TRÍADAS: 1.1.1. Realeza

 

    No resulta sencillo encontrar un pasaje literario en el que el autor presente a un miembro de la realeza ocupado en quehaceres literarios. Parece que el ejemplo bíblico del rey David componiendo salmos para Yavhé, no ha sido tomado muy en serio o difería demasiado de la realidad como para ser tenido en cuenta. Hallamos, con todo, algo similar en una de las cantigas del también rey Alfonso X de Castilla, la número 295. En ella la Virgen expresa su agradecimiento y benevolencia a un rey innominado que, además de hacer poner en los altares de su reino los “panos mais ricos / pola festa mais onrrar” durante las celebraciones marianas, “demais trobava per ella / segund’ oý departir”. Un análisis más detallado del poema lleva a la conclusión de que este anónimo rey trovador no es otro que el propio Alfonso, lo cual confirma esa escasa relación literaria entre la realeza y la creación artística. Pese a todo, la tríada que viene a continuación va a permitirnos comprobar que el caso de Alfonso X El Sabio es especial, desde luego, pero no único.

    De hecho encontramos ya un buen adelanto de ese rey poeta en uno de los primeros autores de la lírica europea, el duque de Aquitania Guillermo IX, nacido en las lejanas fechas del siglo XI y el primero de los trovadores occitanos conocidos. Con una vida truculenta y compleja, afanado en continuos enfrentamientos señoriales, turbulentas cuitas amorosas y ambiciosos proyectos de cruzada, de Guillermo solo se conservan apenas una docena de composiciones líricas, entre las que nosotros mismos hemos destacado en nuestra Antología, la que se conoce como “Pura nada”. En conjunto, su obra resulta poco sofisticada pero eficaz; canta la vida de las armas, sus amores licenciosos, sus odios privados... Y sin embargo, en esos pocos centenares de versos se halla condensado todo el futuro desarrollo de la lírica provenzal y, por extensión, de toda la lírica europea. Hoy en día sigue discutiéndose de dónde pudo sacar el duque de Aquitania los temas, las formas e incluso la voluntad de crear esos innovadores versos en lengua vulgar, tan ajenos en esos momentos a la alta cultura europea en latín, aparentemente más propia de un noble de su alcurnia: ¿los trajo de Oriente, tras su participación en la I Cruzada a principios del siglo XII, o los ideó al sur de los Pirineos, mientras combatía a los musulmanes en Aragón? ¿Son una feliz adaptación laica y romance de modelos latinos eclesiásticos? ¿Una creación ex novo de su propio genio de poeta? En cualquier caso, este gran aristócrata aquitano, pendenciero y amoral, vividor, soberbio, díscolo e irreverente, fue al mismo tiempo el origen de nuestra lírica y el de casi todas las casas reales de Europa, entre ellas la castellana: el antes citado Alfonso X, por ejemplo, era directo descendiente suyo.

    Como también era descendiente de Guillermo, en tanto que miembro de la Casa de Valois, Margarita de Angulema, reina de Navarra y autora del Heptamerón. Y como el anterior, además de escritora, Margarita fue también antepasada de varias casas reales europeas, al ser la abuela de Enrique IV, el primer Borbón en el trono de San Luis. Margarita era hermana de Francisco I de Francia pero ella reinaba sobre los reducidos dominios de la Navarra "de ultrapuertos", en los Pirineos occidentales. Retirada allí, en su fortaleza de Mont-de-Marsan, y mientras procuraba proteger en un entorno civilizado a un buen número de los intelectuales reformistas que huían de sus poderosos vecinos católicos, la reina Margarita, que había recibido una de las educaciones de más calidad que podía darse a una mujer -e incluso a un hombre- en aquella Europa del Renacimiento, dedicaba buena parte de su tiempo a la cultura y más específicamente a escribir. Varias son las obras que le dieron fama para bien y para mal en su tiempo, como el Espejo del alma pecadora, pero la que ha dejado definitivamente su nombre grabado en la historia de la literatura europea es el Heptamerón. Este libro está concebido como una colección de relatos breves dentro de la tradición narrativa de Boccaccio. Y como el Decamerón, también los cuentos de Margatira de Navarra están agrupados de diez en diez de acuerdo con un marco narrativo que presenta a varios hombres y mujeres entreteniéndose con sus relatos a lo largo de varios días. Parece que la idea de la reina iba más allá de siete jornadas pero la recopilación final, por la razón que sea, solo llegó hasta siete y de ahí el título del libro.

    Una década antes de la muerte de Margarita de Navarra en 1549, nacía en Cuzco, a miles de kilómetros de Pau, en las cumbres de los Andes, en un continente hasta hacía poco desconocido en Europa, en el Nuevo Mundo, uno de los últimos descendientes de otra dinastía soberana, imperial en este caso, los Incas. Gómez Suárez de Figueroa, que solo años más tarde cambiaría su nombre por el de Garcilaso de la Vega, era hijo de la princesa Isabel Chimpu Ocllo y de uno de los conquistadores que habían acompañado a Pizarro y se habían hecho con el poder en el antiguo Tahuantinsuyo, convertido ahora en el virreinato español de la Nueva Castilla. Su padre solo era uno más de entre tantos hidalgos extremeños sin fortuna, vástago marginal de la nobleza castellana; Chimpu Ollo, en cambio, pertenecía a la familia imperial, nieta del Inca Túpac Yupanqui, sobrina del Inca Huayna Cápac y prima del Inca Atahualpa, destronado por los castellanos. Sin embargo, el soldado de Pizarro nunca llegó a formalizar su matrimonio canónico con la madre del escritor y la abandonó finalmente para casarse con una dama cualquiera recién llegada de la península. Hoy en día una de las cosas que más honra a Garcilaso es, precisamente, el orgullo que siempre manifestó por sus orígenes indígenas, por la herencia cultural de su madre, en una sociedad como la europea, para la que el Nuevo Mundo durante siglos parece haber sido poblado por seres a los que solo por aproximación o benevolencia podía considerarse humanos. Es cierto que tras esa reivindicación de sus orígenes estaba la esperanza de obtener los privilegios debidos a su elevado origen estamental, pero también lo es que, si no hubiera sido por ese orgullo de familia, el Inca no hubiera dedicado buena parte de su vida a la redacción de sus Comentarios Reales, una amplia recopilación de datos de todo tipo sobre la cultura, la religión y la historia del imperio de los Incas, que le han dado un lugar destacado en la literatura mundial como el primer escritor americano de la cultura europea. En unos siglos en los que los pueblos de Europa llevaban a los indígenas americanos desolación y exterminio, el Inca Garcilaso de la Vega, descendiente de una de las casas reales más poderosas de la historia de la Humanidad, trajo a Europa la imagen de la civilización y de la dignidad americanas. [E. G.]