MÍSTICA: VERSOS DE AMOR PARA UN DIOS ÍNTIMO

    El misticismo no es un fenómeno específicamente lírico o literario. Se trata de una vivencia religiosa y, por lo tanto, ha de referirse al ámbito de la metafísica y, más en concreto, de la teología. Es más, la mística se considera una experiencia íntima inefable, lo cual, en teoría, la dejaría al margen de la comunicación literaria. Sin embargo, todos los grandes místicos han sentido la necesidad de transmitir su experiencia personal a quienes los rodeaban y esa voluntad de comunicación exige el uso de la palabra. Transmitir mediante palabras lo que en sí es inefable se convierte, por lo tanto, en un reto literario consustancial a la mística, de ahí que los místicos figuren siempre entre los mejores escritores de sus respectivas culturas.

    La experiencia mística, además, parece ser común en las más diferentes sociedades humanas. De alguna manera, más o menos estandarizada según de qué cultura se trate, el místico puede sentir que su esencia individual abandona la materialidad de la vida cotidiana y se proyecta hacia un ente superior en una especie de “viaje” y de “unión” que le permiten acceder a una realidad más auténtica. Tras un cúmulo de sensaciones imposibles de evocar por completo a través de las palabras, el místico regresa a su situación anterior con la consciencia del vacío dejado por ese momento de plenitud vivido. Experiencias místicas de este tipo pueden recogerse en la tradición sufí musulmana, en determinadas prácticas de la Cábala hebrea o en la búsqueda del nirvana budista.

    En nuestra cultura, la experiencia mística ha estado vinculada a la historia del Cristianismo y a determinadas modalidades de la vida espiritual europea como la institución del monacato, la práctica de la áccesis y el concepto de santidad. Así, los místicos cristianos han sido tenidos por personas especiales, agraciadas por Dios, en virtud de sus méritos personales, con esos momentos de íntima unidad con su Señor. Ciertamente, el misticismo cristiano es anterior a la caída del Imperio Romano y debe considerarse, por lo tanto, como una de las herencias seminales de Europa, pero, como todos los grandes conceptos culturales heredados de la Antigüedad, hubo de readaptarse a la realidad europea de la Etapa Constituyente. No es una casualidad, por lo tanto, que la mística europea cobrase un nuevo auge a partir del siglo XII, en una época de renacimiento marcada por ecos del neoplatonismo y una mayor influencia de la teología de san Agustín. Resulta interesante constatar, además, que encontramos a los escritores místicos de más renombre en regiones marginales de la Europa bajomedieval; esto se debe, acaso, a que la presión de los cánones culturales en esas zonas era menor y el autor se sentía menos condicionado por las expectativas de sus lectores. La primera gran mística europea fue Hildegarda de Bingen, que vivió en ese mismo siglo XII en las tierras del Imperio. Tras ella, se desarrolló lo que se conoce como mística renana, cuyo impulsor fue el maestro Eckhart en la primera mitad del siglo XIV, que tuvo importantes continuadores como Heinrich Sus en Renania o Jan van Ruysbroek en los Países Bajos. Pero en esa época la expresión literaria de la experiencia mística tomaba forma, sobre todo, de tratado, por influencia de la teología escolástica.

    La lírica mística va a pretender, más que explicar racionalmente o mediante alegorías esa unión del alma con Dios, transmitir al lector las sensaciones y los sentimientos que el creyente gozaba en esos instantes de dicha inefable. Se trata, por lo tanto, de un esfuerzo comunicativo que descuenta por adelantado su propio fracaso. El voluntario riesgo de esta apuesta literaria autoriza a los poetas místicos a intentar forzar todos los recursos que la lengua literaria pone a su alcance con una libertad que no suele hallarse en ningún otro género de la literat ura europea clásica. El principal foco de esta lírica mística europea apareció en Castilla en la segunda mitad del siglo XVI con dos grandes escritores que muy pronto fueron reconocidos también como santos por la Iglesia católica -e incluso, más tarde, como Doctores- precisamente por sus experiencias místicas: Teresa de Cepeda y Juan de Yepes, es decir, santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz.

    En la lírica de estos grandes poetas y, sobre todo, en la de fray Juan de la Cruz, se produce una extraña, arriesgada y exitosa conjunción de la experiencia religiosa más sublime del Cristianismo, de acuerdo con las pautas ya establecidas por la mencionada mística renana, y dos de los lenguajes poéticos de mayor tradición y prestigio en la cultura europea, la lírica amorosa petrarquista de origen medieval y la lírica hebrea clásica del Cantar de los Cantares. San Juan de la Cruz aprovecha todo el legado poético de la lírica italianizante adaptada al castellano por Garcilaso de la Vega y los poetas del Primer Renacimiento y vierte dentro de sus moldes formales y lingüísticos una experiencia religiosa personal que, a su vez, él identifica, de manera alegórica, con la expresión literaria de los amores atribuidos a Salomón, cuyo prestigio en la cultura católica estaba asegurado por tratarse de un libro de la Biblia. El lenguaje poético de sus poemas mayores se caracteriza por la elegancia, la musicalidad, la sonoridad y el decoro propios de la lírica amorosa de la época; sin embargo, la libertad conceptual que le exigía su voluntad de expresar un sentimiento que iba más allá de las palabras y la “extravagancia” estética de un texto como el Cantar de los Cantares, ajeno, en origen, a nuestra civilización, influyen para hacer de la poesía de san Juan de la Cruz una de las grandes cimas estéticas de la cultura europea.

    Tras san Juan y santa Teresa, la lírica mística queda establecida como uno de los modelos de expresión religiosa de mayor prestigio. De ahí que a partir del siglo XVII encontremos otros escritores místicos de renombre lejos de la península ibérica, de nuevo en el Imperio, tanto entre las confesiones evangélicas –Böhme- como entre los propios católicos -Silesius- y, ya en el siglo XVIII, en otros países de cultura protestante como la Inglaterra de William Blake y la Suecia de Emanuel Swedenborg, lejos en ambos casos de las iglesias cristianas oficiales. Hay que tener en cuenta que algunas confesiones evangélicas, al poner en un primer plano la relación directa del fiel con su dios, favorecían la búsqueda de este tipo de experiencias religiosas. Sin embargo, a su vez, estas mismas iglesias solían considerar la poesía como un divertimento inapropiado para tratar los asuntos religiosos. Con todo, la autonomía intelectual y espiritual de los dos últimos escritores mencionados favoreció la desvinculación de la experiencia mística de cualquier religión establecida y, a partir de ahí, la pérdida de influencia de la teología sobre la lírica religiosa posterior.

    La Etapa Disolvente, que en la cultura europea se ha caracterizado desde el punto de vista espiritual por el desprestigio de la religiosidad institucionalizada, ha traído consigo la multiplicidad y en cierto modo, la banalización de la experiencia mística. La búsqueda de la trascendencia a través de la literatura se ha ido plasmando cada vez más en una lírica panteísta donde se aboga por la vida en comunión con la Naturaleza y también en una lírica metafísica donde la plenitud del poeta se logra a partir de la propia autoexploración. Destacan en este sentido los grandes poetas de la poesía pura de la primera mitad del siglo XX como el Paul  Valery  de El cementerio marino o los poemas anti-místicos de Alberto Caeiro, el heterónimo de Pessoa. Mucho más cercano a la experiencia mística tradicional en la cultura europea se halla el   Juan Ramón  Jiménez  de Dios deseado y deseante. [E.G.]