LITERATURA EUROPEA Y LITERATURA GRECORROMANA

 

    Una de las cuestiones más importantes que debe plantearse quien se propone definir el concepto de “literatura europea” es la necesidad o no de abarcar con él la literatura grecorromana compuesta en Europa entre los siglos VII a.C y V d.C. Debe reflexionar, por lo tanto, sobre un problema mucho más amplio vinculado a la relación genética de Europa con la Antigüedad Clásica. La cuestión es: ¿Homero, Arquímedes, Plauto o Marco Aurelio fueron “europeos” en el mismo sentido en el que consideramos que lo han sido Petrarca, Cervantes, Newton o Baudelaire? Quienes consultan esta web y han leído nuestra definición de “literatura europea” en esta misma sección de Fundamentos saben que nuestra respuesta a esa pregunta es negativa. Para nosotros, los cuatro primeros solo puedan ser considerados europeos desde una perspectiva geográfica, no en un sentido cultural. Sin embargo, un estudio literario reciente al respecto, elaborado a partir de encuestas realizadas en universidades de cinco países de la Unión Europea (Alemania, Italia, Portugal, Rumanía y España) y recogido en El canon de la literatura europea, comienza su lista de quince textos básicos con Homero y Sófocles. Conviene, por lo tanto, reflexionar más en profundidad acerca de una de las decisiones que con más han marcado la actual configuración de la Historia de la Literatura Europea que aquí desarrollamos: el rechazo a considerar la antigüedad grecorromana como parte integrante de la cultura europea.

    Nuestro principal argumento al respecto es la falta de continuidad histórica y cultural. No hace falta examinar con demasiado detalle la secuencia histórica de las tierras del suroeste de Europa a lo largo del primer milenio de nuestra era para comprobar esta discontinuidad. El mundo en el que vivieron Séneca y Plinio el Joven en los siglos I y II casi nada tenía que ver con aquel en el que vivieron ochocientos años después Alcuino y Hroswitha. Sin embargo, la Europa altomedieval de Carlomagno seguía siendo similar en buena medida a la de los grandes creadores de los siglos XVIII y XIX, como Byron o Flaubert, mil años después: la visión trascendentalista del Cristianismo, la compartimentación administrativa y lingüística regional, el propio concepto de la Antigüedad como un referente cerrado... Es cierto que, lo que no era más que un barniz grecolatino en la ficción imperial de Carlomago se había transformado hacia 1850 en uno de los núcleos fundamentales del pensamiento europeo, pero muchos siglos antes habían sido los elementos culturales más innovadores y menos "clásicos" de esa sociedad carolingia altomedieval los que habían servido de auténticos embriones del modelo europeo que habría de llegar hasta la primera mitad del siglo XX.

    Es fundamental, pues, dar su verdadera trascendencia a esa profunda cesura histórica que se produjo en los últimos siglos del Imperio Romano de Occidente, que provocó la creación de un nuevo esquema cultural, propiamente europeo, a partir del siglo VII.

    El mundo romano había sufrido un cambio radical ya a partir del siglo III debido a la influencia general de la nueva religión del Imperio. El Cristianismo no era solo un sistema de creencias nuevo para Roma sino, sobre todo, una religión extranjera, semita, ajena, por lo tanto, a su idiosincrasia. Es cierto que la cultura de la antigua República ya había conocido un proceso previo de profunda adaptación cuando, a partir del siglo II a. C. había renunciado a sus orígenes itálicos para asimilar la poderosa cultura de los griegos. Sin embargo, ese proceso que se había producido 500 años antes había sido muy diferente pues, hacia el año 250, para Roma no se trataba de adoptar de nuevo una cultura más desarrollada sino, por el contrario, de reestructurar su mentalidad de acuerdo con un nuevo modelo mucho menos sofisticado. Por ello, mientras que de la antigua cultura republicana apenas sobrevivió nada durante la Roma Imperial, el mundo clásico grecolatino hubo de ser necesariamente reacomodado en el Cristianismo por los propios Padres de la Iglesia. En resumen, hacia el año 400 el mundo romano del Bajo Imperio tenía ya poco que ver con el de la Antigüedad aunque se siguiera leyendo y comentando a Virgilio y el Emperador continuara diciéndose heredero de Augusto. Cuando en su parte occidental el propio Imperio desaparezca en el siglo V, lo único que sobrevive allí a la ocupación germana es una religión ajena a la tradición grecorromana y su lengua, el latín.

