ALEMÁN: LA LENGUA MAYOR DE CENTROEUROPA

     El alemán, como el italiano, es en origen una lengua literaria, pero, además y a diferencia del italiano, es también una lengua religiosa. La existencia actual del alemán como lengua unificada procede, pues, de un doble proceso: la reacción religiosa frente a Roma en el siglo XVI y el desarrollo del proceso de unificación nacionalista desde principios del siglo XIX.

     En principio el alemán, como el resto de las lenguas germánicas, hubo de cargar durante toda la Edad Media con el peso de su descrédito frente al latín, que las colocaba en un nivel inferior no solo a esta lengua sino también a las lenguas romances, cuyo parentesco con la lengua de cultura europea por excelencia dotaba a estas de un cierto prestigio al que los dialectos medievales no románicos no podían aspirar. Además, incluso frente a otra lengua germánica, el inglés, que pudo pasar a ser la lengua oficial de un estado unificado e insular a partir del siglo XIV, el alemán no contó con ese prestigio político puesto que la variedad administrativa del Imperio se correspondía con una gran variabilidad dialectal en sus diferentes territorios. De este modo, en el siglo XV, aunque existía un cierto alemán común que se utilizaba sobre todo en las comunicaciones escritas en el nivel administrativo, la diversidad dialectal en el ámbito oral era enorme y tendía a la incomunicabilidad.

     El primer cambio en esta situación tuvo lugar en el siglo XVI y estuvo ligado a la reforma religiosa predicada por Lutero. Al formar parte esencial de la nueva predicación la lectura directa de los textos bíblicos, Lutero se vio impelido a la traducción del original hebreo a la lengua alemana y para ello hubo de seleccionar uno de sus dialectos, que a él le pareció el más inteligible para todos los habitantes del Imperio, el de Turingia. A partir de este momento, debido al inmenso éxito y la gran difusión de la traducción luterana de la Biblia, ya se puede hablar de un alemán literario unificado, al menos en el contexto religioso.

     El siguiente paso se dio en los siglos XVIII y XIX. Como en Italia, la unificación política de Alemania supuso la unificación lingüística a partir de una lengua literaria común que ya se había impuesto con anterioridad, en este caso, en la segunda mitad del siglo XVIII. En esta época, al generalizarse el Neoclasicismo por toda Europa a partir de un modelo francés, no directamente latino, las clases cultas de otras regiones de Europa comenzaron a sentirse liberadas de su dependencia de la lengua de Roma. De este modo, se fue generalizando la utilización de la lengua propia, el alemán, como lengua de prestigio cultural y literario. La ausencia, todavía, de unidad política hizo que se recurriera por un lado a la variedad religiosa desarrollada por Lutero, y por otro, a los modelos de mayor prestigio literario del momento, Schiller y Goethe. Precisamente, tanto Schiller como Goethe vivieron la mayor parte de su etapa literaria productiva en Weimar, en la región de Turingia, por lo que los rasgos dialectales de esta región se vieron impulsados definitivamente como características propias de la lengua alemana común.

     De este modo, aunque la unificación provino finalmente, a mediados del siglo XIX, de una región periférica, Prusia, el modelo lingüístico culto y escrito que se mantuvo, incluso en zonas como Suiza y Austria, que quedaron fuera de la unificación, fue el que se había consolidado con anterioridad a partir del dialecto de Turingia. En todo caso, debido a lo tardío de la unificación y a la inexistencia de un centro político poderoso que imponga una normativa general, una gran cantidad de dialectos alemanes han llegado hasta la actualidad en el registro oral, sobre todo en el ámbito rural. [E. G.]