SIGLO XVI: GRANDES DESCUBRIMIENTOS Y REFORMA

     El siglo XVI es, a la vez, una centuria de crecimiento exterior y de fragmentación interior para Europa. En el ámbito exterior, los viajes alrededor de África de los portugueses y, sobre todo, el descubrimiento de América por los españoles, posibilitaron una ampliación inmensa e inesperada de la presencia europea en el mundo. Este proceso inicial todavía no va a ser trascendental excepto en regiones como México o Perú donde los españoles ya en el primer momento exterminaron por completo las civilizaciones autóctonas. Sin embargo, en amplias zonas de África y de Asia e incluso en muchos puntos de América como Brasil, el Río de la Plata o la costa este de Norteamérica, la presencia europea se va a limitar al contacto comercial y, por lo tanto, al intercambio económico y cultural. El aniquilamiento sistemático de aztecas e incas o el exterminio irracional de los taínos caribeños, pese a su trascendencia local, son procesos históricos menos generalizados a nivel europeo que el establecimiento de factorías portuguesas en la India, por ejemplo. Esto es así porque, durante los dos siglos siguientes, los europeos van a extender por todo el mundo una cada vez más extensa red de relaciones comerciales con todos los pueblos de la tierra que va a repercutir, sobre todo, en un progresivo desarrollo de la propia metrópoli continental. Se trató de un proceso lento que, en la mayoría de los casos no tomó forma hasta el siglo XVII pero que a partir de ese momento se generalizó y marcó de forma definitiva las relaciones de Europa con el resto del mundo. Así sucedió, por ejemplo, con las factorías que ingleses y holandeses establecieron en la India e Indonesia o con los asentamientos franceses en el delta del Misisipi o en el Canadá. En esos momentos todavía no había cristalizado definitivamente la idea de la superioridad del hombre europeo y, desde luego, cualquier comerciante portugués era consciente de que en su aventura india poco había que le permitiera creerse superior a sus competidores musulmanes. De todas formas, no hay que perder de vista que el sistema colonial español, basado en la destrucción y sustitución de civilizaciones enteras en nombre de la exclusividad de su fe, fue también uno de los modelos tenidos en cuenta, si bien ya en el siglo XIX, en procesos de colonización mucho más agresivos, e igualmente pertrechados de justificación ideológica, como el avance de EE.UU. hacia el Oeste o la penetración de los británicos en África.

     Pero  mientras los europeos buscaban su sitio entre el resto de los pueblos del mundo, en la propia Europa se abría una brecha que amenazó con romper definitivamente la compleja y aparentemente frágil unidad que el continente había conseguido a lo largo de la Edad Media. Curiosamente, el motivo inicial de esta ruptura tuvo que ver con un enfrentamiento que hundía sus raíces en la etapa anterior: la lucha entre el Imperio y el Papado por la hegemonía. Si tras la larga confrontación entre güelfos y gibelinos los ámbitos de actuación de cada uno de estos poderes habían quedado delimitados, la rebelión de Lutero contra la superioridad papal en el ámbito religioso y las ambiciones políticas de los nobles alemanes, deseosos de limitar aún más los poderes del Emperador, rompieron de forma definitiva los complejos equilibrios a los que se había llegado. De repente, en toda Europa, los intereses regionales, herederos de la fragmentación tribal de las invasiones bárbaras, que, como vimos en apartados anteriores, fue una de las características constitutivas de Europa en la Alta Edad Media, se impusieron a las fuerzas centralizadoras representadas por las figuras de un Papado incompetente y desprestigiado y de un Imperio capaz tan solo de evitar una ruptura definitiva. De hecho, ni siquiera el nuevo elemento unificador de orden cultural, el Humanismo, que por esas mismas fechas se difundía con enorme éxito por todos los ambientes cultos europeos, fue capaz de neutralizar ese efecto centrífugo devastador. Al contrario, en la medida en que el propio Papado era uno de los mejores ejemplos de un viejo mundo corrupto y ajeno a los verdaderos objetivos del Humanismo, algunos de los más importantes representantes de este movimiento como Dolet o Melanchton, colaboraron o se vieron envueltos, al menos en un primer momento, en este proceso de desintegración de Europa.

     Hacia mediados de siglo, aunque la paz de Augsburgo permitió hacer cesar por un tiempo las hostilidades en el Imperio, la brecha estaba ya abierta, una brecha que se pudo delimitar perfectamente a partir de noviembre de 1582 tras la reforma gregoriana del calendario, aplicada de inmediato solo en las regiones católicas. En este momento tan delicado para Europa, sin embargo, se hizo evidente la transcendencia de una unidad cultural que iba mucho más allá de los intereses políticos o de las cuestiones teológicas. El Humanismo de la segunda mitad del siglo, con su pasión recreadora del mundo clásico y su opción definitiva por la razón humana, mantuvo tendidos los puentes entre la Europa católica y la evangélica por encima de las doctrinas intransigentes de la Inquisición o del Puritanismo. Ninguna de las ortodoxias religiosas, ni la católica que quemó en la hoguera a Giordano Bruno ni la calvinista que hizo lo mismo con Servet, triunfaron. Por el contrario, los vínculos intelectuales que unían al católico Montaigne con el anglicano Hobbes, al polaco Copérnico con el toscano Galileo o al francés protestante Escalígero con el flamenco católico Justo Lipsio no solo no se fracturaron sino que se hicieron más fuertes para contrarrestar el fanatismo de los intereses religiosos y políticos disgregadores. La difusión de la cultura europea de origen grecorromano y los gérmenes universitarios del pensamiento científico no solo no desaparecieron sino que se consolidaron lo suficiente como para soportar la dura prueba de la locura colectiva que iba a arrasar Europa en el siglo XVII. [E.G.]