TRAGEDIA: PASIÓN, ANGUSTIA, MUERTE Y CATARSIS

     La tragedia es uno de los grandes subgéneros teatrales que la cultura europea heredó de la antigua Grecia. Además, la historia de la tragedia europea refleja de una forma especialmente ejemplar las vicisitudes de las relaciones culturales entre nuestra cultura y su predecesora grecorromana.

     De acuerdo con el análisis de Aristóteles en el siglo IV a. C., la tragedia presentaba unas características propias y precisas, que se oponían de forma sistemática a las de otro subgénero teatral de prestigio, la comedia: personajes nobles, temática y lenguaje elevados, final desgraciado. Por supuesto, el teatro de la Antigüedad no se limitaba a Comedia y Tragedia. En Roma, por ejemplo, tuvo especial importancia el desarrollo del Mimo. Pero en lo que a nosotros nos interesa, el teatro europeo, es la antítesis Tragedia / Comedia lo que nos va a permitir comprender mejor la evolución de nuestros propios subgéneros dramáticos. En realidad, no se trata solo de la existencia de dos modelos de creación artística específicos sino, sobre todo, de las pautas de reconstrucción de todo el sistema teatral antiguo que se esforzaron por fijar los intelectuales europeos desde principios del Renacimiento.

     De esa Antigüedad clásica, mucho más compleja, sobrevivieron a través de la Edad Media tan solo un puñado de textos de gran calidad literaria vinculados, además, a una serie de autores aureolados con un inmenso prestigio cultural. Por un lado estaba la tríada de trágicos griegos –Esquilo, Sófocles, Eurípides-, considerados durante más de un milenio como los creadores de mayor trascendencia intelectual y filosófica en el ámbito dramático. A ello había que sumar otra tríada de autores cómicos –Aristófanes, Plauto y, sobre todo, Terencio-, que vendrían a darles la réplica en el otro subgénero, de menor prestigio intelectual pero igual de clásico. A la hora de la verdad, casi todo el resto del teatro antiguo careció de relevancia a la hora de dar forma al teatro europeo durante el siglo XVI. Solamente habría que añadir a otro autor trágico, el romano Séneca, cuya importancia, sin embargo, en el ámbito de la creación literaria, fue aún mayor que la de los anteriores, con la excepción de Terencio. La figura de Séneca resulta especialmente interesante, además, porque su teatro no aparecía vinculado a ningún modelo de representación particular, como la tragedia griega o la comedia grecorromana, por lo que su influencia se centraba en los aspectos puramente textuales y en unas características de la puesta en escena que no dejaban de ser puramente virtuales, ya que no constaba la representación real de esas obras. Sin embargo, esto era precisamente lo que más interesaba a los autores de teatro de la segunda mitad del siglo XVI, completamente incapacitados por su contexto social para reconstruir la verdadera escena de la Antigüedad y necesitados de justificaciones de prestigio para los recursos novedosos y de éxito que les interesaba subir a las tablas.

     La tragedia europea, por lo tanto, aparece en la Etapa Clásica como un paradigma de los esfuerzos de los dramaturgos europeos por reconstruir sobre un nuevo modelo de representación básicamente improvisado los textos antiguos de prestigio recuperados tras la debacle medieval. Así, encontramos personajes aislados que responden de forma ingenua al nombre de Coro en la Numancia de Cervantes o el Romeo y Julieta de Shakespeare, matanzas interminables en escena al gusto de Séneca en las obras de Marlowe, o grandes dramas filosóficos y morales de la más pura raigambre sofóclea en el teatro aristotélicamente poco ortodoxo de  Calderón  o de Racine. Así pues, durante este primer periodo de recuperación de la tragedia, predomina todavía el interés comercial por adaptar el género a los gustos del público que lo sostiene en escena, lo cual hace que, desde un punto de vista técnico, haya que hablar más precisamente en casi todas estas obras de tragedias impuras o de tragicomedias.

     Posteriormente, el subgénero de la tragedia se ve sometido a una mayor presión purista durante el neoclasicismo francés, cuando la oposición Tragedia / Comedia llega a convertirse en el modo básico de interpretar la propia existencia del género dramático europeo. En época de Racine, incluso la férrea distinción entre comediógrafos y trágicos heredada de la Antigüedad parece imponerse entre los escritores, que van a especializarse en uno de los dos géneros. De todos modos, se trataba de un modelo creativo demasiado artificial, vinculado a un contexto de producción muy restringido y controlado por unos censores del gusto demasiado restrictivos como para imponerse a largo plazo o en una amplia escala. A mediados del siglo XVIII, incluso en la época del triunfo escénico de Voltaire, la tragedia era ya un género circuscrito a las clases sociales más altas de Europa y su influencia sobre el conjunto de la cultura del continente se hallaba en franca decadencia. Por ello, su sustitución por el drama romántico en la primera mitad del siglo XIX fue rápida y casi definitiva.

     Por último, a finales de ese mismo siglo todavía se produce una nueva resurrección del género trágico, gracias sobre todo al éxito del teatro de Ibsen y al margen ya de las presiones clasicistas. Se trata de una tragedia burguesa, que adopta las características básicas del género clásico a un nuevo lenguaje, menos elaborado, y una nueva clase social con la que una mayor parte del público puede volver a sentirse identificada. Desde entonces, y a lo largo de todo el siglo XX, la tragedia ha ido manteníendose como un género de menor presencia en los escenarios pero de gran prestigio, con características cada vez más similares a las del drama y obras de gran renombre e influencia como el Calígula de Camus. [E. G.]