31/VII: JULIA, HARRY, J. K. ROWLING Y YO

 

Para Julia Borraz Arce, que comparte cumpleaños con Harry Potter, con J. K. Rowling y conmigo. ¡Felicidades!

 

    En la sala de profesores, Julia, se cuenta a veces un caso llamativo. Una alumna respondía al exótico nombre de Iloveny y cuando le preguntaron a su madre de dónde lo había sacado, ella dijo que era inglés: lo llevaba tatuado su padre, un marine norteamericano, en el brazo: I love N.Y. Sirva esta anécdota un poco chusca para dejar claro que, en la actualidad, la variedad de los nombres de persona, los antropónimos, es inabarcable; pero no es menos cierto que los más habituales durante siglos en nuestra cultura tienen básicamente tres procedencias muy concretas, perfectamente representadas, por ejemplo, en tu familia -Julia, Eva y Carlos- o en los libros de J. K. Rowling -la propia Joanne, Harry y Albus-. Empezaremos, claro, por ti.

 

1.- JULIA Y ALBUS

    Ciertamente, Albus [Dumbledore] no es un nombre muy común entre nosotros, los muggles, pero en estas novelas que tanto nos gustan aparecen muchos otros del mismo estilo, procedentes de nuestra tradición más clásica, del lejano mundo grecorromano. Es evidente que a la autora le pareció que el latín y el griego eran buenas lenguas para dar nombre a sus magos. En latín llama a Severus [Snape], Rubeus [Hagrid], Sirius [Black] o a Remus [Lupin] pero también a Lucius y Draco [Malfoy] e incluso a Bellatrix [Lestrange]. En realidad, solo el nombre del padre de Draco, Lucius, es un nombre verdaderamente romano. Para los otros, Rowling utiliza palabras latinas cuyo significado describe al personaje: Albus significa “blanco” y hace referencia, por supuesto, al color de la barba del director de Hogwarts, y lo mismo sucede con el color de la de Hagrid, “rubea”, es decir, “roya”, como decimos aquí; Snape es tan “severo, duro de carácter” como su nombre indica y Malfoy tiene una malasombra digna de un “dragón”, que es lo que significa Draco. En el caso del profesor Lupin y de Bellatrix la cosa es un poco más complicada. Remus es el nombre de uno de los fundadores de Roma, los hermanos Rómulo y Remo. La leyenda dice que fueron criados por una loba y, por lo tanto, nombre y apellido -“lupus”- hacen referencia a que Lupin es un hombre-lobo. Bellatrix, por último, es un nombre inventado a la manera de otras palabras latinas reales como Imperatrix, “emperatriz”, cantrix, “cantante” o meretrix, que mejor no te digo lo que significa. Pero Rowling no solo usa nombres latinos; también los podemos encontrarlos de origen griego: Hermione, real, o Nymphadora [Tonks], inventado a la manera de Teodora o Apolodoro, con el bonito significado de “regalo de una ninfa”.

    En el mundo muggle, aunque también utilizamos algún nombre latino para los hombres, como César o Ignacio -mi segundo nombre, porque hoy es también la festividad de San Ignacio de Loyola-, son mucho más frecuentes los nombres latinos de mujeres: Julia, Celia, Claudia, Patricia, Elisa, Clara… Pero la historia de muchos de estos nombres femeninos de procedencia latina, por ejemplo el tuyo, merece un comentario, ya que en realidad no son nombres sino apellidos. Te explico.

    Los romanos eran tan machistas que no se molestaban ni siquiera en ponerle nombre a sus hijas. Ellos sí que tenían, claro, y además bien complejo. Un ejemplo: “Cayo Julio César”. El primero, Cayo, era propiamente el nombre y los romanos tenían muy pocos, una veintena: Cayo, Marco, Lucio, Tito, Gneo… Luego venía el apellido, Julio, que quería decir que ese Cayo pertenecía a la familia Julia, como tú eres de la familia Borraz. Pero resultaba que había muchos “Cayo Julio” así que añadían un tercer nombre, César, una especie de mote para distinguirse. En nuestro caso es diferente porque ponemos el apellido de la familia de la madre, Arce, pero en Roma, como las madres no tenían apellido no podían hacerlo así.

    Y es que todo esto solo servía para los hombres, porque con las mujeres era mucho más sencillo: cogían el nombre de la familia y las llamaban a todas igual, en femenino. Es decir, en principio todas las hermanas e hijas de un hombre de la familia de los Julio se llamaban Julia, y las de la familia de los Claudio, Claudia. Y entonces, ¿cómo las distinguían? Pues, por ejemplo, Julio César tuvo dos hermanas, Julia Maior (“mayor”) y Julia Minor (“menor”) y una hija que era, simplemente, Julia. Tampoco es que se mataran la cabeza.

