EL PARAISO PERDIDO: LA GRAN EPOPEYA BÍBLICA DE MILTON

 

    Muchos de los más importantes escritores europeos de la Etapa Clásica pusieron su mejores intenciones, su mayores esfuerzos y todas sus esperanzas en la redacción de un poema épico que pudiese competir con la Eneida de Virgilio. Al menos desde el florentino Petrarca y al menos hasta el sajón Klopstock el sello de grandeza literaria para una obra, para un autor, para una región europea o para su lengua se labraba en la competencia lejana e imprecisa con una epopeya escrita en Roma en latín en el siglo I a.C. Fruto de esa competencia han llegado hasta nosotros piezas menores, incompletas o frustradas como la Franciada de Ronsard o La hermosura de Angélica de Lope de Vega, obras de gran relevancia a nivel regional como la Araucana de Ercilla o El Mesías de Klopstock y, sobre todo, algunas de las más grandes epopeyas cultas de la historia de la literatura europea como el Orlando furioso de Ariosto,  Os lusíadas  de Camôes, la Jerualén liberada de Tasso o El paraíso perdido de Milton, que vamos a comentar. Todos estos escritores aspiraban a ser considerados un nuevo Virgilio y a alcanzar, a través de su obra, esa misma fama secularmente envidable de la Eneida.

    Pero al mismo tiempo todos estos grandes creadores tenían muy claro que la premisa fundamental para ser un nuevo Virgilio era ser, sobre todo, nuevos. Por ello, esa anhelo de gloria se proyectó sobre una imprescindible originalidad en sus nuevas obras y en ese esfuerzo creativo estuvo, precisamente, el mayor acierto del gran poeta inglés John Milton en su Paradise lost. Antes de él, los grandes  épicos  europeos –Petrarca, Ronsard, Ercilla, Camôes...- habían intentado competir con Virgilio ensalzando a un Augusto local o a una nueva Roma. En otros casos, el ámbito de la emulación se vinculó sobre todo a la creación de un mundo original y atractivo para la narración épica. Eso había hecho Dante a su manera y de una forma mucho más virgiliana lo volvieron a intentar Ariosto, Lope o el Tasso. Frente a todos ellos, Milton dobla la apuesta: traslada no solo el mundo épico de Virgilio, sino también su tono literario, la estructura de su ficción y su empeño filosófico-moral, al ámbito sagrado de la religión. Milton va a ser el primero en pretender escribir una Eneida bíblica, el primero en querer ser un Virgilio profeta.

    El paraíso perdido es una épopeya bíblica que desarrolla tan solo los tres primeros capítulos del Génesis a lo largo de doce cantos y más de 10.000 versos. La diferencia entre el reducido motivo literario inicial y su amplísimo desarrollo poético ya evidencia que el texto bíblico no es más que una excusa, un punto de apoyo, para una obra cuyos intereses van mucho más allá de la paráfrasis. Paradise lost es la cumbre artística del puritanismo inglés, obra maestra de un intelectual que, cerrado el ciclo de su actividad política en el gobierno de Cromwell, intentaba, ciego y anciano, preservar el mundo moral al que había consagrado su vida en una epopeya que le sobreviviera. De este modo, el Paraíso de Milton es una Eneida sin Augusto y también, por lo tanto, una Eneida sin Roma. Milton no escribe para Cromwell ni para Inglaterra. Paradise lost es una epopeya de la Humanidad, algo con lo que desde Dante nadie se había atrevido en Europa.

    Parece ser que El paraíso perdido fue concebido por John Milton durante su juventud como pieza de teatro pero de esa primera fase solo han llegado hasta nosotros resúmenes del argumento y nada hace pensar que un Paraíso dramático pudiera haber tenido algún interés especial. Sin embargo, entre 1660 y 1663, con más de 50 años, un Milton ciego, desengañado de la actividad pública y política pero aún combativo, centró todas sus energías en la composición de su epopeya. El texto se publicó en una primera edición en diez cantos en 1667 y en su edición definitiva, doce cantos propios de otra Eneida, en 1674, el mismo año en que moría el autor. Entre estas dos ediciones Milton escribió y publicó, en 1671, El paraíso recobrado, otra epopeya bíblica, basada esta vez en los versículos evangélicos de las tentaciones de Jesús en el desierto, claramente menor.

    Desde su publicación, los lectores de todas las épocas se han sentido atraídos por esta epopeya virgiliana de la Humanidad por variadas razones. En primer lugar, por el inmenso poder creativo de la lengua de Milton, capaz de reconstruir el universo primigenio como Homero había reconstruido el Mediterráneo mítico de su Odisea o Dante el Más Allá teológico de la Edad Media. Otro de sus atractivos es su trabajada coherencia intelectual. Paradise lost ofrece a sus lectores una profunda reflexión artística sobre la presencia del Mal en el mundo, sobre la relación difícilmente justificable de Dios con el pecado, sobre la trágica libertad del Hombre, sobre su fragilidad, sus sombras. Pero nada de todo eso ahoga el desarrollo narrativo de la obra. Por encima de todas estas inquietantes y complejas cuestiones morales sobrevuela y las envuelve el poderoso lenguaje poético de Milton, la riqueza de su vocabulario, su compleja sintaxis barroca, el uso magistral de ese nuevo y poderoso hexámetro virgiliano que es el blank verse inglés.

    Paradise lost nos convierte a todos nosotros, a sus lectores, en cuanto seres humanos, en el centro de una tragedia en la que llegamos a sentirnos honrados de actuar. Frente a nosotros se alza un enemigo poderoso, al que no podemos superar y cuya única finalidad es vencernos: Lucifer. Su grandeza es la medida de nuestra derrota pero también de nuestro poderoso destino. Creados como hijos predilectos de Dios, defendidos en el Cielo por el propio Hijo, libres para hacer frente a ese enemigo desigual, el Ser Humano, nosotros, ha de encarar esa derrota previa a la auténtica Victoria.

    Los dos cantos finales, con la esperanza final en una Salvación futura dotan a la obra de una válvula de escape que compensa la angustia que el lector siente por la fatuidad de Eva, por la fragilidad de Adán, incapaces cualquiera de los dos –cualquier ser humano- de hacer frente al equívoco y poderoso Lucifer, y por esa desdichada Humanidad a la que su propia debilidad privó del magnífico regalo del Paraíso, que Dios había dado a nuestros padres. Como si, caído Eneas a los pies de Turno, en una inesperada Nekia final Anquises mostrara igualmente el nacimiento futuro de Augusto, Milton nos ofrece a todos los hombres, arrojados del Paraíso, esa grandiosa perspectiva inmortal del Cristo como colofón de su obra. [E. G.]

EDICIONES DIGITALES

    Texto original: http://www.dartmouth.edu/~milton/reading_room/pl/book_1/text.shtml

    Traducción alemana: http://www.zeno.org/Literatur/M/Milton,+John/Epos/Das+verlorene+Paradies

    Traducción francesa: http://www.samizdat.qc.ca/arts/lit/Paradis_perdu.pdf

    Traducción castellana: http://biblioteca.org.ar/libros/656292.pdf