UN ENEMIGO DEL PUEBLO: EL GRAN TEATRO SOCIAL EUROPEO

Para Jesús Carcas y Jesús Serrano: gente de ciencias, buena gente.                      

    Publicado como libro el año anterior, Un enemigo del pueblo subió a la escena por vez primera en Oslo en 1883. Pertenece, pues, a la época de mayor creatividad y repercusión internacional del teatro de Henryk Ibsen en los escenarios europeos, junto con Casa de muñecas (1880), Espectros (1881) y El pato salvaje (1884). Probablemente, Un enemigo del pueblo no alcanza la grandeza trágica ni la profundidad sicológica de estas obras ni goza del plus de actualidad que le proporciona a Casa de muñecas su temática feminista. Cualquiera de ellas merecería por derecho propio, igual que Hedda Gabler o Peer Gynt, figurar en una antología de la mejor literatura dramática europea de todos los tiempos. Pero si aquí la hemos escogido para representar a Ibsen y a todo el teatro naturalista que sacudió con éxito la cartelera del continente en el último tercio del siglo XIX ha sido porque, más allá de sus limitaciones, Un enemigo del pueblo manifiesta mejor que cualquier otra obra literaria de su tiempo una de los conflictos intelectuales de mayor repercusión en la Europa de entresiglos: el descrédito de la democracia parlamentaria como sistema de gobierno.

    Vaya por delante el reconocimiento de los defectos estructurales que impiden que Un enemigo del pueblo pueda ser considerada una auténtica obra maestra. La evolución de los personajes secundarios –los periodistas Hovstad y Billing, el propietario Aslaksen- resulta demasiado brusca, incluso ridícula en su desfachatez. El largo discurso del protagonista en el acto IV es demasiado literario e irreal y, sobre todo, arrastra la acción a un quinto acto poco convincente: la renuncia del doctor a emigrar tras conocer que se le tiene por un especulador convierte finalmente su lucha en una mera cruzada por su buen nombre. Da la impresión, en cierto modo, de que los actos IV y V se hallen mal colocados, que su disposición dramática original debería ser inversa.

    De todos modos, esto no son más que apreciaciones subjetivas menores. Por encima de todas ellas sobresale la figura dramática de Thomas Stockmann, la persona íntegra que acaba convirtiéndose en un enemigo del pueblo en su afán por sacar la verdad a la luz y por reformar una sociedad tan corrompida como las aguas de su balneario. El teatro de Ibsen está lleno de personajes trágicos de indoblegable valor moral, que acaban estrellándose contra la mediocridad dominante a su alrededor. La particularidad más significativa de Un enemigo del pueblo reside en que la pureza del protagonista se enfrenta al propio modelo de organización que rige la sociedad en la que vive. Como él mismo se encarga de subrayar en su alegato definitivo, lo que verdaderamente quiere comunicar a sus conciudadanos no es una queja contra las aguas del balneario o contra la hipocresía de quienes, como el alcalde o los periodistas, representan a la sociedad. La crítica del doctor se dirige contra la propia sociedad y, más concretamente, contra el modelo de organización política del que esa sociedad se siente orgullosa, la democracia representativa.

    A través de Thomas Stockmann, Ibsen proclama su rechazo de un sistema que a finales del siglo XIX estaba convirtiéndose, a partir del parlamentarismo inglés, en el tipo de gobierno más moderno y generalizado en los países europeos. Y esa crítica la fundamenta Ibsen en argumentos que atacan la propia base de ese sistema político, que sigue siendo el nuestro: las deficiencias del sufragio universal. De acuerdo con las ideas del héroe del drama, una estructura de gobierno basada en el voto igualitario de todos los ciudadanos degenera de forma inevitable en un sistema débil y corrupto. Primero, porque matemáticamente, el voto de los peores ciudadanos será superior en número al de los mejores; segundo, porque los propios gobernantes, bien por haber sido elegidos por esos malos ciudadanos, bien porque gobiernan para ellos, se convierten en sus rehenes. En todo caso, los otros, aquellos que, como Stockmann, más dispuestos están a esforzarse para que la sociedad mejore, serán considerados siempre, de forma injusta, una amenaza.

