarme una y otra vez en la fantasmagórica pero constante presencia de ese nombre, Branwell, el del único hijo varón del reverendo Patrick Brönte. Las dos hermanas pequeñas, Emily y Anne, apenas salen al mundo exterior a la vicaría y, sobre todo, Emily solo parece feliz enclaustrada en Haworth, con su padre y su hermano, arisca y aislada. Es lógico, pues, que para ellas el contexto familiar, el prestigio del hermano que hará brillar el apellido, el protagonista de una historia de auténtico amor romántico, el héroe caído al que hay que salvar de su propia ruina, carezca de alternativa. Sin embargo, en el caso de Charlotte, que intentó una y otra vez salir ella sola adelante, que luchó toda su juventud para forjarse un horizonte vital propio, ¿cómo sobrellevó la limitación de tener que poner siempre por delante el interés de su torpe hermano? Una joven brillante, decidida, que ha llegado a la edad adulta preparándose para tomar las riendas de su propia vida, ¿cómo toleró su postergación tras un endeble, mediocre y fracasado hermano?

Siempre que pienso en Charlotte mi imaginación se me escapa hacia Branwell. Me he preguntado muchas veces por qué fue para ella su principal obligación ocuparse primero del éxito de su hermano y luego de la comodidad de su padre. Emily fue capaz de escribir Cumbres borrascosas sin salir de la rectoría y sin apenas experiencia propia del mundo real fuera de los muros de su casa; se me ocurre que ninguna de las Brönte, Charlotte tampoco, necesitaba la realidad para su literatura. Me dirás que Jane Eyre responde en buena medida a la experiencia personal de la autora y es cierto, pero no me refiero a eso. Quiero decir que las Brönte no necesitaban otra experiencia que la que se suministraban ellas mismas, a través de sus lecturas, de su imaginación o de su biografía. Su mundo literario no va allá de sí mismas y ese punto de partida es muy diferente, como verás, del de Elisabeth Gaskell o George Eliot.

Su vida familiar, por el contrario, su relación con los dos hombres de la casa, pertenece a otro orden de cosas, no forma parte de su literatura. Ellas, las tres, también Charlotte, son unas Brönte y actúan como tales en su vida práctica del día a día, al servicio de la “casa”, en nombre del apellido. Solo Charlotte, y en el último año de su vida, dejó de ser una Brönte pero, aun casada, siguió viviendo en la casa de su padre y a su disposición. Ninguna de las tres hermanas publicó ninguna novela antes de la enfermedad de Branwell y, sin embargo, las tres lo hicieron el año anterior a su muerte, cuando él ya estaba enfermo, y acaso sin que él llegara a enterarse de la publicación. Al parecer, primero el hermano y luego el propio padre, los varones de la familia, veían como natural que las hermanas permanecieran en la casa a su servicio, incluso que Charlotte renunciara a sus proyectos e ilusiones para mantener las ruinas de la familia a partir de 1849.

Siento a Charlotte, como a tantas mujeres de su tiempo, acorralada, atada de forma inexorable al egoísmo de los suyos, incapaz de escapar, incluso después de su matrimonio, hundida bajo el pesado fardo de su hermano, de su padre, de su propio marido, imposibilitada por ellos de salir al mundo, de crear su propia vida, de hacer brillar su personalidad literaria. Sin duda pudo haber sido una gran dama victoriana; ha llegado a serlo solo en nuestro aprecio póstumo.

 

II: ELISABETH GASKELL: UN LIBERADOR BAGAJE RELIGIOSO

Otro aspecto llamativo en la vida de estas creadoras tiene que ver con el ambiente religioso que las rodea. Charlotte es hija de un pastor anglicano, Elisabeth no solo es hija sino también esposa de un clérigo de la iglesia unitaria y la propia Marian Evans desarrolla toda su personalidad creadora a partir de unos profundos estímulos espirituales. Me he preguntado muchas veces la relación que puede haber entre la vivencia de una intensa religiosidad en los años de formación de estas escritoras y su dedicación a la creación literaria.

La familia de Elisabeth Gaskell, Stevenson de soltera, formaba parte de una comunidad religiosa, la Iglesia Unitaria de Inglaterra, minoritaria pero muy activa en el panorama social y religioso británico de la primera mitad del siglo XIX. Pertenecía, en cierto modo, a una “secta” cristiana, por lo demás perfectamente admitida en la Inglaterra de la época, que propugnaba un mayor compromiso moral con la nueva sociedad surgida de la primera revolución industrial. No eran propiamente “puritanos” pero sus principios éticos eran similares en muchos sentidos.

No creo que haya habido una disposición mucho más abierta a la formación humanista de las jóvenes en los países de religión reformada. La burla de las mujeres sabihondas, que forma parte del repertorio tradicional de la comedia española y francesa del siglo XVII, no parece diferir demasiado de las reticencias que muestran las novelas de Austen contra la exhibición de conocimientos femeninos, más allá del barniz de la elegancia, en la Inglaterra de principios del XIX. La diferencia estriba en el factor religioso, trascendental en el contexto de estas escritoras, pues la lectura de los textos sagrados y las enseñanzas de la Iglesia eran pilares básicos de la formación personal: la posibilidad de libre acercamiento de una joven inglesa a los propios evangelios traducidos y a interpretaciones religiosas de prestigio, era impensable en las regiones católicas, no solo para todas las mujeres sino también para la mayor parte de los varones que, como ellas, tampoco conocían el latín.

