AUSTRIA-HUNGRÍA: EL PUZLE CULTURAL DE CENTROEUROPA

    Aunque en realidad no hubo solución de continuidad entre los periodos históricos que separan el Sacro Imperio Germánico del Imperio Austriaco, la entidad política que se consolida en la región del Danubio tras las guerras napoleónicas y el Congreso de Viena presentaba desde sus orígenes unas características muy específicas al renunciar definitivamente a sus pretensiones de hegemonía sobre los territorios germanos occidentales que desde finales del siglo XV se había esforzado por controlar. De hecho, a lo largo del XVIII, gracias a su expansión hacia el este en el tramo medio del Danubio, la política de Austria había ido encaminándose hacia una cada vez mayor autonomía del resto del antiguo Imperio. Este proceso fue potenciado aún más por la consolidación de Prusia como nueva potencia dominante en la cuenca renana. Así,  Austria, durante el larguísimo reinado del emperador Francisco José, llegó a convertirse en la cabeza de una entidad política y cultural compleja, multiforme, y en muchos sentidos experimental, que finalmente, las convulsiones de la I Guerra Mundial demostraron ser inviable.

    El Impero austriaco, por más que formalmente se presentase como una diarquía y el propio jefe del estado fuese el emperador-rey austro-húngaro, estaba, en realidad, organizado en torno al núcleo de posesiones alemanas de los Habsburgo vieneses que habían encabezado la defensa y reacción frente a los turcos y que habían intentado durante siglos controlar el Sacro Imperio. Se trataba, pues, de una sociedad profundamente germánica y bien integrada a finales del siglo XVIII en la cultura europea de la Ilustración. Con el tiempo, el Imperio Austriaco fue capaz de integrar también otra cultura mucho más autónoma y periférica, la húngara, vinculada a Europa desde el siglo XI, pero que había estado a punto de desaparecer en el XVI tras la ocupación turca. De la colaboración entre la élite germana que controlaba el poder central y la poderosa nobleza húngara, dueña de inmensos territorios en la cuenca central del Danubio y que exigía un trato de respeto e incluso de cierta igualdad en la organización del Imperio, surge la verdadera originalidad política de éste. Esta bicefalia, tan característica como atípica, parecía resuelta de forma favorable en la segunda mitad del siglo mediante importantes concesiones a la autonomía húngara pero, al mismo tiempo, las tensiones nacionalistas, tan propias del Romanticismo, se extendieron a otros espacios culturales autónomos, sobre todo eslavos, tanto en el norte del Imperio –checos, eslovacos...-, como en el sur –croatas, bosnios...

    A finales del siglo, el Imperio se había convertido en un puzle de razas, lenguas, costumbres y religiones difícil de resolver pero, al mismo tiempo, de una riqueza cultural incomparable en el resto de Europa, donde el éxito de los procesos nacionalistas había desembocado en la uniformización generalizada de cada uno de los estados. Por el contrario las últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras del siglo XX resultaron ser una auténtica Edad de Oro para una cultura austriaca caracterizada por la modernidad y la diversidad. Viena se convirtió en un cuenco receptor de todo el Imperio y una especie de laboratorio de nuevas posibilidades creativas, solo comparable con París. Es la época de Klimt y de Kokoschka, de von Hofmannsthal y Zweig, de Mahler y Bruckner, de la Secesión y de Sigmund Freud.

    Aunque, como puede verse por el listado anterior, casi todos los grandes creadores austro-húngaros son de origen germánico, la riqueza cultural de la Viena de fin de siglo se difundió por todo el Imperio incluso más allá de la I Guerra Mundial, hasta los años 30. Por ello, esas décadas son trascendentales como época de formación de otros grandes artistas europeos procedentes de todos los rincones del Imperio, como Egon Schiele, Arnold Schönberg, Franz   Kafka  , Rainer María Rilke, Alban Berg, Zoltán Kodály o Béla Bartók, que vieron, al poco de entrar en su madurez, cómo desaparecía para siempre el mundo en el que se habían formado, arrasado por la hecatombe de la Gran Guerra.

    La derrota de los imperios centrales en 1918 supuso el final del Imperio Austriaco y su desmembración –Austria, Checoslovaquia, Yugoslavia, Hungría, Polonia, Rumanía- dejó a toda esta zona sin un referente cultural de relevancia. Aunque Viena siguió teniendo un gran prestigio regional, su decadencia fue rápida y el Anschluss de 1938 no fue más que el acta de defunción de Austria tras una larga agonía. La vida y la obra de Franz Kafka (1883-1924) o la peripecia vital de Egon Schiele (1890-1918) pueden servir como ejemplos de este viaje hacia ninguna parte al que se vio condenado el Imperio Austriaco por su incapacidad para dar sentido a una estructura política y cultural tan compleja y tan poco acorde con los modelos de prestigio establecidos en esa época en el resto de Europa. [E. G.]