ESAS OTRAS PAREJITAS LITERARIAS (I)

I

Hay otras parejitas, en la  historia de la literatura , más allá de la pasión y el deseo. Romeo y Julieta, Renzo y Lucía, Ana y Vronski ofrecen a sus lectores una línea narrativa conjunta, que los dirige a ambos, de forma más o menos compleja, el uno hacia el otro, en el centro preciso de la sociedad a la que sobreviven, o no. No se interesarán por esa estructura, elemental y tantas veces tópica, las líneas que vienen a continuación. Hay otra, en cambio, muy minoritaria frente a esta, en la que los protagonistas son dos también, otra parejita, pero sus miembros se mueven de forma paralela, acompañándose el uno al otro en la misma dirección, siempre cercanos y atravesando de parte a parte la realidad con la que interactúan. Me centraré aquí en esta técnica narrativa, más moderna, más original e insólita.

El modelo esencial no aparece hasta 1605 y lo forman Don Quijote y Sancho. Alonso Quijano abre la obra de Miguel de Cervantes loco ya, pero solo. Un primer bloque, breve, de la novela nos ofrece la ruta aventurera ridícula de un viejo caballero solitario, fantasmal casi, que fracasa de inmediato, y vuelve. Es Sancho, en la segunda salida, quien salva literariamente a su señor. La incorporación del criado a la peripecia del Quijote supone un cambio sustancial en la estructura narrativa de la novela y el éxito literario de Cervantes. Esto es así porque Sancho, caminando junto a su señor, tiene que convertirse por fuerza en su interlocutor. Y Cervantes, que desea ampliar el desarrollo argumental de su novela, tan limitado en la primera salida, comprende que esa relación entre caballero y criado, anecdótica en las novelas de caballerías a las que remite su narración, va a ser, a partir de ese momento, imprescindible y vital en esta.

Si Cervantes tiene que sacar a escena a un caballero que no lo es acompañado, hora tras hora, día tras día, por un escudero, que no lo es tampoco, ¿cómo debe mostrar en sus páginas esa relación? En una novela de fantasía, el autor puede obviarla, si así lo quiere o si no le interesa. Pero Cervantes pretende llevar a su obra a dos personajes que comparten la realidad de sus lectores, aunque esta se transcriba desquiciada. Dos manchegos contemporáneos suyos como Alonso Quijano y Sancho Panza, ¿qué harían en el mundo verdadero de los caminos reales y las ventas castellanas que tan bien conocía el autor? Se verían obligados, por supuesto, a conversar. Y aventuras aparte, Don Quijote y Sancho conversan. Se vuelven al uno hacia el otro y mientras avanzan juntos y haciéndose compañía por los campos de La Mancha, cabalgando uno a la par del otro, intercambian sus opiniones, sus ideas, su forma de ver la vida, tan distinta, opuesta incluso, casi siempre.

Como se ha estudiado tantas veces, a partir de la segunda salida, el protagonismo del Quijote se duplica porque las aventuras afectan de forma paralela y complementaria a los dos aventureros. Y la conversación, cada vez más esencial, sobre todo en la segunda parte, entre el loco Quijano y el cuerdo Panza va tejiendo la rica e inmortal trama creativa de la primera gran novela moderna.


II

Tenemos ya la primigenia parejita protagonista de nuestro artículo, la primera que no da forma al relato persiguiéndose y haciendo converger en el círculo cerrado de sus amores el argumento de la obra. Por el contrario, Don Quijote y Sancho se proyectan de forma doble y paralela sobre la realidad de su época, reinterpretándola, haciéndola ampliarse a su alrededor, enriqueciéndola para sus lectores, nosotros.

La idea, novedosa y de éxito, fue producto de un genio creativo, que, sin embargo, no volvió a repetirla. En su Persiles, los protagonistas vuelven a ser Romeo y Julieta, haciendo girar todo el mundo alrededor de sus penosos -pero en este caso finalmente felices- amores. Fue otro genio de la literatura española, el aragonés Baltasar Gracián, quien supo valorar, mejor incluso que el propio Cervantes, la importancia estructural de la ya para entonces famosa pareja protagonista del Quijote, y la reprodujo, a su manera, en su obra magna, El Criticón.

El Criticón se presenta, a la manera del Persiles, precisamente, como una novela  bizantina , pero sus dos protagonistas, Andrenio y Critilo, no tienen nada que ver con Persiles y Sigismunda sino que están modelados sobre la imagen de Sancho y de don Quijote. Pero habrá que recordar primero que Gracián escribe casi cuarenta años después de la muerte del hidalgo manchego. Sin embargo, a pesar de las décadas pasadas y del éxito inicial del Quijote, no se conoce ningún otro intento intermedio de reconstruir una pareja literaria semejante. Gracián toma el testigo, pues, directamente de Cervantes.