    Vista la obra a más de un siglo de distancia y con el conocimiento histórico que poseemos ahora de lo sucedido en Europa en la primera mitad del siglo XX, no se puede dejar de sentir un escalofrío de horror al escuchar el vehemente discurso del doctor Stockmann y percibir en sus palabras uno de los mejores y más dramáticos ejemplos literarios de la deriva intelectual que arruinó a la sociedad europea. En Un enemigo del pueblo la desconfianza hacia la democracia liberal parlamentaria, hacia el sistema de partidos como forma de representación política y, sobre todo, hacia el sufragio universal como principio organizativo de la sociedad, aparecen como un necesario paso hacia la modernidad intelectual y la regeneración moral inaplazable. Sin embargo, ahora sabemos lo que detrás de esas bienintencionadas ideas acechaba a Europa: la supresión de las libertades individuales en aras de un supuesto bien común impuesto por una autoridad dogmática; la aparición de líderes indiscutibles dispuestos a convertir por la fuerza del terror su verdad en la Verdad única; la imposición de un Partido dictatorial e incontestable en sustitución de los partidos políticos “corruptos”; en resumen, el establecimiento de dictaduras fascistas y comunistas en sustitución de las democracias parlamentarias.

    Resulta terrible para nosotros, espectadores europeos de principios del siglo XXI, comparar nuestra recepción de Un enemigo del pueblo con la que pudo tener la gente de bien de hace un siglo. Cuando ellos escucharon la grandiosa frase final con la que el protagonista cierra la obra –“El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo”- no podían ver en el doctor Stockmann más que al hombre bueno dispuesto a sacrificarse a sí mismo y a su familia para crear una nueva sociedad pura y sin hipocresía, aunque eso le obligara a luchar él solo contra todos. Nosotros, sin embargo, no podemos evitar ver pasearse también en ese momento por el escenario la negra sombra de Hitler y de Stalin decidiendo ellos solos también, a la única luz de su poder y su verdad, el destino de millones de personas.

    Pese a todo, la reflexión de Ibsen sobre la extrema debilidad de la democracia liberal como sistema de gobierno sigue siendo hoy en día imprescindible y, puesto que la historia nos ha dado a conocer cruelmente los precipicios que se abren más allá de ella, estamos más obligados que nunca a tratar con respeto la crítica del gran dramaturgo noruego. En su obra, Thomas Stockmann, finalmente halla en la educación, en la escuela que ha de abrir Petra, la única forma de regenerar la sociedad que rechaza. Sin duda, solo la educación sigue siendo hoy en día la forma de regenerar Europa. Ahora que hemos aprendido con ríos de sangre algo tan elemental como que “la democracia es la peor forma de gobierno, exceptuando todas las demás”, la enseñanza de Ibsen sigue siendo que debemos vigilar nuestros errores y que la salvación de nuestra sociedad no vendrá de la economía, de la política o de la ciencia, sino de la educación. [E.G.]

 

EDICIONES DIGITALES

 

    Texto original: https://archive.org/stream/enfolkefiende00ibsegoog#page/n8/mode/2up

    Traducción inglesa: http://en.wikisource.org/wiki/An_Enemy_of_the_People_(Ibsen)

    Traducción alemana: http://gutenberg.spiegel.de/buch/1711/1

    Traducción francesa: https://archive.org/stream/unennemidupeuple00ibse#page/n7/mode/2up

    Traducción castellana (fragmento): https://docs.google.com/document/d/1Y9oDotRlLY0uroEkZ_eoOQRagUxIkAI4l-vPfZviWs4/edit?pli=1

    Representación en castellano (completa): http://www.rtve.es/alacarta/videos/estudio-1/estudio-1-enemigo-del-pueblo/861893/