SÁTIRA: EL GÉNERO DE LA CRÍTICA, LA IRONÍA Y EL HUMOR

 

    La sátira es el subgénero literario europeo de mayor raigambre latina. Aunque sus orígenes temáticos como crítica social e individual se remontan a los primeros tiempos de la literatura griega, en los yambos de Semónides o las comedias de Aristófanes, la “satura” como subgénero poético es una creación propiamente romana, atribuida sobre todo a Lucilio, poeta del círculo de los Escipiones del siglo II a. C. Sin embargo, debemos anotar aquí también otro modelo, la sátira menipea, mezcla de verso y prosa, creada por el filósofo cínico griego Menipo en el siglo III a. C., que ya había sido adaptada al latín por Varrón en el siglo I a. C. Pero será en el siglo siguiente cuando el género de la sátira quede consagrado definitivamente en la literatura latina tanto en su variedad menipea (Apocolocyntosis de Séneca y Satyricon de Petronio) como en su modalidad lírica (Sátiras de Horacio, Persio y Juvenal). Del siglo II d. C. son, por último, las sátiras menipeas de Luciano de Samosata, en griego, de tanta influencia en la literatura europea del Renacimiento.

    Huelga decir que todos estos modelos de sátira antigua, que carecían de correlatos culturales en la literatura judeocristiana y mucho más en la germánica, desaparecieron por completo durante el periodo de transición de la cultura grecorromana a la europea. Como sucedió con el teatro, solo sobrevivieron unas cuantas colecciones de textos descontextualizados que, además, carecían del prestigio clásico de Terencio o Virgilio. Por ello, la reconstrucción de la sátira como subgénero literario en Europa habrá de esperar hasta la consolidación del Humanismo renacentista ya en los siglos XV y, sobre todo, XVI. Es cierto que las figuras literarias de Luciano o Juvenal fueron bien conocidas en Europa durante toda la Edad Media pero el concepto de literatura “satírica”, es decir, la idea de escribir textos literarios con el objetivo de reírse de la sociedad, de los poderosos o de algún individuo en particular, carecía de sentido en una Europa cristiana para la que la cultura debía consagrarse a la salvación de las almas y la organización del estado de acuerdo con los designios de la divinidad. La carencia de preocupaciones religiosas en los modelos satíricos clásicos fue la principal dificultad para que esta resultara atractiva para la sociedad europea medieval.

    Por el contrario, a partir del siglo XVI el género satírico fue recibido con todos los honores entre los intelectuales europeos. Por un lado, la sátira se presentaba con las prestigiosas credenciales de su adscripción clásica. La reconstrucción del imaginario cultural grecolatino, que era la meta ideal de los humanistas, exigía recuperar un género tan apreciado por los romanos. Por otro, la propia evolución literaria de la Etapa Clásica fue haciendo cada vez más atractivos a autores como Juvenal o Petronio, que permitían superar el modelo clasicista, avanzando hacia lo que acabará siendo el Barroco. Por último, la sátira fue convirtiéndose, incluso, en uno de los componentes estructurales de la sociedad europea moderna que, más allá de consideraciones estrictamente religiosas, valoraba ya el papel de la literatura como espejo crítico de la sociedad.

    Desde un punto de vista estrictamente literario, hay que tener en cuenta los dos modelos satíricos con que los humanistas trabajaron. Uno, la sátira menipea a la manera de Luciano de Samosata, en prosa, con una mayor libertad creativa y menores pretensiones literarias. Los principales ejemplos de la influencia de este modelo se pueden encontrar en el Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam y el Gargantúa y Pantagruel de Rabelais. Erasmo, sobre todo, consiguió adaptar de forma magnífica el modelo clásico original al contexto intelectual de sus contemporáneos, en uno de los procesos de recreación literaria más exitosos de todo el Renacimiento. El otro modelo era el de las sátiras poéticas a la manera de Horacio y Juvenal. En este caso fueron sobre todo los líricos europeos del Barroco como Quevedo, Donne y Huygens los que intentaron adaptar esas formas latinas a la creación literaria en lengua vulgar. Para ello aprovecharon formas poéticas de gran tradición ya para entonces como la epístola en verso o la canción petrarquista. Sin embargo, en muchos casos sátira y epigrama se entremezclan en formas de raigambre italiana como el soneto que no responden en realidad a ninguno de los dos modelos.

    No es de extrañar, por lo tanto, que en los siglos XVII y XVIII, con el éxito generalizado del Neoclasicismo francés -la Sátiras de Boileau se remontan a mediados del XVII-, y la exigencia de un mayor respeto a los modelos clásicos, se pretenda restaurar el prestigio del género con textos de tanto éxito en su momento como Los Caracteres de La Bruyère, determinadas obras de Dryden o La Dunciada de Pope.

    Sin embargo, a partir del siglo XIX, el concepto literario de la sátira ha sobrevivido en la historia de la literatura europea no como un subgénero independiente sino como un motivo literario más, relacionado con el humor y, sobre todo, la burla. Así, los elementos satíricos son fundamentales en varios subgéneros dramáticos como el esperpento de Valle-Inclán o el teatro expresionista de Brecht; también se consideran satíricos buena parte de los cuentos más famosos de Chéjov, sobre todo en su primera época, y novelas de ficción tan populares como Rebelión en la granja de Orwell. De hecho, el papel del escritor como documentalista crítico y mordaz de la sociedad en la que vive parece ser definitivamente una característica esencial de la cultura europea. [E. G.]