LAS 100 MEJORES POESÍAS DE LA LÍRICA EUROPEA

 EL ALBATROS de CHARLES BAUDELAIRE

 

        I: TEXTO - Charles Baudelaire: Obra poética completa, Akal, 2003.

 

                    L'Albatros

 

Souvent, pour s'amuser, les hommes d'équipage

Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,

Qui suivent, indolents compagnons de voyage,

Le navire glissant sur les gouffres amers.

 

À peine les ont-ils déposés sur les planches,

Que ces rois de l'azur, maladroits et honteux,

Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches

Comme des avirons traîner à côté d'eux.

 

Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!

Lui, naguère si beau, qu'il est comique et laid!

L'un agace son bec avec un brûle-gueule,

L'autre mime, en boitant, l'infirme qui volait!

 

Le Poète est semblable au prince des nuées

Qui hante la tempête et se rit de l'archer;

Exilé sur le sol au milieu des huées,

Ses ailes de géant l'empêchent de marcher.

 

 

CHARLES BAUDELAIRE – EL ALBATROS

 

A menudo, por divertirse, los hombres de la tripulación

cogen albatros, grandes pájaros de los mares,

que siguen, como indolentes compañeros de viaje,

al navío que se desliza por los abismos amargos.

 

Apenas les han colocado en las planchas de cubierta,

estos reyes del cielo torpes y vergonzosos,

dejan lastimosamente sus grandes alas blancas

colgando como remos en sus costados.

 

¡Qué torpe y débil es este alado viajero!

Hace poco tan bello, ¡qué cómico y qué feo!

Uno le provoca dándole con una pipa en el pico,

otro imita, cojeando, al abatido que volaba.

 

El Poeta es semejante al príncipe de las nubes

que frecuenta la tempestad y se ríe del arquero;

desterrado en el suelo en medio de los abucheos,

sus alas de gigante le impiden caminar.

Trad.: Enrique López Castellón

 

    COMENTARIO: El poeta francés Charles Baudelaire llegó a conocer, sin duda, personalmente la existencia de grandes albatros en su medio natural del Atlántico Sur durante su confuso viaje a la India de 1841, frustrado trayecto con el que un consejo de familia decidió dar por concluida su caótica etapa formativa. Allí en alta mar, camino de Mauricio y Reunión, a bordo del Alcide acaso tuviera ocasión de ver a los marineros -”les hommes d’équipage”- divertirse a costa de alguno de estos inmensos pájaros, tan extraños sin embargo en nuestros mares, que alcanzan con facilidad los tres metros de envergadura, la mayor de todas las aves voladoras.

    De vuelta en Francia y ya en las páginas de Les fleurs du mal, el albatros pasa a convertirse en símbolo del propio poeta y aparece al principio del libro como una de las imágenes que abren, con su explícita simbología, el poemario. Como el albatros, Baudelaire se sabe grande, el más grande, acaso, de forma paralela a la grandeza del pájaro. El joven Charles Baudelaire, de 21 años durante ese viaje, es consciente ya del amplio vuelo de su creación lírica; se sabe equiparable a cualquiera de sus colegas poetas, superior a ellos incluso. Siente en lo más íntimo de su ser cómo se mueve a sus anchas en el mundo ideal de la creación artística, por encima del resto de los mortales, alejado de sus quehaceres rastreros, de sus miserias. Pero también, es trágicamente consciente de sus propias y profundas limitaciones para la vida práctica, para vivir en el mundo real al que por fuerza se ha de descender en algún momento de la vida. Incluso el albatros, que puede pasar casi toda su vida en el aire, toca a veces, para su desgracia, la cubierta de un barco. ¡Cuánto más un mero artista como él mismo, como el propio Baudelaire, que necesita el dinero de su familia para mantener su vida de bohemia y creación! !Que se ve obligado a negociar con su odiado padrastro, incluso con su propia madre, los medios que le han de permitir seguir viviendo en sus nubes, en los frágiles palacios de su adorada poesía! Y además está el resto, la plebe, esa zafia marea humana que nada sabe del arte, esos burgueses engreídos a los que desprecia tanto como envidia su dinero, negados para la literatura, que todo lo que tocan lo convierten en vulgaridad, que se ríen de su pasión por la belleza, por el ideal poético, por la creación pura.

    De acuerdo con el profundo orgullo literario de donde nacen, los versos de Baudelaire resultan magníficos. El ritmo elevado y clásico del alejandrino más puro -”Que ces rois de l'azur, maladroits et honteux”-, pertenece a la mejor poesía francesa. Las palabras más cultas y más elegantes de su francés literario se engarzan en ese ritmo como piedras preciosas en la tiara de una reina. La estructura del texto, por último, que despliega en tres cuartetos la imagen de la gran ave marina para condensar en la ultima estrofa su paralelismo simbólico con el poeta es, al mismo tiempo, elemental y precisa. Pero es esa imagen poética del gran creador como un albatros, de su grandeza ideal y de su miseria terrena, lo que ilumina el poema.

    No es solo la evocación precisa de un poeta maldito -él mismo-, que aprovecha con acierto una mínima circunstancia vital para alzarse como metáfora de toda una generación y devuna época. En cierto modo, estamos todavía ante la desazón del héroe romántico, consciente de su grandeza y de su exclusión del mundo. En el ámbito de la historia de la literatura europea, “El albatros “de Charles Baudelaire representa de forma precisa la estrecha relación entre determinadas características esenciales del Romanticismo de la primera mitad del siglo XIX y su continuación en la poesía simbolista de la que Baudelaire será al mismo tiempo un precursor y un maestro.

    Pero la de “El albatros” es una imagen aún mucho más potente: el grandioso pájaro nos habla de una soledad que en realidad nos acompaña a todos, evoca un eco romántico de recorrido universal. Todos hemos sentido alguna vez en nuestro interior esas alas inmensas que se desplegaban; todos hemos creído alguna vez que era nuestro destino volar en lo más alto. Y todos, tantas veces, como ángeles cansados de alas demasiados grandes, nos hemos visto obligados a arrastrarlas sin más por esta cochiquera, rogando a los dioses del cielo que nos dejen amputárnolas para seguir viviendo. [E. G.]