Quede claro, en cualquier caso, que ni Andrenio es un nuevo Sancho ni Critilo otro Quijote. Gracián no copia a su antecesor sino que lo reutiliza. Al jesuita aragonés le interesa la riqueza estructural y narrativa creada por Cervantes con su parejita mucho más que los personajes que la componen en sí: va a reaprovechar la duplicidad, el paralelismo y la complementariedad de los protagonistas.

Como Alonso Quijano y Sancho Panza, Andrenio y Critilo se mueven juntos a lo largo de toda la novela, enfrentándose codo con codo a las más variadas peripecias, mientras progresan hacia su siguiente destino. Su trayectoria es paralela y doble frente al resto de los personajes, que son siempre episódicos, lo que refuerza su relación compartida, en cierto modo aislada del resto. Pero, sobre todo, de nuevo estamos ante dos protagonistas complementarios, algo en lo que, por otra parte, encontramos al mismo tiempo la mayor diferencia con Cervantes.

En El Criticón no hay locura quijotesca alguna. Andrenio representa al hombre virginal, creado por Dios en la Naturaleza y criado lejos del mundo de los hombres. Critilo, por el contrario, es el hombre forjado por la civilización y que se ha dejado la vida en un comercio desengañado con la sociedad. La locura de Alonso Quijano o la sensatez robusta de Sancho Panza tienen su origen en el mundo real de los seres humanos con los que convivía Cervantes; Andrenio y Critilo no son personas sino personificaciones, y pertenecen al universo ideal en el que se mueve toda la novela de Gracián. Son quintaesencia de la realidad, que solo a través de la metáfora tiene cabida en El Criticón.


III

Gracián condujo a Cervantes por una senda que no tenía salida. Pero Don Quijote y Sancho ya habían tomado antes otros caminos que los habían hecho peregrinar por toda Europa. Y en una de las islas exteriores del continente, en Inglaterra, su viaje gozó de una especial fortuna.

Sobre el éxito inesperado que tuvo la obra de Cervantes en Gran Bretaña -como en Francia- en los primeros 100 años de su historia ya avanzamos algo en otro artículo de esta web. Poco después de ese I Centenario quijotesco volvemos a hallar, en 1734, Don Quixote in England, una de las obras teatrales de Henry Fielding, y en el ámbito de la creación narrativa, que nos interesa más aquí, The Female Quixote de Charlotte Lennox, ya en 1752. Aunque esta última adaptación se vincula desde el título a la obra de Cervantes, para el tema que nos ocupa resulta más interesante la reinterpretación “written in imitation of the manner of Cervantes author of Don Quixote, que un poco antes, en 1749, había llevado a cabo el propio Fielding en su Joseph Andrew.

A la aristócrata escocesa autora de The Female Quixote le interesaba, sobre todo, la locura de Alonso Quijano, provocada por la lectura. De este modo, Lady Arabella enfermará de tanto leer novelas sentimentales francesas, lo que provocará las situaciones ridículas e hilarantes de la novela. Sin embargo, la relación de pareja entre Don Quijote y Sancho Panza a Charlotte Lennox no le parece relevante y prescinde de ella: no hay ningún personaje en su novela que pueda equipararse al escudero manchego de Cervantes. Fielding, en cambio, se preocupó sobre todo por construir un protagonismo conjunto de tipo cervantino. 

Es muy interesante, en este sentido, que en Joseph Andrew lo que está ausente, al menos en lo que se refiere al personaje que da nombre a la novela, es la locura lectora. Para Fielding es mucho más importante la pareja protagonista, y por ello hace aparece desde muy pronto, al pastor Abraham Adams, que, convertido en un Sancho Panza sui generis -este sí obsesionado por sus escritos- va a acompañar a su protegido durante toda la novela.

Así, a mediados del siglo XVIII Henry Fielding resituó a Don Quijote y a Sancho en la literatura inglesa convertidos ahora en una doble, paralela y complementaria posibilidad narrativa, más que en unos caracteres o unos personajes concretos. De ahí que casi un siglo después, en 1836, cuando otro cervantista eximio, Charles Dickens, se proponga escribir a toda velocidad pro pane lucrando su primera novela, eche mano de esa técnica, clásica ya en la literatura inglesa, la parejita cervantina, para dar forma a sus Papeles póstumos del Club Pickwick.

Dickens tiene muy claro que su protagonista será un caballero lleno de buenas intenciones, al que se le va la olla. Por Fielding sabe que no hace falta que esté verdaderamente loco: ya lo está el resto de la sociedad, tal y como había dejado claro Cervantes en la segunda parte del Quijote. Pickwick, solo con que intente hacer el bien o se comporte correctamente, acabará siendo ridículo y risible. Siempre y cuando, a su lado comparezca su complementario, Sam Weller, un hombre del pueblo, rústico -sin necesidad de que sea campesino: bastante rusticidad tienen los barrios marginales de Londres-, de mente práctica y buen corazón, capaz de valorar en su señor esa verdadera nobleza, de la que se ríen todos los demás. [...]