PAN: AMOR Y SOLEDAD EN EL CÍRCULO POLAR ÁRTICO

 

    Esta novela de Knut Hamsun alude en su título al semidiós griego señor de los bosques y de la fertilidad. De acuerdo con ello, Pan es un relato sobre la vida salvaje: sobre la vida de la naturaleza salvaje y sobre la vida de un hombre salvaje. Naturaleza y protagonista  se complementan de modo que los fragmentos descriptivos del paisaje son tan relevantes como las reflexiones del narrador y el desarrollo de los acontecimientos está condicionado por el marco espacio-temporal del relato.

    El protagonista y narrador, el teniente Thomas Glahn, es un militar misántropo de unos 28 años que al inicio de la novela sobrevive solo, cazando y pescando con su perro Esopo, en una cabaña aislada junto al bosque en la costa norte de Noruega. Vive de forma voluntaria y satisfactoria lejos de la sociedad humana. Su espíritu se extasía ante la grandiosa naturaleza que lo envuelve y afirma que sus “únicos amigos eran el bosque y la gran soledad”, junto a los que “me lleno de una extraña gratitud, todo entra en comunión conmigo, amo todo”.

    Su cabaña se levanta en la lejana región de Norland, cerca de una pequeña localidad de pescadores llamada Sirilund, a más de 66º de latitud norte, es decir, ya en el círculo polar ártico. La época durante la que transcurre la acción es lo que se conoce como verano boreal, durante el cual la luz del sol apenas desaparece por las noches “y nunca se veía una estrella en el firmamento”. De las 150 páginas de la novela, 130 transcurren en ese paisaje, hasta que, de vuelta el protagonista a casa, “aparecieron la luna y las estrellas”. Pero en las 20 últimas páginas, tituladas “La muerte de Glahn”, el relato cambia por completo –hablaremos de ello- y se traslada a otra naturaleza aún más típicamente salvaje, algún lugar de la selva india, donde Glahn sigue entregado a la caza, esta vez de leopardos. Hay, pues, una identificicón entre el protagonista y el paisaje en el que se desencadenan sus pasiones, motivo literario de profunda raigambre romántica, en esta novela de 1894 esencialmente romántica: una historia de violentas pasiones amorosas que destruyen al protagonista. Y, sin embargo, la gran valoración y la revalorización actual de la narrativa de Hamsun tiene que ver con la modernidad de su escritura. ¿Cómo explicaremos este aparente contrasentido?

    En primer lugar, el siglo XX es un siglo eminentemente romántico. Por mucho que las vanguardias pretendieran renovar la tradición cultural europea, el predominio del subjetivismo, del individualismo y del idealismo que había triunfado en Europa en la primera mitad del siglo XIX ha seguido dominando y dando forma a la cultura occidental incluso hasta este comienzo de milenio. Hamsun conecta, pues, con la más pura esencia de ese Romanticismo decimonónico desarrollando uno de sus temas básicos: el enfrentamiento del hombre superior con la sociedad mediocre. En Pan, el amor “social”, es decir, las relaciones entre hombres y  mujeres tal y como se espera que se den dentro de la sociedad, aparece como el detonante de la destrucción del protagonista. Para una personalidad como la de Glahn no solo no es posible vivir en sociedad sino que tampoco lo es desarrollar en sociedad una relación sana con la mujer amada. La mera flaqueza de intentarlo lo destruirá.

    En este sentido, la novela desarrolla una de las ideas más puramente románticas y con más tradición literaria en la Etapa Disolvente: la visión de la sociedad como ámbito corruptor del “buen salvaje”. Entre los personajes positivos de la obra solo vamos a encontrar a Eva y a Maggie, dos mujeres que se caracterizan por mínima individualidad, por su falta de cultura y por su relación directa con la naturaleza -en cierto modo también “salvajes”-, y, si acaso, a Esopo, un animal. Dejando aparte lo mucho de misoginia que hay en este planteamiento –una declarada misoginia parece ser consustancial a muchos intelectuales del norte de Europa en esta época-, el protagonista solo parece ser capaz de relacionarse de forma satisfactoria con seres animales o sin civilizar. Por el contrario, los rasgos más negativos aparecen en Edvarda, la protagonista, que se mueve entre los dos ámbitos contradictorios de naturaleza y civilización, y, sobre todo, el señor Mack, terrateniente del distrito y representante de la sociedad en ese lejano norte. Y no menos romántica resulta la destrucción del protagonista, incapaz de soportar el enfrentamiento con la sociedad –se ve obligado a marcharse de Norland- e incluso de remontar el fracaso amoroso.

    Así pues, de nuevo, ¿dónde está la modernidad de la novela de Hamsun? En primer lugar, en el estilo. Pan está escrita en un estilo voluntariamente antirretórico, que nada tiene que ver con el Emilio de Rousseau o con las Baladas de Wordsworth. Su estilo es seco, entrecortado, elusivo y violento: el lector tiene que sobreentender e interpretar todo lo que no se dice o se dice de forma indirecta. Es un estilo que se ciñe de una forma muy moderna a la personalidad del protagonista, un ser desorientado que se mueve a impulsos que no controla y que no entiende bien lo que le está pasando. También es muy moderna la radicalidad con que se presenta el problema social y la violencia con la que se expresa la rebeldía. Aunque no hay ninguna alusión política en la obra, ésta se puede encuadrar perfectamente dentro de las tendencias más nihilistas del pensamiento europeo de la época: la rabia contra el poderoso, la libertad sexual femenina, la hipocresía social, los abusos de poder...

    Y, por último, la estructura. Pan está construida por dos monólogos en primera persona, caracterizados ambos por el esfuerzo del autor por ajustar el relato a la mentalidad de cada uno de los dos narradores y de este modo presentar al personaje a través de sus palabras. Glahn, que es el narrador de toda la larga primera parte, apenas nos habla de sí mismo pero lo poco que nos dice queda además cuestionado por el segundo narrador, un cazador, compañero de Glahn en la India, cuya identidad desconocemos. De acuerdo con las palabras de éste último, Glahn parece ser una persona diferente a la que se presenta en la primera historia, alguien mucho más atractivo y seguro de sí mismo de lo que hubiéramos podido pensar. Que los elogios provengan de alguien que manifiesta un evidente odio hacia Glahn hace suponer al lector, además, que en todo caso se quedarán cortos. Esta reinterpretación tan involuntariamente positiva del protagonista da un mayor interés retrospectivo a su propia narración inicial y, sobre todo, construye un juego de espejos realmente moderno que justifica por sí solo el alto aprecio que siempre se le ha tenido a esta novelita de Hamsun. [E. G.]