EL LIBRO DE VIAJES DE BENJAMÍN DE TUDELA

 

Para Ana Mateo, que sigue ahí siempre. ¡Felicidades!     

    Cada cultura diseña su propia geografía, Ana, y el Libro de Viajes de Benjamín de Tudela dibuja un mundo acorde con la cultura judía a la que pertenece, una cultura que no es europea, por más que comparta fragmentos de su diseño con Europa.

    El tudelano Benjamín bar Jonás viajó por el Mediterráneo y Oriente Próximo a mediados del siglo XII y escribió su Sefer Masaot hacia 1175, de vuelta en su Sefarad natal. Curiosamente, una impresión inmediata de la lectura de su texto es que no se trata de un libro de viajes propiamente dicho, en el sentido de que el autor apenas cuenta nada de sus experiencias personales, de la impresión que le produjeron los lugares que recorrió, del paisaje de su camino. Su Libro de viajes es, en realidad, un itinerario práctico, que sin duda tiene como referencia la experiencia personal del autor, pero que sobre todo pretende dibujar una geografía espiritual muy concreta: el mapa contemporáneo de una diáspora religiosa. Benjamín se propone dar cuenta, desde Tudela, de todas y cada una de las comunidades judías que pudo encontrar a lo largo de su trayecto, aportando datos útiles para otros judíos que, como él, se muevan a través de ese mismo espacio geográfico comunitario.

    Este interés básico permite delimitar con claridad las dos partes fundamentales de la obra, el trayecto Tudela-Bagdad, que recoge el auténtico viaje de Benjamín, y el resto del relato, buena parte del cual parece estar construido de oídas. La diferencia esencial entre ambas partes es evidente: la capacidad del autor para anotar los nombres concretos de las personalidades judías de cada una de las localidades por las que pasa, datos de los que solo pudo disponer de forma tan exhaustiva mediante anotaciones recogidas por él mismo durante su viaje. De hecho, el esquema básico de la narración en ese primer tramo no puede ser más sencillo: distancia entre las localidades, número de judíos en cada una de ellas y nombre de los rabinos principales. En las ciudades importantes, Benjamín anota también las posibilidades comerciales o alguna otra referencia religiosa, y en las grandes capitales, detalles pintorescos sobre las autoridades locales y sobre los grandes monumentos. Entre los ejemplos del esquema elemental podermos mencionar Posquières, Beirut o Karkemish:

    Desde allí [Lunel] hay dos leguas hasta Posquières [Vauvert, en Provenza], que es una gran urbe. En ella hay como unos cuarenta judíos. Hay allí una gran academia rabínica a cargo del gran rabino R. Abraham bar David...

    Una estructura un poco más compleja muestran Narbona, Tiro o Mosul, donde Benjamín, además de dar los datos anteriores, se extiende, por ejemplo, en la descripción de las ruinas de Nínive; el relato, por último, se amplía más con anécdotas diversas en los apartados dedicados a Roma, Jesusalén y, sobre todo, Bagdad.

    Puede resultar llamativo, al menos desde los más elementales prejuicios de un lector actual, que Jerusalén no cuente con una descripción especialmente elaborada. En la edición que utilizo (Barcelona, Riopiedras, 1982) el paso de Benjamín por Jerusalén no ocupa apenas más espacio que la descripción de Roma y no llega a la mitad de la de Bagdad. Esa extrañeza desaparece si recordamos el propósito básico de la obra: la descripción de la geografía judía real y contemporánea del autor. En ese mundo, Jerusalén no ocupa un lugar sobresaliente ya que el número de judíos que allí reside es mínimo, solo trescientos, no mucho mayor que el de judíos romanos (200) y similar, por ejemplo, al de Narbona. En cambio, esos números se disparan en el actual Iraq. Solo en Bagdad ya hay 40.000 judíos pero en Ukbara, dos jornadas antes, hay 10.000 y en Jadra, 15.000, “a cuya cabeza están R. Zaquen, R. Yehosef y R. Natanel”. Por contra, en la aldea más cercana a Jerusalén, Gibón, no hay judíos y más allá, en Mareshá, tan solo tres, ninguno de cuyos nombres merece ser recordado. La geografía judía de Benjamín no quiere ser israelita; por el contrario, para él la antigua Israel es un desierto judío, donde solo viven, casi aislados entre sí, algunos correligionarios dedicados a la tintorería. Por supuesto, son muchas las referencias bíblicas a las que puede aludir al atravesar esos poblados del viejo reino de Judá pero, en la práctica, apenas hay rabinos, por ejemplo, cuyos nombres vayan a figurar en su listado. La geografía de Benjamín de Tudela es, en todo caso, mediterránea pero, más aún, es mesopotámica, no solo por la mayor presencia judía en la región del Tigris y el Eúfrates, sino, sobre todo, por el más amplio desarrollo cultural de esa parte del mundo en la tradición judía.

