COÑAC Y ROSAS PARA EDGAR ALLAN POE

 
De Elsa Larragay y Daniel Canudo, alumnos de 4.º AB.            
 

Después de seis años durante lo cuales sobre la tumba de Edgar Allan Poe en el cementerio de Baltimore (Maryland) se echaron en falta tres rosas y una botella amediada de coñac Hennessy, en 2016 volv a restaurarse esta tradición de décadas ligada a uno más de los muchos misterios que han envuelto la muerte de Poe desde aquel lejano siete de octubre de 1849 en el que el gran escritor vio por última vez, entre las brumas de su cerebro alcoholizado, la luz de sol.

Edgar Allan Poe fue un periodista, narrador y poeta estadounidense recordado por poemas emblemáticos como El Cuervo o Annabel Lee y relatos detectivescos como Los crímenes de la calle Morgue y El escarabajo de oro. Pero lo que lo hizo inmortal fueron sus cuentos misteriosos y terroríficos como El pozo y el péndulo, Ligeia o La caída de la casa Usher. Por esto, parece lógico que su propia muerte estuviera rodeada de misterio. Poe murió a los cuarenta años, en el otoño de 1849 después de haber sido encontrado en Baltimore, donde ya no vivía, solo, tirado en la calle, delirando y vestido con harapos de segunda mano. En su certificado de muerte consta que murió por una hinchazón de cerebro.

Según quién cuenta la historia de su muerte, se distinguen distintas hipótesis, pues hasta hoy en día sigue sin haber una causa clara. Algunos dicen que sucedió después de que unos rufianes le propinaran una paliza tras haber bebido; otros, que bebió hasta entrar en coma etílico, pese a que su médico sostuvo que Poe llevaba seis meses sin beber ni una sola gota de alcohol. Se ha intentado demostrar que podía haber fallecido por envenenamiento con metales pesados ya que se encontraron en su sangre restos de mercurio, usado en el tratamiento de una epidemia de cólera. Una de las teorías más recientes sostiene que murió a causa de un tumor cerebral, que fue encontrado tras su muerte cuando iba a ser exhumado. Incluso hay quien sostiene la hipótesis de que habría sido asesinado por los hermanos de su prometida o que la causa de la muerte fue la rabia, que pudieron haberle contagiado sus mascotas. Y una última teoría, tan extraña como probable, es que fuera víctima del cooping. Esto era una práctica muy popular en esa época que consistía en secuestrar y emborrachar a determinadas personas para obligarlas a votar varias veces a favor de un mismo partido político, cambiándoles su atuendo para que no se les reconociese. Esta teoría, por descabellada que parezca, encaja con curiosos detalles de la muerte de Poe como que fuera encontrado, en día de elecciones, cerca de un bar que era un lugar de votación.

Sea como fuere, si la causa de su muerte es un misterio, lo es más lo que sucedía, desde los años 30 hasta 2009, cada 19 de enero en su tumba. Esta no es más que una lápida sencilla con un cuervo esculpido, el símbolo que más representa a Poe gracias a su poema “The raven”. Durante setenta años, un hombre ataviado con un largo abrigo y un sombrero negros, una bufanda blanca y un bastón dorado, al que los interesados en el tema han llamado coloquialmente Poe Toaster, algo así como el “El que brinda por Poe”, depositaba tres rosas recién cortadas y una botella de coñac medio llena sobre su tumba la noche de su cumpleaños.

Se cree que las tres rosas están referidas a los tres cuerpos que yacen en la misma tumba: el del Edgar Allan Poe, el de su esposa Virginia y el de su suegra María Clemm. La botella de coñac, en cambio, se puede relacionar con la afición del famoso poeta a la bebida. Además, este personaje también dejaba notas en ocasiones. Algunas eran simplemente mensajes como “Edgar, no te hemos olvidado” o expresiones de admiración, y otras tenían un significado más incierto. Nadie conoce su identidad y la única persona que sabía quién era el hombre misterioso, murió sin revelarlo. Este persona era Alexander Rose, profesor de literatura y presidente de la Poe Society, quien lo único que sugirió en público fue que era posible que el visitante no fuera una sola persona. Esto se pudo comprobar en 1993, cuando el hombre misterioso dejó una nota en la que decía que le pasaría el testigo a su hijo. El cambio de encargado de cumplir con la misión del hombre misterioso original supuso un cambio también en los mensajes que escribía en las notas que dejaba en la tumba, que se relacionaban cada vez menos con el escritor. Esto demostró la falta de interés del hijo, que estaba claro que no se tomaba su tarea tan en serio como lo había hecho su padre.

Se han hecho multitud de conjeturas sobre quién era esta persona, desde un admirador de Poe hasta un miembro de una sociedad secreta que llevaba a cabo un ritual de iniciación, pasando por una simple broma anual o un pariente lejano del escritor. Con el tiempo, el interés popular por este hecho llegó a ser tal que en la década de los ochenta, Jeff Jerome, ex director de la Casa-Museo de Poe en Baltimore, organizó vigilias para acompañar al hombre misterioso y, al mismo tiempo, demostrar que no era él mismo el oferente. En estas, el grupo nunca se acercaba, solamente le observaban desde lejos. Pero todo cambió cuando la revista Life publicó una fotografía en blanco y negro del visitante y la historia de este se hizo muy conocida a nivel mundial por lo que no tardó en duplicarse el número de curiosos. Multitud de personas se aglomeraban en las rejas y el portón del cementerio para verlo llegar, siempre tratándolo con respeto y desde la distancia, sin hablarle y sin ni siquiera tomar fotos de la escena. Más aún, debido a la aparición de impostores, Jeff Jerome, que ya se había convertido en una especie de guardián de esta tradición, acordó una llamada con el visitante para que después de esta, las puertas del cementerio se abrieran y pudiera entrar sin ninguna dificultad.

De todos modos, era cuestión de tiempo que se perdiera la cordialidad y el respeto que se le había tenido al hombre misterioso desde que había aumentado su fama. En el año 2006 algunos visitantes perdieron las formas e intentaron abalanzarse sobre él para descubrir su identidad. Por fortuna esto pudo ser evitado gracias a los vigilantes del cementerio. La última visita tuvo lugar en 2009, años del bicentenario del nacimiento de Poe. Al año siguiente, se esperó que reapareciera pero al no hacerlo, Jerome declaró que ya no iba a volver más. Muchos intentaron imitarlo pero el original sabía cómo entrar en el cementerio cerrado entre las doce y las cinco de la madrugada y tocaba de una forma particular el cenotafio original, algo que no podía ser imitado.

En el año 2016, gracias a la Maryland Historical Society, se seleccionó a un sucesor del enigmático visitante de Baltimore por lo que a partir de ahora la tumba de Poe seguirá recibiendo sus tres rosas y su botella de coñac cada 19 de enero, como homenaje al escritor y recuerdo, también, de este otro enigmático personaje. ELSA LARRAGAY y DANIEL CANUDO. 4.º AB.