    Si hablamos de una cesura histórica como consecuencia de este colapso del Imperio de Occidente ha de tenerse en cuenta también su amplitud cronológica. Son casi 300 años durante los cuales la cultura de la Antigüedad estuvo a punto de desaparecer en esta parte de Europa. Suele considerarse a Boecio, cónsul de Roma, como el último representante de ese mundo antiguo capaz todavía de creaciones originales a principios del siglo VI. Deberíamos mencionar también a Sidonio Apolinar, obispo de Clermont-Ferrand, que escribía poesía latina a mediados del siglo V. Frente a ellos, nuestras páginas recogen la figura de Isidoro de Sevilla como primer representante de lo que hemos llamados los Orígenes de la cultura europea, ya en el siglo VII. Y tendríamos que esperar hasta siglo VIII, ya en época de Alcuino de York, para volver a encontrarar un nuevo mundo cultural coherente y con proyección de futuro en la corte de Aquisgrán. Es decir, aproximadamente entre el 450 y 750, entre Sidonio Apolinar y Carlomagno, el occidente europeo careció casi por completo de continuidad histórica y buena parte de lo que después será Europa –Flandes, Nápoles, Portugal, Bretaña, Castilla, Baviera, Provenza...- puede considerarse un auténtico desierto cultural.

    Entonces, ¿cuál es la relación entre la cultura grecorromana anterior al siglo VI y la cultura europea posterior al siglo VII? Porque tampoco se puede negar que las relaciones del pensamiento europeo con el mundo grecorromano han sido permanentes y privilegiadas durante toda nuestra historia. Para contestar a esa pregunta, fijémonos de nuevo en esos escritores del periodo de transición mencionados antes. Pese a la crisis de todo el sistema, Sidonio Apolinar y Boecio pertenecen todavía al mundo antiguo y practican la creación literaria dentro de un contexto social y unos modelos previos bien definidos por el periodo inmediatamente anterior. La poesía del obispo de Clermont-Ferrand, descendiente de una familia romana que contaba entre sus miembros con varios prefectos de las Galias y que defendió su ciudad de los invasores visigodos, y la filosofía del cónsul romano que dio nombre de acuerdo con las antiguas tradiciones al año 510 y fue ajusticiado por el rey ostrogodo acusado de colaborar con el emperador de Bizancio, representan el punto final de una secuencia cultural por la que se puede ascender hasta Plinio y Estacio, en un caso, y Séneca y Platón, en el otro. Por el contrario, Isidoro de León y Alcuino de York están ocupados en otro proyecto cultural muy diferente: reconstruir un mundo nuevo de acuerdo con lo que ellos consideran la imagen del anterior, aprovechando sus ruinas. Y de este proyecto de reconstrucción, tercamente sostenido a lo largo de cientos de años, proviene la gran trascendencia del mundo grecorromano en el desarrollo de la cultura europea: desde Isidoro de León hasta Nietzche la cultura de la Antigüedad ha sido para Europa una especie de espejo roto con cuyos fragmentos ha pretendido formar su propia imagen, la cantera de escombros con la que los europeos hemos decorado la fachada de nuestra nueva residencia, la fotografía desenfocada y desvaída donde querríamos ver un memorable recuerdo de nuestra infancia. Virgilio no fue un escritor europeo pero Europa se construyó intentando autoconvencerse de que lo había sido. [E. G.]