    Mesopotamia es, para Benjamín de Tudela, el ámbito espiritual del exilio babilónico. En sus ciudades encuentra los recuerdos de grandes profetas como Daniel, Sofonías, Ezequiel o Esdrás y de reyes hebreos como Jeconías o Sedequías. Pero Babilonia es también uno de los lugares más relacionados con el desarrollo del judaísmo tras la Diáspora, al que el propio Benjamín pertenece y del que se siente integrante. Allí se compiló una de las versiones del Talmud hacia el siglo V y son precisamente las academias rabínicas de Bagdad, en número de diez, las que reciben la mayor atención por parte del viajero. Por último, en Bagdad reside el Exilarca, la mayor autoridad judía de su mundo, reconocida por el Califa, con un poder consagrado por el propio Mahoma. Todo ello explica que el interés del viajero por Bagdad sea tan intenso: allí encuentra lo más parecido a un centro para esa geografía judía que está diseñando.

    La segunda parte de la obra difiere de la anterior en su aparente desvinculación de un viaje real. Desaparecen las referencias a rabinos conocidos de índole local. Los trayectos se amplían y se vuelven imprecisos. Las cifras demográficas se hinchan y carecen de verosimilitud. Los relatos ocasionales del narrador son mucho más pintorescos, remotos y retóricos. Es verosímil pensar que Benjamín regresara a Navarra desde Bagdad a través de Egipto y, de hecho, la referencia a la lengua del Targum (el arameo) en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí parece propia de quien ha estado allí. Pero la intención de Benjamín en su obra es dar forma a la totalidad del mundo judío, por lo que tras llegar a Bagdad desde Sefarad ha de recopilar información aunque sea indirecta de lo que hay más allá, hacia Oriente: China, India o Etiopía.

    Esto explica también el desmañado final de la obra. De regreso a Roma, el relato abandona las referencias sistemáticas a las comunidades judías y ya solo presenta referencias geográficas globales. Este añadido, que ya no pertenece al viaje de Benjamín, es, curiosamente, lo único que sí responde a una óptica geográfica europea. Aquí, el narrador percibe la estructura del continente no como una secuencia lineal de comunidades enlazadas por el trazado de un camino, sino como un conjunto de bloques geográficos compactos, entre los que cita Renania (Ashkenaz), Esclavonia y el norte de Francia (Sarfat). Sin embargo, nada hace suponer que el narrador haya puesto un pie en esas tierras.

    Por otra parte, la presencia de la propia tradición judía en el Sefer Masaot, una tradición cultural profunda e independiente, aparece ya en la descripción de Roma y se prolonga a lo largo de todo el libro. Benjamín alude a la prohibición de entrada en Roma a Tito tras la destrucción del Templo y a una escultura de Absalón, hijo de David, delante de San Juan de Letrán, referencias ajenas a cualquiera de las guías de Roma de la Edad Media. Estamos ante una percepción judía de la geografía romana, que se correspondería con las referencias constantes, en Palestina, a los límites de las diferentes tribus de Israel, o la alusión a esa sinagoga de Safiatib, más allá de Bagdad, que los israelitas edificaron “con polvo y piedras de Jerusalén”. Benjamín bar David se mueve en un mundo geográfico de referencias tradicionales judías, que dan unidad a su visión del mundo y coherencia a su viaje y a su relato.

    El mundo mediterráneo y, sobre todo, mesopotámico de Benjamín de Tudela nada tiene que ver con esa Europa, para él sin duda fantasmagórica y ajena que se extendía al norte de Provenza. Su geografía judía, Ana, da forma espacial a una diáspora de más de dos mil años, desde la destrucción del Tempo de Salomón por Nabucodonosor hasta el nombramiento de Daniel ben Jasday como Exilarca en Bagdad, uniendo su, tu Tudela medieval con la Persia bíblica de la reina Esther. Otras historias, otras tradiciones, otra geografía, otra cultura. [E. G.]

EDICIONES ELECTRÓNICAS

    Texto original: http://www.hebrewbooks.org/pdfpager.aspx?req=36832&st=&pgnum=30

    Traducción inglesa (bilingüe): http://www.teachittome.com/seforim2/seforim/masaos_binyomin_mitudela_with_english.pdf

    Traducción alemana:

    Traducción francesa: http://remacle.org/bloodwolf/juifs/benjamin/voyage.htm

    Traducción castellana: http://roda.gobex.es/roda/get/libro:39219a04-8cb9-40e2-bb5c-7a98ba3e9f54/PDF/.pdf