UN LEÓN SOBRE EL ESCAPARATE


Para Fernando Chámul           

I: EN LA PLAZA DEL PUEBLO

    Escribo estas páginas digitales desde un pequeño pueblo español de 7.000 habitantes, Tauste, en la provincia de Zaragoza. Sin los lujos de una gran ciudad, Tauste tiene, sin embargo, los servicios básicos que hacen cómoda la vida cotidiana en cualquier rincón de Europa: cine municipal y centro de salud, talleres y sucursales, bares, pequeño comercio y supermercados e incluso, lo que aquí hoy nos interesa, un par de oficinas locales de seguros convertidas últimamente en filiales de las multinacionales del sector. Una de ellas, en concreto, luce, en la plaza del Ayuntamiento, el logotipo de Generali, provocándome, podríamos decirlo así, para que escriba este artículo.

    En efecto, cada vez que veo ese león sobre el escaparate, el león de Generali, me viene a la mente el largo, pintoresco e insospechado camino de los símbolos que nos rodean, de esos símbolos que antes que nosotros eligieron otros para jalonar la historia de nuestra cultura y que hoy forman nuestro legado aparentemente más superficial y en realidad, cada vez estoy más seguro de ello, más íntimo y profundo. Hablemos, pues, del león que campea sobre ese escaparate.

    Quien se fije por vez primera en él no verá más que un llamativo león alado perfilado en blanco sobre fondo rojo. A quien se detenga a mirarlo con más detalle acaso le llame la atención el libro abierto que muestra el león bajo su pata delantera; por último, si su curiosidad le lleva a fijarse en ese libro distinguirá varias líneas de escritura en las que puede leerse: “PAX / TIBI / MAR / CE E // VAN / GELI / STA / MEUS”. No hace falta saber latín para entender la palabra “evangelista” pero tampoco está de más saberlo para que el vocativo “Marce” revele sin lugar a dudas al paseante curioso que se halla en realidad no ante un logo comercial típico sino ante un símbolo de origen religioso, el emblema de uno de los cuatro evangelistas, el león de San Marcos.

 

II: UN EMPORIO EN EL ADRIÁTICO 

    Assicurazioni Generali, la multinacional italiana a la que representa la oficina de seguros de la plaza de mi pueblo, fue fundada con el pomposo nombre de Imperial Regia Privilegiata Compagnia di Assicurazioni Generali Austro-Italiche en la ciudad, entonces austriaca, de Trieste, en el año 1831. Carente de salida al mar en sus territorios germanos, Austria hizo de Trieste su gran base naval, militar y mercantil, en el Adriático, llegando a convertirla en una de las metrópolis más pujantes, ricas, cultas y cosmopolitas de la Europa de principios del siglo XX, con hasta más de 200.000 habitantes. De hecho, Trieste fue la ciudad elegida por James Joyce en la primera década del siglo para instalarse fuera de su Irlanda natal.

    El poderío comercial marítimo de Trieste se reflejó pronto en la creación de una compañía de seguros local, austriaca por lo tanto, pero de denominación italiana pues el italiano era la lengua de la ciudad, Assicurazione Generali. El origen austriaco de la Generali explica dos detalles aquí relevantes: uno, que el logotipo original de la compañía fuera el águila bicéfala de los Habsburgo; otro, más cercano a estas páginas sobre literatura, que una de sus principales sucursales estuviera afincada en Praga, otra ciudad “austriaca” pues Bohemia también pertenecía al Imperio, haciendo posible que el propio Franz Kafka fuera empleado de la compañía durante unos meses del año 1907.

    Sin embargo, hacia 1848, cuando desapareció el reino de Iliria al que pertenecía Trieste, la compañía ya había extendido sus redes comerciales por toda la península itálica. Esto hizo que la Trieste italiana quedara cada vez más aislada en los márgenes del Imperio Austro-Húngaro mientras Venecia pasaba a convertirse en la ciudad italiana más importante del Imperio. Por ello, Generali contó pronto en la ciudad de los canales con una gran sucursal que competía con la propia oficina principal triestina, hasta el punto de sustituir el águila bicéfala del Imperio por el león alado de la Signoria. Cuando en los años sesenta los austriacos fueron expulsados de Venecia -de Trieste no lo serían hasta 1918- el león de San Marcos se consagró como el emblema de la compañía por todo el mundo.