En Inglaterra la formación religiosa de una joven como Elisabeth Gaskell podía ser tan completa como la de cualquier varón de su edad. A partir de aquí, dado que en estos ambientes “puritanos” la espiritualidad cristiana era uno de los aspectos más relevantes de la personalidad, Elisabeth, y las otras escritoras que aquí nos ocupan, podían tener una conciencia muy clara de su propia excelencia. Luego, cada una de ellas hubo de buscar su propio camino literario y en este sentido Elisabeth Gaskell arrancó en el punto en el que la tuberculosis obligó a Charlotte Brönte a dejarlo: el matrimonio.

Para cuando Elisabeth, de forma anónima, publicó su primera novela, Mary Barton, en 1848, la escritora tenía 38 años, casi exactamente la edad de Charlotte cuando murió, y llevaba 15 casada e implicada en la labor cívica de su marido. Sus obras no solo son producto de su madurez personal sino que responden a las preocupaciones morales, intelectuales y sociales de su compromiso religioso. En su caso, su experiencia personal en la bulliciosa e industrializada Mánchester le sirve para crear una narrativa crítica con la sociedad en la que vive. Para Elisabeth la escritura es una forma de intervenir en la realidad, de propiciar mejoras necesarias cuya exigencia proviene del compromiso religioso de la escritora. De la misma forma que su marido, pastor unitario, ofrecía clases gratuitas a los pobres en su propia casa o participaba en asambleas de obreros para mejorar las condiciones en las fábricas, ella escribía novelas que hacían ver a sus lectores las injusticias sociales y morales que los rodeaban y a las que no se podía permanecer ajeno.

 

III: GEORGE ELIOT: LA VALIENTE TAREA DE VOLAR SOLA.

Desde las novelas de Jane Austen los ingleses debían de estar acostumbrados a esas portadas con la firma “A lady” [Sentido y sensibilidad] o “By the Author of…” [Orgullo y prejuicio, Emma...] que protegían a sus autoras de una exposición indecorosa a la crítica. Esa es la firma habitual también en las novelas de Elisabeth Gaskell: Mary Barton anónima como el Frankenstein de Mary Shelley y Ruth “by the author of Mary Barton”. Las Brönte optaron por otra posibilidad, utilizando unos seudónimos asexuados, Curiel, Ellis y Acton Bell, para disimular la posibilidad de que los autores de sus novelas fueran autoras. Como ellas, la propia Marie Anne Evans, al publicar sus primeros relatos, optó también por un seudónimo, George Eliot, en este caso claramente masculino pero que no dejaba de ser el equivalente inglés y homenaje a una precursora, George Sand, la entonces célebre escritora francesa Aurore Dupin.

Sin embargo, lo más llamativo de esta tercera dama victoriana no es su ocultamiento tras el seudónimo sino todo lo contrario, la notable exposición pública de su heterodoxia, hasta el punto de que todavía hoy sus restos siguen sin ser admitidos en el Poets’ Corner de la Abadía de Westminster debido a la radicalidad de sus posiciones. La biografía de George Eliot figura ya en estas páginas, por lo que no voy a volver aquí sobre el escándalo social con que acogió la hipócrita y puritana sociedad victoriana las relaciones sentimentales de la escritora. Lo que me interesa ahora, para terminar este repaso mínimo de la trayectoria vital de estas grandes escritoras, es la fuerte personalidad que George Eliot demostró en esa parte central de su vida, cuando su éxito literario corría parejo con sus escándalos maritales. Aunque, al revés de las dos novelistas anteriores, Marian Evans no creció en una familia “profesionalmente” religiosa, en su formación intelectual volvemos a encontrar ese mismo trasfondo de inquietud espiritual, que parece explicar buena parte de su comportamiento. De hecho, fue su relación con los Bray, en un ambiente de profunda libertad religiosa y, sobre todo, su traducción de la Vida de Jesús del alemán David Strauss en 1846, lo que la condujo hacia el mundo de la creación literaria y provocó la aparición de George Eliot, con una primera obra que no por casualidad lleva el título de Escenas de la vida clerical.

Como en el caso de Elisabeth Gaskell, una reflexión personal profunda sobre la fe cristiana la llevó a tomar postura contra las formas de vida más convencionales de la sociedad inglesa. Sin embargo, mientras que para la primera la problemática social ocupó el eje central de su vida, para Marian Evans su entrega a la creación literaria favoreció un desarrollo mayor de su propia personalidad, una mayor profundización en su propia identidad. En el caso de George Eliot no encontramos una actividad pública notoria y organizada. Lo que destaca en ella es la voluntad férrea de llevar hasta el final sus más íntimas convicciones, una especie de lucha personal por la propia individualidad frente al control social victoriano. La utilización del apellido de su amante como si estuvieran casados, por ejemplo, indica un desprecio por los convencionalismos de la época inusualmente radical. Y no creo que sea tampoco una casualidad que todas sus novelas y relatos, es decir, su creación más propiamente personal, más allá de sus traducciones y sus artículos periodísticos, aparezcan cuando esa relación extramarital, tan criticada por sus contemporáneos, estaba ya consolidada.

Otra gran dama de la época, a la que por tus reticencias hacia la poesía he dejado fuera, Elisabeth Barrett, aparece como una especie de precursora en este sentido, casándose y escapando con Robert Browning en 1846 sin el permiso de su padre, pero su conflicto fue meramente familiar y estuvo en todo momento amortiguado por su renuncia a regresar a Londres. George Eliot, que nunca se vio constreñida por los lazos familiares como Charlotte, que tampoco contó en su madurez con un círculo protector como Elisabeth, se me aparece así, con su libertad personal y su enfrentamiento con las convenciones, como el penúltimo peldaño de esa maravillosa escala que desde la precursora Austen conduce a la modernist Woolf. Nunca te agradeceré lo suficiente que durante estos años juntos en el Río Arba me hayas acompañado al ascenderla.

Feliz cumpleaños, Miriam, y buen viaje: seguiremos viéndonos en las páginas de nuestros libros. [E. G.]