HISTORIA DE LAS LENGUAS DE CULTURA EUROPEAS

 

    Uno de los elementos básicos para la constitución, consolidación, difusión y pervivencia de una cultura es la existencia de una determinada lengua admitida como necesaria para el intercambio cultural entre grupos de usuarios múltiples y diversos. Este fenómeno es universal y tiene que ver con dos aspectos básicos de la historia de la Humanidad: la necesidad de comunicación entre sociedades diferentes y su también diferente grado de desarrollo. Cada grupo humano organizado se dota de un sistema lingüístico propio para su comunicación interna pero en algún momento, al entrar en contacto con otro grupo, experimenta la necesidad de acuerdos lingüísticos con el exterior. Para estos casos, innumerables, no hallaremos combinaciones equitativas; siempre, la lengua de uno de los grupos se impone en mayor o menor medida a la del otro. Las razones pueden ser múltiples y no es este el lugar de investigarlas, pero el proceso puede ejemplificarse con la situación actual. Desde mediados del siglo XX, el inglés se ha generalizado como lengua de cultura en toda Europa. Los estadounidenses han impuesto su superioridad cultural, comercial, política y militar a través de su lengua materna de una forma natural, por el mero peso de los hechos, y los demás, al menos en Occidente, hemos ido aprendiendo inglés para no quedarnos tirados en la cuneta de la Historia. De este modo, hoy en día la comunicación en el mundo de la cultura, de la tecnología, de la ciencia, de la política o de la moda se realiza con tanta naturalidad en inglés que la posibilidad de que algún otro país – España, por ejemplo, cuya lengua nacional es la tercera más hablada del mundo- pretenda utilizar la suya en términos de igualdad ni siquiera se plantea.

    En la historia de Europa el desarrollo y uso de lenguas de cultura para favorecer la comunicabilidad entre todos los europeos ha sido una constante pero, a diferencia de otras culturas, como la islámica, donde el árabe se ha mantenido como lengua común única, en Europa la lengua de cultura ha ido cambiando con el paso de los siglos. Esta particularidad es otro de los rasgos, y uno de los más importantes, de esa tendencia a la diversidad que es seña de identidad europea.

    En sus orígenes y durante todo un milenio, la lengua de cultura de los europeos fue el latín, una de las herencias más sólidas y definitorias que el mundo grecorromano legó a Europa. Es muy probable que sin el estrecho vínculo intelectual y religioso forjado por el latín como lengua de la Iglesia primero y como herencia de Roma después, el fraccionamiento provocado por la ocupación germánica hubiera hecho imposible el establecimiento de una cultura común. Sin embargo, ni la Iglesia romana ni las clases más cultas de los nuevos estados medievales renunciaron nunca a esta lengua común y fueron los propios germanos quienen acabaron prescindiendo de su lengua privativa en todos los ámbitos ajenos a su vida cotidiana. De este modo, en el siglo XIII, cuando se inicia el proceso de creación de centros de enseñanza superior en toda Europa, el latín es, desde el principio, la lengua de esos Estudios Generales y no solo en el territorio del antiguo Imperio Romano de Occidente sino incluso en las lejanas tierras escandinavas de Uppsala.

    Pero la consolidación del latín como lengua de cultura no supuso solo la conservación de un patrimonio común o la difusión de una cultura elitista. Como ya demostró E. R. Curtius, el latín impulsó, codificó y fecundó a las lenguas particulares que comenzaron a ser utilizadas también en cada vez más amplios ámbitos de la cultura a partir del siglo XII. De este modo, un clérigo cluniacense cualquiera de los se trasladaron a Toledo tras la restauración de la sede metropolitana pudo verter en su confuso castellano un texto francés como el que sirvió de fuente para el Auto de los Reyes Magos, a la manera de textos similares que ya hacía tiempo que desarrollaban en latín los “tropos” del Oficio de Pascua. O bien, en sentido contrario, una colección como la Disciplina clericalis, en la que un clérigo aragonés de origen judío había adaptado al latín una serie de cuentos de procedencia oriental, va a estar detrás de múltiples recreaciones literarias en diversas lenguas europeas vernáculas.