 

III: LA CIUDAD DE SAN MARCOS

    La Serenissima Republica de Venezia fue conocida durante más de 500 años como la República de San Marcos e incluso llegó a tener oficialmente ese nombre en 1848, y el león alado que la representaba ondeó durante siglos en las innumerables posesiones que este imperio marítimo tuvo por todo el Mediterráneo, desde las ciudades de Terraferma como Verona hasta los dominios del Mediterráneo oriental como Chipre. Ya hemos escrito en otro lugar que Venecia fue un estado plutocrático donde el poder recaía en las grandes familias de mercaderes que controlaban el comercio marítimo entre Europa y Oriente. Y orgullosos de su independencia, se consideraban bajo la protección directa del evangelista Marcos. A San Marcos estaba dedicada una de las principales fiestas públicas, el 25 de abril, y bajo su advocación se halla aún hoy la fabulosa basílica bizantina que alberga sus restos mortales, robados por dos mercaderes venecianos en Alejandría en el siglo IX.

    Todavía hoy una visita a la catedral de Venecia sirve para recordar algunos de los principales episodios de su historia, sobre todo el saqueo de Constantinopla de 1204 durante la IV Cruzada. Ese año, un gran ejército europeo, que había tomado las armas una vez más para devolver Jerusalén a la Cristiandad, hábilmente manipulado por los venecianos, que se habían encargado del transporte marítimo de las tropas, varió su rumbo y acabó asediando, tomando y saqueando la capital del Imperio Bizantino. De este modo, Venecia consiguió al mismo tiempo destruir casi por completo a su mayor competidor en el comercio con Asia y quedarse con los puertos comerciales más importantes del Mediterráneo oriental para potenciar su propia red marítima. Por si fuera poco, los venecianos arramblaron en Constantinopla con todo lo que creyeron que podía servir para hacer aún más impresionante su ciudad, desde el extraordinario conjunto escultórico en pórfido, del siglo IV, conocido como Los Tetrarcas, arrebatado directamente del palacio imperial para decorar una de las esquinas de la Basílica, hasta los cuatro magníficos caballos de bronce dorados del siglo III a.C. del Hipódromo, que fueron instalados en la fachada principal del templo, encima del pórtico y debajo del león alado. En Venecia todo era poco para San Marcos.

 

IV: EL TETRAMORFOS

    Venimos limitando estas reflexiones al león alado de San Marcos pero los otros tres evangelistas cuentan igualmente con sus propios símbolos -el ángel de Mateo, el buey alado de Lucas y el águila de Juan- y no fue el león el único utilizado como emblema heráldico. El águila de San Juan, por ejemplo, aparece en el escudo de los Reyes Católicos, padres, hijos y bisnietos de sendos Juanes, y decora importantes conjuntos escultóricos y arquitectónicos de la época como la fachada del Hospital de peregrinos de Santiago de Compostela en la Plaza del Obradoiro.

    Con todo, la auténtica trascendencia cultural de estas imágenes no es individual sino colectiva; es la unión de los cuatro símbolos lo que constituye uno de los elementos decorativos más habituales de toda la imaginería religiosa europea, el Tetramorfos, -en griego, las cuatro “formas”-, que representa los cuatro evangelios canónicos. Con ese significado lo hallaremos rodeando al Pantocrátor en el tímpano de las principales iglesias europeas, desde el Pórtico de la Gloria, también en el Obradoiro, hasta la fachada de la catedral de Chartres o el mosaico del ábside de San Clemente en Roma. E igualmente lo encontraremos en la iluminación de algunas de las joyas de la miniatura medieval como el Libro de Kells irlandés del siglo IX y, lo que más nos interesa aquí, los Beatos mozárabes del siglo X.

    Tal vez no esté de más recordar que se conoce como “Beatos” una serie de manuscritos hispánicos que recogen los comentarios al Apocalipsis escritos por el monje asturiano Beato en el siglo VIII, famosos por la profusa decoración miniada de algunas de sus páginas, sobre todo la de los llamados Beato de Liébana y de Ripoll. En este caso, la razón por la que aparece el Tetramorfos no es su relación con los evangelistas sino su mención directa en el texto comentado: “Y en medio del trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. Y el primer ser viviente era semejante a un león; y el segundo ser viviente, semejante a un becerro; y el tercer ser viviente tenía la cara como de hombre; y el cuarto ser viviente, semejante a un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno por sí seis alas alrededor, y de dentro estaban llenos de ojos.” Apo. 4, 6-8.

