RELATOS DE I. B. SINGER: ECOS DE UN MUNDO PERDIDO

 

    ¿Qué valor tiene reconstruir un mundo desaparecido? ¿Qué sentido preferir una lengua tan minoritaria que puede considerarse muerta? ¿Qué interés unos relatos marcados por su localismo, su anacronismo y su extravagancia, al margen de cualquier moda, movimiento literario o grupo artístico relevante? Los relatos de Isaac Bashevis Singer, lo más selecto y depurado de su producción literaria, destacan por su excepcionalidad. Y desde ese punto de vista nos interrogan sobre una de las cuestiones más interesantes de la relación entre literatura y realidad: la implicación del escritor con el mundo en el que escribe. I. B. Singer es el mejor ejemplo de uno de los límites de esa relación: el escritor que escribe desde otro mundo.

    En realidad, la obra del judío ruso-polaco estadounidense Isaac B. Singer dio comienzo en un contexto literario mucho menos excepcional. Siguiendo a su hermano mayor en Varsovia, Singer comenzó a escribir en los periódicos yidis, tradujo a Knut Hamsun y a Thomas Mann y llegó a alcanzar cierta notoriedad con la publicación de su novela Satán en Goray en 1932. Durante esos primeros años de su carrera literaria, Singer no dejaba de ser un mero escritor costumbrista de ideas renovadoras, preocupado, como todos los intelectuales judíos de su época, por la integración de las comunidades más tradicionalistas en el nuevo mundo nacido en Europa del Este tras la I Guerra Mundial. En ese momento, sus relatos contaban con el público propio de cualquier movimiento nacionalista del XIX: miles de lectores que compartían con el escritor una problemática social bien conocida y veían surgir con temor y esperanza un nuevo mundo que exigía cambios radicales para la supervivencia de la comunidad. La propia lengua, los medios de comunicación, una cultura compartida y una problemática común justificaron e incluso parece que hacían necesaria la existencia de ese costumbrismo. Se trató de un proceso general en toda Europa, común a España o a Rusia a lo largo del siglo XIX pero que en la literatura y la cultura yidis se concretó de forma tardía en el primer tercio del siglo XX.

    Todo esto cambió, sin embargo, poco después de la partida de Singer para EE.UU. en 1935. Solo diez años después, cuando ya trabajaba para el Daily Jewish Forward y lograba su primer éxito con La familia Moskat, el mundo original del escritor había desaparecido por completo. Por un lado, el inhumano exterminio de los campos de concentración nazis había acabado con la totalidad de las comunidades judías tradicionalistas de Polonia y Bielorrusia y con casi todo el mundo asimilado que Singer había alcanzado a conocer en la Varsovia de su juventud. Pero, además, la reacción hebrea, forzando la creación de un hogar nacional en Palestina, impidió cualquier tipo de reconstrucción posterior de una nueva sociedad judía en Centroeuropa. No existía y no iba a existir en adelante un nuevo público para los relatos de Singer y el propio costumbrismo yidis carecía ya de sentido.

    Se dirá que Singer podía escribir todavía para la comunidad judía de EE.UU, inmensa y poderosa. Ciertamente, pero el sentido de su trabajo había cambiado por completo. Desde ese punto de vista, sus obras no podían ser más que añoranzas de un mundo perdido, reconstrucciones amables de cuadros de infancia, viejas postales en las que poco a poco nadie reconoce a nadie.

    Los relatos de Singer son mucho más que eso, mucho más que recuerdos y nostalgia. I. B. Singer siguió escribiendo sus historias de rabinos y de schlemiels, de matarifes rituales y de tenderos de pueblo, de casamenteros y de viudas, no para consolar o contentar a los supervivientes polacos sino porque siempre creyó que esas viejas historias judías eran mucho más que costumbrismo. Singer ejemplifica mejor que ningún otro gran escritor europeo hasta qué punto el localismo es una de las más poderosas fuentes de universalidad.

