1911: MAURICE MAETERLINCK - EL PÁJARO AZUL

 

    I: MAURICE MAETERLINCK

 

    Maurice Maeterlinck nació en 1862 en la ciudad belga de Gante en una familia burguesa, conservadora y francófona. Se formó en el colegio de los jesuitas y luego estudió Derecho pero durante una estancia en París, algunos poetas famosos como Villiers de l’Isle-Adam le animarán a dedicarse a la literatura. Por entonces Maeterlinck descubrirá el idealismo alemán, sobre todo a Schopenhauer, y a un místico flamenco del siglo XIV, Ruysbroeck, cuyos escritos traduce. En su primera obra, Serres Chaudes (Invernaderos), de 1889, el joven poeta busca hacer de la sugestión, a la manera de Mallarmé, un acto de creación puro, liberándose de la rima y de las convenciones. Pero serán los ocho dramas simbolistas que publica entre 1889 y 1896 las que van a sustentar su fama. En 1890, triunfa de repente con La Princesse Maleine, a la que siguen otras piezas similares caracterizadas por el fatalismo, el misticismo, la alegoría y el rechazo del Naturalismo, como La intrusa (1890), Los ciegos (1890) y, sobre todo, Pelléas y Mélisande, de 1892.

    Maurice Meterlinck está entre los grandes dramaturgos como Ibsen, Strindberg, Chéjov o Hauptmann que hacia 1880 contribuyeron a transformar la concepción del drama europeo. Las piezas que sube al escenario en la década de 1890 configuran un “teatro del alma”, como soñaba el Simbolismo. En esta forma nueva, tres conceptos deben tenerse en cuenta: el drama estático (personajes inmóviles, pasivos y receptivos a lo desconocido), el personaje sublime (asediado por la muerte y la fatalidad), y la tragedia cotidiana. La acción debe sugerir las actitudes del alma frente al destino. En este sentido Peleas et Melisenda es una de las cimas del Simbolismo, una obra de teatro que fue, además, una gran fuente de inspiración para los compositores de su tiempo, ya sea la música incidental de Fauré de 1898 y de Sibelius en 1905, la ópera de Debussy de 1902 o el poema sinfónico de Schönberg de 1903. Sin embargo, su mayor éxito fue El pájaro azul, de 1908, escrito para el Teatro de Arte de Moscú de Stanislavski, pieza que le dio a una inmensa fama internacional.

    Por lo que a la vida personal respecta, en 1895 Maeterlinck conoce a la soprano Georgette Leblanc, en cuyo salón se relaciona entre otros con Oscar Wilde, Camille Saint-Saëns, Anatole France o Auguste Rodin. Pese a que ella está casada viven juntos hasta 1918 y para ella escribe varias de sus obras como Aglavaine y Sélisette, pieza con la que comienza a crear personajes, sobre todo femeninos, con un mayor control sobre su destino. Sin embargo, el dramaturgo se casa finalmente, en 1919 con Renée Dahon, otra joven actriz a la que había conocido en 1911 representando El pájaro azul. Ese año, 1911, recibe el Premio Nobel, lo cual contrasta con el hecho de que muy poco después, en 1914, sus obras completas fueran incluidas en el Index de libros prohibidos de la Iglesia Católica.

    Entre tanto, tras quince años de grandes éxitos comienza para Maeterlinck una etapa de neurastenia, depresiones y bloqueo de la que ya no se recuperará por completo; de hecho, en otras obras famosas posteriores como María Magdalena o La vida de las hormigas, no hará sino repetir los modelos que le habían hecho famoso. Primero se retira a una abadía benedictina de Normandía, donde escribirá La inteligencia de las flores (1906), un ensayo simbólico-naturalista en la línea de otro que ya había publicado en 1901, La vida de las abejas. En ellos pretende el descubrimiento filosófico del mundo vegetal y de los insectos sociales.

    A pesar de que a partir de 1915 no escribe prácticamente nada nuevo e incluso es acusado de plagio por su Vida de las termitas, fue tal su éxito como escritor en esa época que le permitió comprar en 1930 Orlamonde, una inmensa residencia construida en el cabo de Niza, donde vivió con su esposa hasta 1939. Ese año el matrimonio marcha a los Estados Unidos por temor a los alemanes y tras su regreso en 1947, Maeterlinck muere en Orlamonde en 1949 de un fallo cardiaco.

