SIGLO VII: LA CONSOLIDACIÓN DE LOS REINOS GERMANOS

     El siglo VII es un siglo de transición en el que se consolidan en Europa unas estructuras administrativas, finalmente transitorias, que van a facilitar el paso de la etapa anterior, romana, a la siguiente, europea.

     En el siglo VII el Imperio Romano en su parte occidental ha desaparecido, lo cual quiere decir, ante todo, que el Imperio Romano sigue existiendo, pero en Bizancio y en la parte oriental del Mediterráneo. El mantenimiento del Imperio Bizantino es uno de los aspectos fundamentales de este periodo por varias razones. Por un lado, Bizancio es una imagen, en cierto modo retórica pero efectiva, de continuidad, tanto desde el punto de vista político como espiritual. Los germanos han ocupado una parte del Imperio pero han de tener siempre presente su supervivencia en la otra parte, bien porque el Emperador puede volver a reconquistar los territorios perdidos, como Justiniano en Hispania, bien porque puede pretender seguir manteniendo, aunque solo sea de forma teórica, su influencia en ellos, como en Italia. Espiritualmente, además, el obispo de Roma no solo no va a estar en condiciones de competir con el de Constantinopla ante el conjunto de la Cristiandad sino que su marginalidad en relación con el poder político bizantino va a hacer que pierda parte de su control sobre las propias diócesis occidentales. Curiosamente, a la larga, esta soledad y abandono van a propiciar la grandeza futura de Roma, pero en este siglo VII más bien podía preverse lo contrario.

     De todos modos, la existencia del Imperio Bizantino no va a impedir que se consolide el proceso de asentamiento y organización de los reinos bárbaros. En este sentido, el siglo VII es el momento en el que se produce una primera amalgama de estructuras políticas, administrativas y sociales de los asentamientos romanos y romanizados del viejo Imperio de Occidente con las tribus germanas que se han establecido en ellos. Este proceso puede seguirse con claridad revisando cómo las tribus germanas más poderosas van extendiendo sus dominios a lo largo del siglo de manera que lleguen casi a coincidir con las previas diócesis romanas: los visigodos en Hispania, los francos en Galia, los ostrogodos en el norte de Italia y los sajones en el sur de Britania.

     Este proceso, que hizo que los futuros límites administrativos se configuraran sobre los límites eclesiásticos previos, permitió la identificación de los recién llegados con las estructuras preestablecidas. Ese es el origen de los concilios provinciales, tanto en la Hispania visigoda como en la Galia franca. De hecho, el papel de la Iglesia es fundamental en este periodo, además de por proporcionar sus estructuras administrativas como base para la configuración política de los nuevos reinos, porque sus élites colaboraron de forma crucial en la supervivencia del legado romano en la nueva sociedad. Sin duda, el ejemplo fundamental de este proceso lo representan las Etimologías de san Isidoro de Sevilla, recopilación enciclopédica del saber de la Antigüedad, llevada a cabo por un alto miembro de la jerarquía eclesiástica, procedente de la nobleza hispano-romana y al servicio de la monarquía visigoda.

     Otro elemento fundamental en este proceso de asimilación tiene que ver con la adopción del latín como lengua de cultura por parte de los germanos. Además de consecuencias obvias como la intercomunicabilidad en el ámbito religioso, hay que insistir, sobre todo, en los procesos de socialización que conllevó este paso. Los germanos adoptaron el latín como lengua de la enseñanza superior, por llamar así a la educación de sus élites de gobierno; pusieron por escrito, en latín o no, sus leyes y su cultura oral; adaptaron, pues, una cultura de libros y de lectura…

     La importancia trascendental del siglo VII para la cultura europea radica, sobre todo, en que la relativa estabilidad política de este periodo propició que entre el Rin y el Mediterráneo se llevara a cabo este proceso fundamental de amalgama de dos culturas radicalmente diferentes, de manera que los nuevos europeos, latinos y germanos, no viesen destruido por la fuerza el legado secular del Imperio y, además, viesen enriquecido su patrimonio cultural con muchos de los nuevos elementos jurídicos, políticos, lingüísticos y artísticos que aportaron las élites dominantes germánicas. [E. G.]