    Tomemos un cuento al azar, El abuelo y el nieto, que apareció en inglés en la colección de relatos A Crown of Feathers, en Nueva York en 1973. La ambientación, como en tantos otros relatos de Singer, nos traslada a la Polonia rusa de principios del siglo XX en la que nació el autor. Un primer dato a tener en cuenta es que probablemente ni uno solo de los lectores americanos de Singer se hallaba en condiciones, a mediados de los años 70, de vincularse anímicamente a ese escenario narrativo. Singer habla de una Varsovia tan ajena a sus lectores como el París de Quasimodo a los lectores de Hugo. Sin embargo, el problema que Singer plantea en su relato, más allá de la decoración jasídica, es una cuestión eterna de la literatura y de la vida: la difícil relación entre generaciones de una misma familia. El abismo que se abre entre Reb Mordecai Mer y su nieto es el mismo que antes había intentado reflejar Turgueniev en Padres e hijos o el que separa a Pleberio de su desgraciada hija Melibea: cómo compaginar las diferencias personales con los lazos del amor familiar, cómo dar el salto de una vida tradicional y previsible al mundo moderno, inestable y peligroso.

    La grandeza de Singer no está en la fiel reconstrucción de una sociedad condenada a la desaparición ni en su elección de una lengua también a punto de convertirse en una lengua muerta. Su grandeza procede de que fue capaz de darse cuenta de que su fidelidad a ese mundo y a esa lengua, que constituían los elementos nucleares de su experiencia literaria, eran lo que le iba a permitir dar forma a una larga serie de personajes, situaciones y relatos que, precisamente por su extravagancia –ningún lector puede hoy en día identificarse con ellos- favorecían su universalidad.

    Hay que reconocer, además, que en algunos casos esa opción del escritor por un mundo tan concreto resulta casi excesiva desde una perspectiva histórica. Algo existe, por ejemplo, es un cuento publicado en 1970 en inglés en el recopilatorio A Friend of Kafka. La localización vuelve a ser Varsovia en un momento indeterminado de principios del siglo XX y el tema plantea igualmente un problema filosófico de alcance universal: la existencia del Mal en el mundo y su conflictiva relación con la existencia de Dios. El propio Voltaire hubiera podido darle a leer este cuentecillo a su Cándido. De nuevo también el protagonista es un rabino ashkenazí, Nechemia de Bechev, que, agobiado por el mal que hay en el mundo, decide enfrentarse a la indiferencia de Dios. Copio un fragmento:

    “El rabino había oído hablar de las persecuciones en Rusia. Patanes como estos [unos polacos que le acompañan en el tren] mataban hombres, violaban mujeres, saqueaban y torturaban niños”.

    La fidelidad del autor a su mundo narrativo le impide recurrir a la opción más evidente para un escritor judío de la segunda mitad del siglo XX: el Holocausto. Un judío centroeuropeo que vio como casi toda su familia y todo el mundo al que pertenecía era exterminado por la vesania nazi, echa la vista atrás para reflexionar sobre el Mal en el mundo y renuncia a mencionar las cámaras de gas. Es algo inaudito. Cuando toda una nación ha hecho de la Shoá una hipócrita salvaguarda moral e incluso su propia justificación histórica, el más importante escritor judío europeo del siglo XX prescinde de ella, insiste en constreñirse a su propio territorio literario, y se limita a recordar los pogromos rusos del XIX.

    Singer renunció de antemano al camino fácil que le hubiera convertido en un apologista más del nuevo orden hebreo o en otro de los muchos escritores judíos norteamericanos. Optó por mantener su fidelidad a una lengua minoritaria y moribunda y a un viejo mundo europeo ya desaparecido porque lo que de verdad le interesaba iba mucho más allá de Israel o de los EE.UU. Fue una apuesta arriesgada y en muchos momentos incomprendida. Acertó. [E. G.]