 

 

II: EL PÁJARO AZUL

 

    Se describe El pájaro azul como una “féerie”. Es, por supuesto, un “cuento de hadas” pero el adjetivo francés remite además a una voluntad de tono infantiloide, de creación leve y juguetona, de irrelevancia. Hoy pensaríamos en la última superproducción de Disney o en un simpático videojuego de fontaneros y princesas. Sin embargo, El pájaro azul fue escrito por un dramaturgo de éxito para su representación en 1908 en el Teatro del Arte de Moscú, donde se habían estrenado todos los grandes dramas de Chéjov, y bajo la dirección, como ellos, del propio Stanislavski. Maeterlinck la compuso cuando se hallaba en la cima de su carrera como escritor y la pieza fue un éxito desde sus inicios, con una première francesa en 1911, múltiples adaptaciones cinematográficas desde 1910 y una versión operística en 1919. Éxito, por último, que dio el impulso definitivo a la Academia Sueca para que concediera a su autor el Premio Nobel de 1911. Por cierto, estamos hablando de una pieza teatral contemporánea de Les demoiselles d’Avignon de Picasso, dato que muestra hasta qué punto el mundo cultural de hace 100 años era radicalmente diferente del actual, antes de que la I Guerra Mundial abriera paso a lo que todavía somos.

    Por eso hoy resulta difícil tomarse El pájaro azul en serio. Todo hace pensar que se trata de una broma, como si alguien nos propusiera escribir un ensayo filosófico sobre la vida social de las abejas. Parece inconcebible que un autor se juegue su prestigio poniendo en escena a más de setenta personajes, repartidos en diez escenarios distintos para contar el sueño de unos niños. En todo caso, solo como charada aceptaríamos que los nombres de los protagonistas sea Tyltyl y Mytyl, hijos del Padre Tyl y de la Madre Tyl, acompañados de Tylo, el perro, y Tylita, la gata, y que entre el resto de los personajes se encuentre una hogaza de pan, un cono de azúcar, los Groseros Goces, la Dicha de las horas de sol o la Alegría de pensar…

    La lectura de El pájaro azul nos obliga a reflexionar, ante todo, sobre el profundo y radical tajo abierto en la cultura europea por la I Guerra Mundial y las Vanguardias. No se trata solo de esta obra o de los planteamientos estéticos propios de Maeterlinck o del Simbolismo. Se trata, sobre todo, del terrible hiato que separa la ingenuidad y bonhomía con la que el espectador pudo recibir una obra así hacia 1910, solo unos años antes de que el mundo que conocía se viniera abajo, y la profunda desconfianza con que nos acercamos hoy a ellas después de atravesar el siglo XX. De hecho, un rápido repaso a los escritores que recibieron el Nobel en las dos primeras décadas del siglo pasado nos retrae a una época tal vez incluso más lejana para nosotros que la Edad Media. ¿En qué estaban pensando estos hombres de gris con grandes bigotes que juegan a engatusarnos con vulgares ideas naïf más propias de chavales despreocupados? ¿No eran capaces de ver, ni siquiera de intuir la ruina que les amenazaba, el desastre hacia el que se dirigían? ¿Creían de buena fe que este tipo de arte, bienintencionado y bonachón, elegante e ingenuo, iba a salvar la sociedad en la que vivían y que contribuía a su progreso?

    Desde luego en nuestro juicio de hoy jugamos con ventaja. Nosotros sabemos que Tyltyl está condenado a morir solo seis años después en una trinchera del Marne, que a Mytyl la violarán los soldados soviéticos en Curlandia, y que los enamorados que se separan el día de su nacimiento solo volverán a encontrarse en Bergen-Belsen. Somos nosotros, con nuestra dura mirada cínica los que corrompemos el delicado velo poético de esta féerie que tanto elogios ganó para su autor. ¡Quién sabe! Tal vez sería mejor que pudiésemos acercarnos a esta obra con los ojos de un niño que ve por vez primera una película de dibujos animados. Podríamos disfrutar como él con los trucos de cineasta principiante que convierten un haz de luz en un Hada bellísima o devuelve la alegría de vivir a una niña caprichosa. Pero temo que somos demasiado viejos para esto y estamos demasiado acostumbrados a que siempre se nos vendan sueños preñados de pesadillas. [E. G.]