LITERATOURS: BUDAPEST

DONDE MI INFANCIA SE LLAMA ERNŐ NEMECSECK

 

 Es una profunda verdad, de Rilke o no, que la auténtica patria de un hombre es su infancia. Patria, en efecto, como la infancia, deletérea, compleja y, sobre todo, múltiple, enriquecida de forma aleatoria por impresiones, sentimientos y reminiscencias vaporosas e irracionales, luces y sombras que hallaron en ese rincón de nuestra historia personal su acomodo y desde allí vigilan, tal vez dirigen, a quien ahora somos. Una de esas sombras, en realidad una de las luces de mi infancia, es el pequeño Ernő Nemecsek, su cuadrilla de amigos de la calle Pál y el exótico telón de fondo de mi Budapest infantil, esa mítica ciudad literaria que envolvía entre sus páginas una de las más evocadoras lecturas de mi adolescencia: Los muchachos de la calle Pal, la novela de 1907 que ha hecho famoso a su autor, el húngaro Ferenc Molnár.

No somos responsables de nuestra infancia, esos años en los que nos limitamos, sin saberlo, a atesorar, con el alma atenta solo al instante, todo lo que la vida, en cualquiera de sus formas, nos ofrece. En mi casa apenas había libros, solo algunos, novelas de moda, de mi padre. Pero pronto comenzaron a comprarlos para mí, sorprendida mi madre, incluso orgullosa imagino, de mi avidez lectora. Guardo todavía, casi 50 años después, algunos de ellos, mis primeras lecturas: Tom Sawyer, con un pliego repetido que me privó durante décadas de su primera aventura, La isla misteriosa, en una edición adaptada, a medias tebeo, Robinson Crusoe, por supuesto, y la gran novela juvenil de Molnár. Así que, cuando nos incluyeron definitivamente en el programa de vacaciones por Europa, destino Budapest, tenía muy claro cuál tenía que ser mi particular visita literaria: el aserradero de la calle Pál.

Viajar a Budapest desde Tauste en busca del escenario inexistente de una novela de principios del siglo XX es aún más ridículo de lo que suena, así que me guardé mucho de decir nada al respecto a mi familia. Mis hijos eran pequeños todavía, Inés con 15 años y Rafa, 11, pero sus vivencias no eran las mías y a ellos Nemecsek, Boka, Áts y el resto no les decían nada. Otro de los rasgos de la infancia: es una patria privada. De todos modos, Rafa encontró pronto un buen motivo para amar Hungría: en la primera tienda de recuerdos pudo hacerse con un enorme mandoble de metro y medio, la espada de San Esteban, un juguete de madera con el que iba a cargar encantado el resto de nuestra estancia.

Pronto deseché la idea inicial de escaparme a la calle Pál. En un callejero de la ciudad había podido ver que se hallaba alejada del centro turístico, un pequeño callejón en una maraña de bloques obreros de la época soviética. Y lo que iba conociendo de la “estética socialista” no invitaba en absoluto a pasear en busca de recuerdos infantiles. Además Budapest, la Budapest parcial pero auténtica que nos ofrecía el viaje, resultaba cada vez más rica y atractiva y más ajena a mi añoranza. Todavía recuerdo con emoción y orgullo, por ejemplo, el momento en que distinguí, bajo la gran cúpula central del Parlamento, entre todas las enseñas de los reyes de Hungría, las barras de Aragón en la de Fernando de Habsburgo, ese nieto predilecto de Fernando II, al que este, en uno de sus últimos testamentos, hacía regente de nuestra Corona y que acabó llevando la del Imperio. Fue allí, en el entorno de ese pintoresco remedo neogótico de Westminster, donde empecé a conocer otra Budapest, más real, alejada de las brumas de mi infancia.

A escasos metros de la fachada principal del Országgyűlés -vaya idioma, el húngaro-, paseando por la orilla del Danubio con la impresionante vista de la colina fortificada de Buda enfrente, dimos inesperadamente con los sesenta pares de zapatos de hierro que recuerdan a los cientos de judíos arrojados al río durante la II Guerra Mundial, allí mismo, en el muelle de Pest, por los fascistas húngaros de la Cruz Flechada. Y mi lectura de la infancia se vio empañada, por vez primera, por otra de madurez, la terrible Sin destino, de Imre Kertész, uno de los grandes narradores del Holocausto y el único Premio Nobel de Literatura húngaro. Esos judíos que acabaron, como el autor con 15 años, en Buchenwald o en Bergen-Belsen vivían antes, miles y miles de ellos, en Budapest, en Praga y en tantas otras grandes ciudades de Centroeuropa que hasta 1918 habían formado parte del Imperio Austro-Húngaro. Y ese viaje que para millones de ellos había terminado en los hornos crematorios alemanes, para muchos otros lo había hecho aquí mismo, bajo estos ventanales vidriados y estos falsos pináculos medievales, en esta lenta orilla de un Danubio ensangrentado desde entonces para siempre.

