LAS 100 MEJORES POESÍAS DE LA LÍRICA EUROPEA

A UN RATÓN de ROBERT BURNS

 

 

"To a Mouse, on Turning Her Up in Her Nest With the Plough, November, 1785"

 

Wee, sleekit, cowrin, tim'rous beastie,

O, what a pannic's in thy breastie!

Thou need na start awa sae hasty,

Wi' bickering brattle!

I wad be laith to rin an' chase thee,

Wi' murd'ring pattle!

 

I'm truly sorry man's dominion,

Has broken nature's social union,

An' justifies that ill opinion,

Which makes thee startle

At me, thy poor, earth-born companion,

An' fellow-mortal!

 

I doubt na, whiles, but thou may thieve;

What then? poor beastie, thou maun live!

A daimen icker in a thrave

'S a sma' request;

I'll get a blessin wi' the lave,

An' never miss't!

 

Thy wee bit housie, too, in ruin!

It's silly wa's the win's are strewin!

An' naething, now, to big a new ane,

O' foggage green!

An' bleak December's winds ensuin,

Baith snell an' keen!

 

Thou saw the fields laid bare an' waste,

An' weary winter comin fast,

An' cozie here, beneath the blast,

Thou thought to dwell-

Till crash! the cruel coulter past

Out thro' thy cell.

 

Thy wee bit heap o' leaves an' stibble,

Has cost thee mony a weary nibble!

Now thou's turn'd out, for a' thy trouble,

But house or hald,

To thole the winter's sleety dribble,

An' cranreuch cauld!

 

But, Mousie, thou art no thy-lane,

In proving foresight may be vain;

The best-laid schemes o' mice an' men

Gang aft agley,

An' lea'e us nought but grief an' pain,

For promis'd joy!

 

Still thou art blest, compar'd wi' me

The present only toucheth thee:

But, Och! I backward cast my e'e.

On prospects drear!

An' forward, tho' I canna see,

I guess an' fear!

 

 

 

A un ratón, al deshacerle el nido con el arado - noviembre, 1785

 

 

Tierno animal, inerme y despavorido

¡cuan gran susto en exiguo ser metido!

No es menester que huyas tan aturdido

con carrera alocada.

¡No pienso perseguirte enfurecido

con letal aguijada!

 

 

 

 

Siento que el poder del hombre, fatal,

haya roto el vínculo natural,

haciendo que me culpes de tu mal,

y mires con recelo

a un compañero ¡como tú mortal

e hijo de un mismo cielo!

 

 

 

Sin duda, alguna vez sueles robar,

¡acaso el sustento no has de buscar!

Y una mísera espiga entre un millar

¡poco pedir sería!

El resto bien me podría bastar:

¡cuentas no pediría!

 

 

 

 

¡Tu frágil casa, rota en un momento,

sus paredes dispersadas por el viento!

Para otra ya no hay nada, y ya siento

¡cercanos y dañinos!

de diciembre los crueles elementos

¡cortantes, asesinos!

 

 

 

Viendo que el campo quedaba desnudo,

que veloz llegaba el invierno crudo,

pensaste al abrigo del viento rudo,

fijar tu habitación;

mas ¡zas! el cruel arado agudo

trajo esta aflicción.

 

 

 

 

¡Las hojas y el rastrojo amontonado

laboriosos mordisqueos te han costado!

y pese a tus esfuerzos te has quedado

sin casa ni morada,

¡en el aguanieve del invierno bañado

bajo la escarcha helada!

 

 

 

Uno más eres de los desdichados

que ven todos sus planes anulados:

del hombre y del ratón quedan truncados,

los proyectos mejores,

¡y en vez de los éxitos anhelados,

nos quedan sinsabores!

 

 

 

 

Mas ¡bien estás comparado conmigo!

Es el presente tu único enemigo:

pero ¡ay! ¡yo miro hacia atrás y veo, amigo,

un sombrío camino!

Y, si miro adelante a oscuras sigo,

porque miedo me da cuanto adivino.