    La exclusividad del latín como lengua de cultura europea solo comenzó a ser contestada a partir del siglo XIV, precisamente por algunos de sus principales usuarios, los humanistas italianos. Destacadas personalidades de la talla intelectual de Dante o Petrarca, con una obra latina de prestigio, abrieron al mismo tiempo la posibilidad de que una lengua vulgar, el toscano de su Florencia natal, pudiera ser considerada apropiada para determinados ámbitos de la cultura, en concreto, la expresión lírica de los sentimientos. Al mismo tiempo, aunque por razones mucho más prácticas, las lenguas vulgares se habían ido consolidando también a través de las recopilaciones legislativas y de su uso jurídico. De este modo, a partir del siglo XVI el latín va siendo relegado al limitado aunque prestigioso campo de la cultura universitaria mientras que en el de la creación literaria se generaliza el uso de lo que ya se llama lenguas “nacionales”. El peso que todavía tiene el latín como lengua vehicular de la alta cultura lo refleja bien la terrible censura a la que Galileo hubo de hacer frente en 1632 por atreverse a publicar su Dialogo en italiano en vez de en latín. Newton, por el contrario, todavía difundiría en latín sus Principia en 1687.

    Durante esos dos siglos, desde el XV al XVII, los europeos no tuvieron un único sustituto para el latín como lengua común. Recordemos, en este sentido, las palabras del emperador Carlos V, por más que sean apócrifas: “El  español  para hablar con Dios, el italiano con las mujeres, el francés con los hombres y el alemán con los caballos”. Pero una situación así resultaría compleja, incómoda e incluso ridícula, como el propio tono de la cita da a entender. Por ello, en esas mismas décadas se va viendo cómo, en la misma medida en que el latín es cada vez menos utilizado, una lengua románica lo va sustituyendo en casi todos los ámbitos de donde se retira: el francés.

    La posición del francés como lengua de cultura, que durante la segunda mitad del siglo XVII ya se había impuesto al español y al italiano, se consolida definitivamente en el siglo XVIII de la mano de tres factores que colaboran entre sí: la hegemonía francesa en el continente, el triunfo del Neoclasicismo como reinterpretación canónica del mundo grecolatino y, sobre todo, la generalización del francés como lengua de intermediación. Esta última condición, a la que con frecuencia no se le da la relevancia que merece, adquiere todavía mayor importancia en el siglo XIX, cuando se generaliza el uso literario de un gran número de lenguas nacionales europeas, desde el alemán al ruso pasando por el serbio, el húngaro o el noruego. Lo que nos interesa en este momento es que, a pesar de su enorme variedad y dispersión, los aspectos comunes de la cultura europea siguen difundiéndose a través de esas lenguas vernáculas de una manera uniforme. Y esto fue así sobre todo porque el francés se convirtió en el punto de contacto entre todas ellas. El francés era conocido en toda Europa; de toda Europa se traducían las principales obras al francés y del francés se traducían a todas las lengua europeas los libros fundamentales. Tal fue el caso de Shakespeare, de Goethe, de Tolstoi, de Ibsen, de Galdós...

    A su vez, este hecho limita la importancia del inglés durante el siglo XIX como lengua llamada a relevar al francés. Aunque la hegemonía mundial ya había pasado a Gran Bretaña hacia 1850 y aunque desde el punto de vista cultural las aportaciones británicas y estadounidenses eran superiores a las francesas a finales de ese siglo, el reducido dominio de la lengua inglesa fuera del ámbito anglófono impidió que se convirtiera en una auténtica lengua de cultura europea antes de la II Guerra Mundial.

    En la actualidad nadie puede negarle al inglés su condición de lengua de cultura universal y su función intercambiadora con otras grandes lenguas de cultura como el chino o el árabe es irrenunciable, por lo que podríamos hablar por vez primera de una lengua global. De todos modos, en el específico ámbito europeo, la previsible salida de Inglaterra de la Unión Europea dejará a los países anglófonos –Irlanda y Escocia- en una posición tan minoritaria que no ha de descartarse, en el caso de que la Unión sobreviva, el desarrollo de una lengua intraeuropea -¿francés, alemán?- en disposición de convertirse, al menos, en una lengua de comunicación internacional. [E. G.]