 

y V: LA VISIÓN DE EZEQUIEL

    Hasta aquí hemos ido siguiéndole la pista al león de la Generali desde nuestro Tauste actual hasta la remota Liébana del siglo VIII en un trayecto que ha recorrido toda la historia y la geografía del continente, pasando por Venecia, Praga, Kells o Chartres. Pero Europa no surgió de la nada; nuestra cultura cuenta con profundas raíces que nos conectan con otras civilizaciones, otras geografías y otras épocas. Una de esas raíces es el judaísmo bíblico, metamorfoseado en el Cristianismo mediterráneo durante el Bajo Imperio. La anterior cita del Apocalipsis forma parte de ese legado, al proporcionar a la tradición cristiana las imágenes que durante 2.000 años han venido representando a los evangelistas: el ángel de Mateo vinculado al interés del escritor por la genealogía humana de Jesús; el león de Marcos, esa “voz que clama en el desierto” con la que se abre su evangelio; Lucas, representado por un buey que simboliza la fuerza y el sacrificio de Cristo; y el águila de Juan, por último, que alude a la altura intelectual de su texto, más preocupado por los conceptos teológicos que por los datos históricos.

    Pero nada de esto está en el Apocalipsis. La imagen de los “cuatro seres vivientes” en realidad no se explica proyectada hacia adelante, hacia el Tetramorfos medieval, sino hacia atrás, hacia otros “vivientes” que el judío Juan conocía bien como parte de su propia tradición bíblica, las visiones teleológicas del profeta Ezequiel: “Y en medio de ella, figura de cuatro seres vivientes. Y este era su parecer; había en ellos semejanza de hombre. Y cada uno tenía cuatro rostros, y cuatro alas. Y los pies de ellos eran derechos, y la planta de sus pies como la planta de pie de becerro; y centelleaban á manera de bronce muy bruñido. Y debajo de sus alas, á sus cuatro lados, tenían manos de hombre; y sus rostros y sus alas por los cuatro lados. Con las alas se juntaban el uno al otro. No se volvían cuando andaban; cada uno caminaba en derecho de su rostro. Y la figura de sus rostros era rostro de hombre; y rostro de león a la parte derecha en los cuatro; y á la izquierda rostro de buey en los cuatro; asimismo había en los cuatro rostro de águila.” Ez. 1, 4-10.

    El Apocalipsis de Juan, un libro escrito en el s. I d.C. dentro de un género bien definido en la tradición literaria judía, remite a una imagen anterior, bastante más compleja por cierto, de un profeta hebreo del destierro de Babilonia en el siglo VI a.C. Pero, ¿y Ezequiel? ¿Es suya, pues, la imagen del león alado? No necesariamente. A quien haya visitado las salas del Louvre dedicadas a la arqueología babilonia no le extrañarán tanto esas visiones de seres alados con rasgos entremezclados de hombres, fieras y pájaros, pues se parecen demasiado a las grandes esculturas mesopotámicas, procedentes de la región en la que, precisamente, Ezequiel ejerció su ministerio profético. Son especialmente famosos los Lamassu, genios protectores de las ciudades asirias ya a principios del primer milenio a.C., con cuerpo de toro, alas de águila y rostro de hombre, en los que pueden verse reunidos tres de los seres de la visión de Ezequiel; e igualmente, del palacio imperial de Susa, de ese mismo siglo VI a.C., se conserva en el Louvre un friso de ladrillos esmaltados con la representación de un león alado con cuernos de toro. Es decir, la compleja imagen polimórfica de Ezequiel, punto de partida de los “cuatro vivientes” apocalípticos, del Tetramofos cristiano y del león de San Marcos, bucea en las tradiciones artísticas que las ciudades de Mesopotamia venían cultivando al menos desde diez siglos antes de nuestra era. Un complejo viaje de 3.000 años y 5.000 kilómetros para encaramar un genio protector asirio a un escaparate de la plaza de mi pueblo. [E. G.]