AFORISMOS: LA CONDENSACIÓN DEL PENSAMIENTO

 

    En la actualidad se suele llamar “aforismo” a una sentencia o razonamiento breve al que se concede validez y prestigio de acuerdo con un juicio subjetivo generalizado. Se trata, pues, de una declaración u oración de una o unas pocas líneas que pretende expresar un principio racional de manera concisa, coherente y en apariencia cerrada.

    La palabra “aforismo” es un cultismo griego que ha llegado a las lenguas modernas a través del sustantivo latino “aphorismus”, procedente a su vez de la palabra ἀφορίσμός, del campo léxico del verbo ἀφορίζειν, ‘definir’. Etimológicamente, pues, un “aforismo” era una “definición” y su origen técnico está vinculado a la terminología médica de la Antigüedad. Los primeros “aforismos” concebidos como tales fueron los de Hipócrates, del siglo V a.C. Este gran médico griego divulgó sus Aforismos como una serie de proposiciones relativas a los síntomas y al diagnóstico de determinadas enfermedades. A partir de ahí, el concepto fue aplicado de forma más amplia a las ciencias de la Naturaleza y, posteriormente, generalizado a todo tipo de principios científicos contrastados a través de la experiencia. En este ámbito experimental se mantuvo el término durante siglos.

    Solo recientemente, durante la Etapa Clásica de la cultura europea, se amplió la utilización del término “aforismo” a otros ámbitos del conocimiento, relacionados con las disciplinas humanísticas. Por ello, en el campo de las Humanidades, “aforismo” comparte un significado muy similar al de otro cultismo griego,apotegma”, que en su origen hacía referencia a cualquier frase famosa de un gran personaje digna de reflexión. Aunque, en principio, la diferencia entre “aforismo” y “apotegma” tenía que ver con el diferente origen de la sentencia -científico/humanístico- en la actualidad vendrían a ser sinónimos, si bien hoy el término “apotegma” ha caído por completo en desuso.

    Otro de los subgéneros literarios más cercanos al aforismo es el del “epigrama”. En su origen el “epigramma”, también de origen griego, se caracterizaba por su carácter literario, al ser elaborado de acuerdo con códigos creativos predeterminados. No se circunscribía, pues, a una temática concreta, aunque pronto se especializó en dos ámbitos muy específicos, la sátira y la elegía. Más aún, con el tiempo, el epigrama latino se convirtió en el cauce más apropiado para creaciones breves de contenido burlesco, ridiculizante u obsceno. Por ello, en la Etapa Clásica al recuperarse el epigrama como otro de los subgéneros de prestigio clásico, se distinguió claramente del aforismo, que para entonces ya había adquirido su carácter intelectual, vinculado al pensamiento filosófico.

    Una última precisión es la que tiene que ver con la relación entre “aforismo” y otros términos del tipo “refrán”, “adagio” o “proverbio”, que también pertenecen al campo de la paremiología. En este caso, la diferencia está más clara puesto que al “aforismo” se le reconocería un origen culto y por lo tanto un autor concreto, mientras que los otros tres conceptos pertenecerían al ámbito de la cultura popular. De todos modos, como vemos en los propios títulos de algunas de las obras clásicas del género en Europa, el término “aforismo” suele ser equivalente a otros como “máximas”, “sentencias”, “pensamientos”… Ha sido más tarde, ya en la Etapa Disolvente, cuando la palabra “aforismo” ha acabado abarcando casi todo el campo léxico vinculado a la elaboración literaria de textos muy cortos de contenido filosófico e intelectual. Por ello incluso se ha generalizado la elaboración de colecciones de “aforismos” que en realidad son ramilletes de frases famosas entresacadas de los escritos de grandes filósofos de la Antigüedad como Séneca u obras literarias mucho más modernas como de los Ensayos de Montaigne o el teatro de Shakespeare.

    El siglo XVII fue la época de mayor auge de este tipo de literatura paremiológica culta, en consonancia con el estilo sentencioso del Barroco y su gusto por la agudeza y la sutileza intelectual. Podemos encontrar auténticos tratados centrados en la valoración literaria del aforismo, como la Agudeza y arte de ingenio de Baltasar Gracián, pero lo más valioso son, por supuesto, las recopilaciones de aforismos concebidas y publicadas como tales, entre las que destacan las Máximas del duque de La Rochefoucault. También dieron gran fama a este subgénero los Pensées de Blaise Pascal, de la misma época, y los Aphorismen de Georg Chr. Lichtenberg, ya de finales del siglo XVIII. Sin embargo, en ambos casos, nos encontramos ante publicaciones elaboradas tras la muerte de los autores a partir de sus anotaciones, por lo que no se puede asegurar que el libro fuera concebido como tal por ellos. En cualquier caso, las colecciones de aforismos han seguido publicándose en los siglos XIX y XX con ejemplos tan notables como algunas obras de NietzscheHumano, demasiado humano– o varias de las de Cioran –Aveux et anathèmes-.

    En la actualidad se considera que, gracias a algunos sistemas de comunicación digital caracterizados por la limitación de espacio para escribir, este estilo de escritura está viviendo un inesperado renacimiento, si bien desde el punto de vista literario no parecen haberse producido aportaciones significativas. [E. G.]