ESAS OTRAS PAREJITAS LITERARIAS (y II)
IV
Como Miguel de Cervantes, y a pesar del éxito quijotesco del Club Pickwick, tampoco Dickens volvió a aprovechar esta estructura narrativa de doble protagonista paralelo y complementario en ninguna de sus siguientes grandes éxitos. David Copperfield, Oliver Twist o Grandes Esperanzas son novelas de protagonista único, con un personaje principal que construye su identidad y recorre su vida haciendo frente, casi siempre en solitario, a la sociedad que se le viene encima. Sus enamoradas, algunos camaradas con los que comparten episodios o los ancianos que se preocupan por ellos en ocasiones son tan episódicos como los villanos que los acechan página tras página.
En realidad, casi toda la novela europea del Realismo es una narrativa de protagonista único, que prescinde del rústico Sancho Panza del mismo modo que del humor y de la ironía del novelista castellano. Tal es así que incluso una gran narración de raigambre tan cervantina y quijotesca como El idiota de Dostoievski carece de contrapunto sanchopancesco para el personaje del príncipe Myshkin.
Va a ser de nuevo en Inglaterra, pero ya en las postrimerías del XIX y en esta ocasión en los márgenes de las grandes novelas victorianas, muy lejos también de Fielding y de Dickens, donde vamos a reencontrarnos con una pareja de caballeros andantes contemporáneos muy particular y de nuevo con gran éxito: Sherlock Holmes y el doctor John H. Watson.
¿Pensaba Doyle en Cervantes cuando creó sus personajes? Sinceramente, pienso que no. Las diferencias entre las dos parejas son tantas y tan esenciales, que más me inclino a pensar que el dúo Holmes-Watson surge, como en El Quijote, de las propias necesidades narrativas del autor británico. El personaje del doctor Watson tiene una función en las novelas inglesas de la que Sancho -suponemos que el papel quijotesco lo debemos reservar para el detective titular- carece: es el narrador. Resulta curioso que este médico militar retirado nazca precisamente de una decisión narratológica de su creador, algo tan absolutamente cervantino, pero, al mismo tiempo, ese papel esencial de Watson aleja sustancialmente a la parejita detectivesca de El perro de los Baskerville de la obra de Cervantes.
Por lo demás, el valor estructural de los protagonistas de Doyle es equivalente. Los dos compañeros de piso se enfrentan juntos a los casos que se les ofrecen, Sherlock Holmes tomando la iniciativa, impetuosa e ilusionada, y Watson siempre a su servicio, dispuesto a apoyarlo y admirado por la inteligencia de su colega. Los dos actúan de forma conjunta y paralela, como Alonso Quijano y Sancho Panza, y también de forma complementaria. Holmes, con una obsesión y meticulosidad enfermizas, no se arredra por correr riesgos, completamente seguro de sí mismo, de saber quién es, como don Quijote. Watson, mucho más consciente de los peligros que corren, de la estructura real del mundo en el que viven, trata de contener y proteger a su “amo”.
Como he dicho, dudo de que Doyle concibiera a sus personajes sobre la base de Cervantes pero no de que una vez creados, él mismo hubo de darse cuenta de la profunda raigambre cervantina de sus creaciones.
V
La última de estas otras parejitas literarias de la que vamos a tratar aquí es, sin duda, la más extraña de todas en muchos sentidos, pero no por ello menos cervantina: Astérix y Obélix.
Damos por hecho, que a estas alturas nadie va a llevarse las manos a la cabeza por incluir entre las modalidades literarias de la narrativa contemporánea el cómic y menos de que se le atribuya valor artístico a una colección como la de Uderzo y Goscinny, que ha marcado la historia del género en la segunda mitad del siglo XX. Dicho esto, centrémonos en la pareja protagonista.
El valor estructural de Astérix y Obélix en los guiones de Goscinny es equivalente al de todas las parejas que venimos viendo en este artículo: los dos irreductibles galos afrontan siempre juntos sus aventuras, de principio a fin en cada uno de sus álbumes, como si El Quijote se hubiera ido troceando en episodios individuales. Y de la misma manera, los dos personajes aparecen desde las páginas iniciales de Astérix el galo como esencialmente complementarios, incluso por su forma física, a la manera de Cervantes.
Astérix es pequeño y delgado, un alfeñique, de la misma forma que Obélix es grande y pesado, una mole menhírea. Astérix es inteligente, astuto, rápido de pensamiento y de acción, ingenioso… A su lado, Obélix es torpón, un tanto lerdo, va siempre a remolque de su amigo y se lo encuentra todo hecho. Astérix y Obélix son como don Quijote y Sancho, inseparables, siempre envueltos en aventuras, muchas de las cuales bien pueden ser consideradas quijotescas: rescatar de la legión al novio de una Dulcinea, Falbala, tan inasequible para Obélix como la auténtica para Don Quijote; devolverle a su padre el hijo secuestrado como rehén por los romanos -álbum Astérix en Hispania, donde, por supuesto, tienen su propio cameo los personajes de Cervantes-; ayudar a un desesperado ingeniero egipcio a evitar ser devorado por los cocodrilos de Cleopatra -¡qué nariz!, por cierto- o demostrar con un gran banquete al mismísimo Julio César que nadie puede privar a los galos de su libertad…
Es cierto que ninguno de los dos está loco, como don Quijote, y que, si algo caracteriza a Astérix es su cordura y su inteligencia natural, pero haberse caído a la marmita de poción mágica de niño no parece haberle resultado muy beneficioso a la salud mental de Obélix.
Y, para terminar, ya que hablamos de parejas de cómic, ¿cómo podemos olvidarnos de Tintin y el capitán Haddock? De hecho, la relación íntima entre estos dos personajes es anterior a la existencia de Astérix y Obélix y resulta fácil suponer que Goscinny y Uderzo se basaran en ella para crear a sus protagonistas. Como en Milou para crear a Ideafix, por cierto.
Si no hemos comenzado este último capítulo con el dibujante belga es porque claramente la colección de Tintín fue concebida por Hergé como narraciones de protagonista único -con la salvedad de que el propio título indicaba “les aventures de Tintin y Milou”- y, solamente tras el protagonismo sobrevenido del irascible capitán en el doble álbum El secreto del unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, volúmenes 11 y 12 de la serie, Archibald Haddock se convierte en la otra mitad de la pareja protagonista del resto de las aventuras de Tintín, otros 12 títulos. Aun con todo, quede claro que esto sucedía en 1942, es decir, casi veinte años antes del primer cómic de Astérix.
[E. G.]