Budapest se abrió así, para mí, en una perspectiva mucho menos inocente, apremiado como estaba, además, por la propia lectura que había elegido en estas vacaciones. Para un país tan poco conocido en el ámbito literario como Hungría no había tenido mucho donde elegir y en mi mesilla del hotel me esperaba, junto a una biblia de no sé qué secta estadounidense, una cualquiera de las novelas de Sándor Márai: Liberación, más concretamente. Soy poco amigo de leer los paratextos así que nada sabía de esta obra cuando la compré, e imaginaba de ella algo parecido a El último encuentro, lo único que había leído entonces de Márai, un texto intimista y reflexivo, muy centroeuropeo y años 30. Nada más lejos de la realidad, pues la liberación del título alude a la entrada de las tropas soviéticas en Budapest durante el invierno de 1945, año en el que Márai escribió el libro, y a la “liberación” de Hungría. Una novela de guerra, paralela en el espacio y el tiempo a los zapatos de hierro del Parlamento. Así que aquellas noches, en el hotel, me trasladaba a una ciudad apresada por la nieve y el fuego cruzado entre las ruinas de las mismas calles y edificios decimonónicos por los que iba a pasear a la mañana siguiente, y más en concreto, en la Plaza Fővám, junto al Szabadság híd, el puente de la Libertad, que comunica el magnífico Mercado Central de Pest -paraíso de los turistas como nosotros- y las Termas Géllert, en la orilla derecha del Danubio, camino a Buda.

Estoy hablando de la primera década del siglo XXI, 20 años después de la caída del Telón de Acero y del regreso de los países del Este a su Europa natal. Hungría acababa de entrar en la Unión Europea y todas las fachadas que daban a las zonas turísticas como el Mercado habían sido ya remozadas, pero bastaba con dar la vuelta a esa misma manzana para retroceder 50 años en el tiempo y recuperar las huellas dolorosas de los combates de 1945 y la miseria soviética. Por eso paseábamos casi siempre por las grandes avenidas afrancesadas y entre bellos edificios fin de siècle, ajenos al resto de la dura realidad que había marcado a la ciudad. Y por eso, nos habíamos dejado llevar a ese inmenso mercado modernista, donde en aquellos años el capitalismo triunfante exhibía sus trofeos de guerra en forma de viejos uniformes del Ejército Rojo que, pese a todo mi escepticismo, daban la desoladora impresión de ser auténticos. Nada más incoherente que esa venta al por menor de las ruinas del socialismo real en el mismo marco urbano de la novela de Márai que presentaba, en sus últimas páginas, al primero de esos soldados soviéticos “liberadores”.

Pero de nuevo allí, en esa misma plaza, justo enfrente del Mercado, cuando ya nos habíamos hecho incluso con la previsible botella de Tokaji de 5 puttonyos, volví a toparme de frente con mi infancia: paralela al Danubio en la orilla de Pest, la calle Molnár desemboca justo en los jardines Fővám viniendo desde el puente Erzsébet, esa extraña palabra húngara que significa Isabel, y se refiere a Sisí. Suelo considerar estas coincidencias indicaciones precisas: no podía irme de Budapest sin visitar la calle Pál, por mucho que me arriesgara a un desengaño. Y el caso es que precisamente desde allí no estaba demasiado lejos: río abajo, el siguiente puente sobre el Danubio, dedicado a Petőfi -más evocaciones literarias-, da paso a la avenida de Francisco José, por la que en apenas 10 minutos estaba en mi destino, tan gris, anodino y prescindible, por cierto, como me temía. Sin embargo, a muy pocos metros, en un emplazamiento mucho más distinguido y bien señalizado con las correspondientes indicaciones turísticas, di con lo que de ningún modo me esperaba, un original conjunto escultórico dedicado a mi novela. Allí estaban, en mitad de la acera, recién salidos de clase y jugando a las canicas, Richter, Weisz y Nemecsek, mientras los dos Pázstor los contemplan con desprecio. Es cierto que aquella referencia al capítulo 1 de la obra nada tenía que ver con mis recuerdos: las peleas en la serrería, la lucha a lanzadas por la bandera, el pequeño Nemeczek jugándose la vida contra los enemigos… Pero al menos allí estaban ellos, los muchachos de la calle Pál, congelados en bronce para siempre, rindiendo homenaje a sus lectores, y entre ellos a mí, al niño que fui en sus páginas.

Al día siguiente regresábamos a casa. Solo quien haya tenido que volar en aquellos años posteriores al atentado de las Torres Gemelas recordará todo lo dictatoriales, histéricos y arbitrarios que pudieron llegar a ser los controles en los aeropuertos. Cuando íbamos a facturar, la espada de Szent István no cabía en ninguna de nuestras maletas. Y allí estaba mi buen Rafa, en un aeropuerto blindado por la policía, feliz e inconsciente blandiendo su recuerdo de Hungría. Pasamos el primer control; solo el primero. En el segundo, un policía subnormal, votante ya, sin duda, de Fidesz, se la requisó. Desconozco el inglés casi tanto como el húngaro pero no era difícil entender que no iba a dejarle subir al avión con un “arma” peligrosa. Intentamos hacerle ver que no era una espada de verdad, que era de madera, que carecía de filo, que ese juguete lo vendían en todas las tiendas de recuerdos… No hubo manera: la espada de San Esteban podía convertir aquel vuelo a Zaragoza en una hecatombe. Mirándonos desde su infancia, Rafa, incrédulo y angustiado pero sin derramar ni una sola lágrima, vio cómo su mandoble de madera se quedaba en el aeropuerto junto a otros objetos igualmente peligrosos para la navegación aérea. Los húngaros se tienen bien merecido a Orbán. [E. G.]