LAS 100 MEJORES POESÍAS DE LA LÍRICA EUROPEA

A SU ESPOSO - VITTORIA COLONNA

 

        I: TEXTO - Vittoria Colonna: Rime, Bergamo, 1760, p. 40.

 

        SONETTO LXXIX

 

   Qui fece il mio bel Sole a noi ritorno

Di Regie spoglie carco, e ricche prede:

Ahi con quanto dolor l’ occhio rivede

Quei lochi, ov’ ei mi fea già chiaro il giorno!

 

   Di mille glorie allor cinto d’ intorno,

E d’ onor vero alla più altiera Sede,

Facean dell’ opre udite intera fede

L’ ardito volto, il parlar saggio adorno.

 

   Vinto da’ prieghi miei poi mi mostrava

Le belle cicatrici, e ’l tempo, e ’l modo

Delle vittorie sue tante, e sì chiare.

 

   Quanta pena or mi dà, gioja mi dava,

E in questo, e in quel pensier piangendo godo

Tra poche dolci, e assai lagrime amare.

 

        SONETO LXXIX

 

De mi sol claro, con la muerte ciego,

aquí miro doquier las dulces huellas;

ciego no; más allá de las estrellas

arde con luz más clara y vivo fuego.

 

   Aquí vencido de mi amante ruego,

él me mostró sus cicatrices bellas,

y yo mis labios estampaba en ellas,

y las bañaba de mi llanto el riego.

 

   Sus brillantes victorias me contaba

y el modo y la ocasión con la serena

faz con que abría la contienda brava;

 

   de llanto rompo en dolorosa vena,

pues lo mismo que un tiempo me alegraba

me causa ahora inconsolable pena.

 

Trad.: Clemente Althaus.

 

        II: COMENTARIO - Hay un lugar común en la lírica amorosa del Renacimiento que vincula la felicidad del tiempo pasado con la tristeza que la pérdida de esa felicidad arrastra hasta el presente. Son las “dulces prendas” del amor perdido que recuerda Garcilaso en su soneto X, tan herederas de las “dulces exuviae” que aparecen en relato de los amores de Dido y Eneas en Virgilio. La idea de que los recuerdos de una pasada felicidad forman parte esencial de la tristeza del presente es, por lo tanto, un lugar común de la lírica del Renacimiento en tanto que heredera del inmenso caudal de la literatura grecorromana, y su utilización por parte de Vittoria Colonna en este poema, un ejemplo magnífico de la forma en que el poeta renacentista reelabora y amplía materiales bien conocidos.

    En este caso, partimos de una obviedad específica: Vittoria es una mujer. Resulta difícil encontrar otra como ella en la inmensa marea europea de hombres de letras; Louise Labé, en Lyon, en todo caso, aunque sin la profundidad intelectual de la poetisa romana. Y junto con la voz femenina, inusual en sí misma, el amor marital sobre el que trata el poema. Estamos acostumbrados, desde la lírica provenzal, a que el poeta cante a su amada, no a que se case con ella. Más aún, grandes representantes de la lírica amorosa como Dante, Garcilaso, Ronsard o Camôes dedican sus poemas de amor a mujeres a las que acaso amaron pero con las que, desde luego, no contrajeron matrimonio. Da la impresión de que en la Europa del Renacimiento amor petrarquista y relación conyugal sean términos excluyentes.

    Vittoria Colonna, de forma excepcional en la lírica de su tiempo y en su propia lírica, que no suele tratar el tema del amor humano, dedica este poema a su marido, al recuerdo penoso de un amor tiempo ha inexistente pero capaz todavía, con su antigua luz, de ensombrecer el presente. Viuda ya, Vittoria recuerda al hombre al que amó en su juventud y con el que estuvo casada durante casi dos décadas. Conocemos bien su historia: El Marqués del Pescara, Fernando de Ávalos, huérfano desde su primer año de vida, fue prometido cuando tenía seis con Vittoria Colonna, de cinco, hija de Fabrizio Colonna, de la poderosa familia romana de los Colonna y uno de los condottieros más influyentes de la Italia de su tiempo. Su matrimonio tuvo lugar en el Castello Aragonese de Ischia, posesión de los Ávalos, en 1509.

    No tuvieron hijos; por el contrario, la vida conjunta de la pareja se vio permanentemente afectada por la profunda implicación del Marqués en las guerras de la época. Apresado por los franceses en Rávena en 1512, se conserva la apasionada correspondencia mantenida por los esposos durante su encarcelamiento. Tras su liberación y durante una década, una paz precaria permitiría la convivencia del matrimonio hasta la nueva invasión francesa de 1522, durante la cual Fernando de Ávalos se pone al mando de las tropas imperiales logrando las victorias de Bicocca y, sobre todo, de Pavía. Pocos meses después muere en el asedio de Milán, al parecer de tifus.

    La vida de Vittoria cambia por completo. De vuelta a su Roma natal, va a ir abandonando sus vínculos con el mundo cortesano en el que se había criado para profundizar en aspectos mucho más espirituales y religiosos de su existencia. Por ello, con el tiempo establecerá profundas relaciones con grandes artistas como Pietro Bembo, Baltasar de Castiglione o Miguel Ángel Buonarroti y protegerá a intelectuales renovadores de la importancia de Juan de Valdés o Bernardino Ochino.

    Su vida transcurrirá desde la muerte de su esposo, cuando ella tenía 35 años, hasta 1547, fecha de su muerte, alejada de la vida mundana para la que había nacido y que había compartido con su marido en Ischia. ¿Cuántas veces, sin embargo, volverían a su mente estos recuerdos de la felicidad conyugal vivida durante los diez años que mediaron entre las batallas de Rávena y Bicocca? Sus recuerdos, sin embargo, no son los besos, los abrazos o caricias de su esposo, como podríamos esperar, acaso. Lo que Vittoria recuerda son las heridas que él le mostraba a petición suya y el eco del orgullo con que le hablaba de ellas. Resulta especialmente atractiva esta intimidad revelada en los versos por la escritora. No hay aquí retórica sentimental ni ecos literarios. Sentimos perfectamente la corriente de cariño de la joven reciéncasada prendida de su guerrero, que expone su vida al fuego enemigo y regresa al hogar habiendo cumplido con su esforzado quehacer de noble en combate.

    Francisco de Ávalos está muerto; su esposa, la delicada Vittoria Colonna, tiene su mente y su espíritu entregados a la salvación de su alma, a la renovación de la Iglesia, incluso. Las noches del invierno son, sin embargo, largas y oscuras en el palacio de los Colonna. Y es hermoso y reconfortante, por más que no se puedan evitar las “ lagrime amare” del recuerdo, sentir, aunque como en un sueño, “l'ardito volto, il parlar saggio” del hombre que un día amaste, que vuelve a estar junto a ti de nuevo, y te consuela de seguir viva. [E. G.]