LAS TRADUCCIONES DE LA BIBLIA EN EUROPA ( I )

 

    Durante más de 3.000 años la Biblia, el conjunto de libros diversos que la componen, ha sido considerada por judíos y cristianos un libro escrito por Dios. No inspirado, sugerido o bendecido por Dios, sino realmente escrito por Él. No se supone que fuera Yavhé quien trazara las letras pero sí que los hombres que las trazaban lo hacían a su dictado, como es el Primer Ministro quien escribe la carta y no su secretario, aunque sea este quien la redacte. Por otra parte, la Torá, y en su conjunto toda la Biblia judía, fue escrita en hebreo y hebrea era, pues, la Palabra de Dios. Y en la Biblia las palabras, esas palabras hebreas en concreto, no son simbólicas o aleatorias, pues con ellas, exactamente con esas palabras, creó Dios el mundo y al propio Hombre.

    Este punto de partida planteó ya en la Antigüedad un problema filológico relevante: el valor, el propio sentido, de la traducción de estos textos sagrados. Si la lengua de Dios es el hebreo, ¿cómo sustituir esas palabras divinas por las de otra lengua que, por definición, carece de ese exclusivo privilegio? La leyenda que rodea a la versión griega de los Septuaginta ilustra bien este problema, en cierto modo “técnico”.

    La Biblia de los Septuaginta (de los 70) es una traducción de los originales hebreos de la Biblia a una modalidad unificada del griego clásico llamada Koiné. Hacia el siglo II a.C., durante el periodo helenístico, el judaísmo se extendió por todo el oriente mediterráneo, en el que el griego era la lengua de cultura. Muchas e importantes familias judías llevaban generaciones viviendo en centros intelectuales de tanta relevancia como la Alejandría de los Ptolomeos, donde el hebreo era una lengua exótica, y allí el acceso a los textos sagrados del judaísmo llegó a hacerse difícil sin una traducción. De este modo, en el entorno de Ptolomeo II Filadelfo, 72 sabios judíos -Septuaginta es un redondeo- enviados por el Sumo Sacerdote de Jerusalén tradujeron, cada uno por separado, la Biblia al griego. Pero, ¿cómo saber qué traducción de ellas era la correcta, si es que podía serlo alguna? El propio Yavhé intervino: las setenta y dos versiones eran idénticas. Ese y no otro era el único texto posible en griego.

    Quinientos años después el problema volvería a repetirse, esta vez con la lengua de cultura propia de la cuenca occidental del Mediterráneo, el latín. A principios del siglo IV d.C. el Cristianismo se había convertido en la religión oficial del Imperio, de modo que el acceso a la Biblia cristiana se convirtió en una necesidad también para los hablantes latinos, para los que, aunque había traducciones de los siglos II y III (conocidas hoy como Vetus Latina), ninguna contaba con el prestigio de los textos hebreo y griego, ambos auténtica Palabra de Dios. Esta laguna fue rellenada por la traducción de San Jerónimo, primera versión latina equiparable en este sentido a las otras dos.

    Jerónimo de Estridón sigue siendo hoy uno de los santos más prestigiosos de la Iglesia Católica. En vida fue considerado el mayor especialista en exégesis bíblica de su tiempo y dedicó buena parte de su madurez, a finales del siglo IV, a traducir al latín los originales hebreos y griegos del Viejo y el Nuevo Testamento por encargo directo del papa Dámaso I. En consecuencia, se le incluiría entre los cuatro Padres de la Iglesia de Occidente y también habría de recibir el título de Doctor de la Iglesia en la Edad Media. Nos encontramos, en este caso, ante la inmensa tarea de un auténtico profesional de la filología, que empeña todo su saber lingüístico para poner al alcance de sus contemporáneos una versión fiable en lengua latina de los textos sagrados de su religión. Sin embargo, debido a la trascendencia de su trabajo, el traductor es convertido a la larga en un ser excepcional, bendecido por la gracia de Dios, garante último del acierto de su propuesta. De este modo, más de 1.000 años después, en pleno Concilio de Trento, en 1546, la Iglesia Católica todavía dictaminaba que la “vieille édition de la Vulgate, approuvée dans l'Eglise même par un long usage de tant de siècles, doit être tenue pour authentique dans les leçons publiques, les discussions, les prédications et les explications, et que personne n'ait l'audace ou la présomption de la rejeter sous quelque prétexte que ce soit”.

    Redactada a finales del siglo IV, esta traducción latina de San Jerónimo va a ser la base lingüística del Cristianismo europeo. Solo Bizancio y, como veremos, los ámbitos culturales más dependientes de Constantinopla y de la lengua griega, mantendrán vigente el texto de los Septuaginta. Y por su parte, solo los judíos de la Diáspora, lejos ya de Jerusalén, seguirán leyendo los originales rollos hebreos.

    Sin embargo, antes de que cayera el Imperio de Occidente y se empezara a forjar la futura Europa, esa misma generalización del Cristianismo como religión oficial había favorecido desde muy pronto la traducción de la Biblia a otras lenguas. Así, por ejemplo, en el Valle del Nilo ya existían desde los siglos II y III varias versiones de la Biblia griega en los diversos dialectos coptos, y ese mismo texto griego fue el que utilizaron san Mesrob Mashtóts y sus discípulos para traducirla al armenio a principios del siglo V.

    Más cerca de nosotros, en el continente europeo, hallamos también una traducción de corta trayectoria pero muy relevante a nuestro propósito: la versión del griego al gótico llevada a cabo a orillas del Danubio por el obispo Ulfilas a mediados del siglo IV. Estamos ante la traducción inaugural del texto sagrado del Cristianismo a una lengua “bárbara”. Por vez primera se tiene en cuenta la necesidad de hacer llegar la palabra de Dios a esos pueblos hasta entonces exteriores al Imperio pero que estaban destinados a dar contenido a Europa. Esa traducción germánica, de la que hoy queda un único testimonio, primeriza y de escasa trascendencia histórica, da idea, sin embargo, de lo que estaba por venir, sobre todo por un rasgo que no debemos pasar por alto: el obispo Ulfilas no estaba, como Moises, escribiendo al dictado de Dios, ni, como los sabios judíos de Ptolomeo, siendo protagonista de una acrobacia lingüística, ni era tampoco, como San Jerónimo, cardenal de Belén, enviado del Papa, Padre y Doctor de la Iglesia. Su Biblia gótica no era un milagro; solo, una traducción.