 

Trad. de B. Hughes y F. Javier Torres Ribelles

 

 

 

    II: COMENTARIO – No es fácil dar con poemas en nuestra literatura, como este, en los que el autor trate con mera naturalidad a los animales. Entra dentro de lo habitual, sí, presentar a la voz poética en medio de una naturaleza artificiosa, como en la lírica pastoril renacentista, transferir las pasiones humanas a determinados animales que se convierten así en símbolos poéticos de la sensibilidad del autor, o hacerlos partícipes de características humanas preestablecidas de una forma igualmente antinatural, como en la  fábulas . El perro será un compañero del pastor en sus amores, la representación de la fidelidad humana o la imagen del hombre que se deja engañar por las apariencias, pero nunca ese viejo animal moribundo al que hemos criado desde cachorro en nuestra casa. La Naturaleza real, los seres que en verdad han convivido con nosotros a lo largo de los tiempos, pocas veces han hallado un hueco en las páginas de nuestros escritores. Este poema del escocés Robert Burns es una magnífica excepción a esa regla.

    El poema To a mouse apareció en su primer libro, Poems, Chiefly in the Scottish Dialect, de 1786. Casi toda la existencia del autor había transcurrido, justo hasta ese año, atendiendo las faenas del campo, trabajando la tierra y conviviendo con los animales que desde el Neolítico nos han acompañado a lo largo de nuestra ya larga Historia. Compartió, pues, con ellos, como todos los agricultores europeos durante siglos, las necesidades de la labranza y el esfuerzo por la supervivencia en un medio siempre hostil, no solo para el hombre. Su acercamiento a la Naturaleza en este poema responde, por lo tanto, a una realidad biográfica, no a un eco artístico o literario. Para Burns el ratón no es otra cosa que un ratón. No es un ratón de campo que represente la libertad del terruño frente a las urgencias de la gran ciudad; no es tampoco una figuración tópica del poder de lo pequeño, que no debe ser despreciado, o una sucia imagen del Mal, heredada de la Edad Media. En el poema de Burns, el ratón es un animalillo real, diminuto y desvalido, destinado a compartir sus miserias con el hombre.

    Pese a esa identificación, un animal no es igual a un hombre. Los últimos versos insisten en ello: el ratón vive en un presente que limita su angustia. Solo ha de inquietarle la supervivencia en ese instante; puede concentrar toda su existencia en el presente porque, como ser irracional, nada más hay para él. El poeta, en cambio, en tanto que ser humano, extiende su pensamiento, sus inquietudes y sus anhelos tanto hacia el pasado como hacia el futuro, ambos oscuros. No vive solo en el presente, para su desgracia, y la negra carga de la existencia se prolonga para él a lo largo del tiempo de forma inevitable. En ese sentido la condición humana resulta ser más lamentable que la del propio animal.

    Pero el poema de Burns quiere ser leído como un canto de esperanza. Al fin y al cabo, hay una relación entre el ratón y el poeta equivalente a la que puede establecerse entre este y su dios. Ambos se hallan desvalidos frente al poder de su señor y a ambos se les debe la misma compasión y respeto. La debilidad del pequeño roedor es la debilidad del propio ser humano. La ternura que el poeta siente por él, por su desvalimiento, es la que él mismo espera recibir de su Creador. Los versos de Burns no son una mera confesión de la amarga existencia del ser humano, pese a la dura reflexión final, porque todo el poema es una muestra de delicadeza y de dignidad humanas. Más aún, la benignidad con la que el agricultor se acerca al animal, su comprensión, su ternura, no son atributos propios de los animales. No insiste en ello el poeta pero nosotros, los lectores, nos sentimos honrados de pertenecer a la misma especie que el autor de estos versos. La condena de estar encadenados al tiempo y la ampliación del sufrimiento que ello conlleva parece poco castigo por tener también el privilegio de compartir los nobles sentimientos que muestra el poeta, virtudes humanas, que, sin duda, nos acercan a nuestros dioses.

    Estos versos dieciochescos, con su sencillez, su pureza y su claridad, mucho más relevantes que la supuesta tosquedad del dialecto escocés en que fueron compuestos, son una manifestación del Bien, de la Verdad y de la Razón, tan caros a los hombres de aquel tiempo, que otorga al ser humano su justa medida y lo coloca en su justo punto intermedio en la jerarquía de la Creación. Robert Burns, este agricultor escocés que detiene la reja de su arado para lamentarse por la madriguera destrozada, es obvio que no sabrá sacarle toda la productividad posible a los 130 acres de su granja de Lochlea, pero nos regala, a cambio, una muestra de humanidad como pocas ocasiones hemos podido hallar en la literatura europea. [E. G.]