MADRE CORAJE...: LA GUERRA DEVORA A LOS SUYOS

     Como la mayor parte de las mejores piezas de Bertolt BrechtMadre Coraje y sus hijos tiene una clara intencionalidad didáctica y moral, incluyendo una explícita moraleja en verso, que en este caso no cierra la obra, como en las fábulas clásicas, sino que la abre. La idea básica de la tragedia la expresan sin rodeos los dos versos con los que el Sargento Mayor cierra la primera escena: “Quien quiera de la guerra vivir / con algo tendrá que contribuir”.

     Escrito en su exilio escandinavo en el fatídico año de 1939, Brecht tuvo el acierto de levantar este magnífico retablo de la miseria de la guerra justo antes de que comenzara la más miserable de todas. Sin tener la seguridad todavía de lo que iba a pasar, Madre Coraje... forma parte, por lo tanto, del conjunto de piezas dramáticas que el dramaturgo alemán dirigió contra el expansionismo belicista del III Reich y, más en concreto, contra la sociedad germana que había favorecido el ascenso de Hitler. Hay que relacionarla, por lo tanto, con obras como Terror y miseria del Tercer Reich (1938) y La resistible ascensión de Arturo Ui (1941). Sin embargo, mientras que en esas obras el autor se centra sin apenas disimulo en la descripción y crítica del tenebroso mundo del nacionalsocialismo, Madre Coraje... tiene la ambición de superar el marco histórico concreto de los años 30 y se presenta como en un alegato atemporal y permanente contra el mercado de la guerra. 

     De este modo, de las múltiples lecturas que admite esta obra son dos las que pueden reflejar más exactamente el pensamiento de Brecht: una, referida metafóricamente al mundo financiero y económico alemán que favoreció la política expansionista de Hitler y otra, más amplia, que se esfuerza por desmitificar toda la parafernalia probélica de la cultura europea tradicional. Si la primera lectura se halla más cercana, sin duda, al momento histórico en el que la obra se escribió, la segunda sigue manteniendo en la actualidad toda su vigencia y ha convertido esta pieza en un clásico del antibelicismo europeo.

     El primer acercamiento mencionado vendría a suponer un aviso del autor a la cúpula empresarial alemana sobre el gravísimo error y los inevitables peligros de querer sacar provecho económico de un inminente conflicto generalizado en Europa. La terrible Guerra de los 30 años del siglo XVII sirve como espejo donde se reflejará este otra guerra en ciernes, que tantos desean y nadie parece interesado en evitar. Los intentos de aprovecharse de una tragedia así, vendría a enseñar Brecht, incluso si no llegan a ser un auténtico suicidio –Madre Coraje sigue tirando de su carromato detrás de los soldados al final de la obra-, conllevan pérdidas tan grandes que nadie en su sano juicio lo consideraría “un buen negocio”. No se puede jugar con la guerra, un monstruo inmanejable que lo devora todo, incluso a sus dueños.

     La segunda lectura, el alegato antibelicista, resulta menos original, pues trata un tema muy propio de esa época de entreguerras, pero es tal la fuerza de la obra de Brecht en este sentido que aún hoy sigue manteniendo toda su vigencia. En la guerra nada hay noble, nada digno de respeto, nada lógico o sensato. La guerra solo entiende de miseria, de crímenes, de sinrazón, de muerte. El hijo mayor, Eilif, arrebatado por los vanos oropeles de la gloria militar en la primera escena, muere como un criminal bien avanzada la obra sin entender por qué, de repente, se le reprocha cometer los mismos crímenes que venía cometiendo, entre elogios, desde que se alistó. La muerte del hijo menor, Schweizerkas, simplón y honrado, pone de manifiesto la gran hipocresía ideológica de toda guerra: da igual ser católico que protestante, polaco, alemán o finés, honrado o criminal, civil o soldado, lo único que importa es quién tiene la fuerza y quién maneja el dinero. La muerte de la hija muda, por último, una de las escenas más impactantes de todo el teatro de Brecht, colma de angustia el desenlace de la obra. Es uno de los pocos momentos de humanidad en el escenario, con Kattrin intentando despertar a los guardias de la ciudad que va a ser tomada al asalto, y, sin embargo, el contrapunto que pone el resto de los personajes, preocupados solo por su propio pellejo, crea un contraste dramático que realza más todavía la tragedia.

     La imagen final de Anna Fierling, la protagonista, Madre Coraje, condenada como un Sísifo moderno a tirar para siempre ella sola de su carromato, uncida a esa misma guerra con la que quería hacer negocios y que ya le ha arrebatado lo más precioso que tenía, es una de las más desoladoras refutaciones de la épica guerrera que haya creado la Europa del siglo XX.

     Madre Coraje..., escrita al año siguiente de la Vida de Galileo y al mismo tiempo que El hombre bueno de Sezuan, forma parte del periodo más productivo y brillante de la dramaturgia de Bertolt Brecht. Es estas obras, el autor alemán saca el máximo provecho a sus técnicas teatrales ya consolidadas. La música, cuya partitura más completa se debe al compositor Paul Dessau, cumple un papel fundamental en el desarrollo del argumento, introduciendo intermedios líricos como el de la escena 7 o  reflexiones sobre el propio argumento, como “La canción de la Gran Capitulación” de la escena 4, que rompen la tensión dramática y replantean ante el espectador lo que está sucediendo en escena.

     También la estructura compositiva de la obra es típica del “teatro épico” de Brecht. La obra está compuesta por una secuencia de doce escenas que prolongan la acción desde la primavera de 1624 hasta enero de 1636 y que recorren buena parte de la geografía de Europa del Norte, desde Dalarna en Suecia hasta Halle, en Sajonia, pasando por Vallhof en Lituania o Ingolstadt en Baviera. Solo Anna Fierling y su carromato hacen de hilo de unión para todas estas escenas que, por otra parte, carecen de principio –en 1624 la guerra hacía seis años que había comenzado y los protagonistas ya habían sufrido el asedio de Riga- y de final –la guerra se prolongó todavía hasta 1648-. En este sentido, la obra de Brecht rompe voluntariamente con las técnicas más clásicas del teatro europeo, no solo en lo que respecta a las unidades aristotélicas sino, sobre todo, al concepto básico de identificación del espectador con lo representado y la consiguiente catarsis. Por el contrario, mediante sus innovaciones escénicas, Brecht busca un efecto de “distanciamiento”, es decir, que el espectador contemple la acción que se desarrolla en el escenario desde afuera, sin implicarse sentimentalmente, para que se encuentre en mejores condiciones para juzgar las ideas que el autor desea transmitir.

     El caso es que tras la primera representación de la obra, que tuvo lugar en Zurich en 1941, Brecht recibió con sorpresa y acaso espanto la noticia de que el público se había sentido identificado con la protagonista y que había visto en ella su propia voluntad de sobrevivir a la guerra a toda costa. Esto le llevó a modificar varias escenas de la versión original, y en concreto la escena final que intenta dar sentido a toda la pieza, para insistir en la ceguera y culpabilidad moral de Madre Coraje. De forma muy significativa para entender la voluntad del dramaturgo, las anotaciones sobre los cambios en la pieza acaban así: “No incumbre al autor abrir los ojos al final a Madre Coraje (...) Lo que importa al autor es que el espectador aprenda”. [E.G.]

 

EDICIONES DIGITALES

     Texto original:

     Traducción inglesa: http://socialiststories.net/liberate/Mother%20Courage%20and%20Her%20Children%20-%20Bertolt%20Brecht.pdf

     Traducción francesa:

     Traducción castellana: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/Mad_Coraje.pdf