    Así que tu nombre, Julia, procede de una poderosa familia que dio los más grandes políticos, generales y emperadores de Roma, una familia que se remontaba a la propia fundación de la Ciudad, cuando Eneas llegó a Italia con su hijo Iulo. Y si ahora te digo, además, que Eneas descendía de Venus, diosa del amor y de la belleza, resulta que difícilmente podrían tus padres haberte puesto un nombre más apropiado y más bonito.

 

2.- EVA Y JOANNE

    Ahora vamos con el nombre de tu madre. Eva, como el Joanne de la creadora de Harry Potter, son nombres que proceden de otra de las grandes tradiciones culturales que dieron forma a Europa, la hebrea. Eva, en concreto, como ya sabrás, es el nombre de la primera mujer, según el Génesis, el primer libro de la Biblia. No deja de resultar curioso que, a pesar de lo mal considerada que está esta Eva, su nombre sea, junto con el de María, el nombre hebreo más corriente entre nosotros en la actualidad. Solo en el instituto tenemos tres Evas, aunque la más inteligente, por supuesto, es tu madre. Pero hay muchos otros nombres de mujer de origen hebreo muy habituales. Seguro que tienes alguna amiga que se llama Miriam, Judith, Rebeca o Sara. Y por supuesto Juana -el Joanne inglés- de la que te hablaré un poco más adelante. Y entre los hombres pasa lo mismo: desde hace siglos entre los antropónimos más comunes están Miguel, José, Rafael -así se llama mi hijo-, Santiago, Tomás o David.

    La razón por la que estos nombres hebreos están tan arraigados en nuestra cultura tiene que ver con la religión. El Cristianismo, que en sus orígenes no era más que una secta del judaísmo, la religión principal de los hebreos, se extendió por todo el Imperio Romano y en el siglo III se convirtió en su religión oficial. Desde entonces la Biblia ha sido la lectura más importante y habitual en lo que hoy es Europa y los nombres del Antiguo Testamento como Eva, José o David y del Nuevo, como María, Jesús -también llamado Manuel- y sus apóstoles Santiago, Tomás, Mateo… se convirtieron en los más habituales en la pila del bautismo.

    No es de extrañar, por lo tanto, que la propia Rowling tenga un nombre de origen judío, Juana, femenino de Juan -Iohannes-, el más joven de los discípulos de Jesús, autor de uno de los evangelios y del Apocalipsis. Sin embargo, la autora de Harry Potter apenas utiliza esta variedad en sus novelas y solo uno tiene verdadera importancia, el nombre del padre de Harry, James Potter, muy habitual, por otra parte, entre los ingleses. Ahora bien, este antropónimo es uno de los más peculiares que hay por su una estrecha relación con otros nombres tan importantes en todas las lenguas europeas como Jaime, Santiago, Diego o Jacobo. Voy a intentar explicártelo despacio porque es un poco lioso.

    El nombre hebreo de donde procede James, y todos los otros mencionados, es Jacob, que los romanos latinizaron como Iacobus, es decir, el Jacobo normal. Sin embargo en la Edad Media la “b” de Iacobus sufrió dos procesos muy diferentes: en un caso se convirtió en “m” -Iacomus- y en otro, desapareció -Iago-. Así, nos encontramos hoy con el italiano Giacomo y en la Edad Media con el catalán Jacme por un lado, y con el francés Jacques y el gallego Yago por otro. Y si seguimos con el primer caso, llegamos al Jaume actual, el Jaime español y el James inglés, mientras que con el segundo la cosa se complica más todavía. La catedral más importante del apostol Jacobo estaba en Galicia, donde se le llamaba Sant Yago, es decir, Santiago. Pero también se pronunciaba San Tiago, y este falso nombre, que hoy se utiliza en Brasil como Thiago, dio lugar a otro nombre español hoy muy común, Diego. Resumiendo: del Jacob hebreo han surgido, entre otros, Jacobo, Jacques, Giacomo, Santiago, Diego, Jaume y el James del padre de Harry Potter.

 

3.- CARLOS Y HARRY

    Todavía nos queda, Julia, un último grupo de nombres al que pertenecen el de tu padre, Carlos, y el de nuestro héroe literario, Harry.

    En la Edad Media, un gran número de pueblos germanos invadieron y ocuparon el Imperio Romano. A estos germanos se los llama bárbaros porque no sabían latín ni eran cristianos pero, por supuesto, tenían sus propios nombres, como toda la gente de todos los sitios. Así que a partir de entonces se hizo habitual en toda Europa este tercer grupo de antropónimos, los de origen germánico. Entre ellos están el de tu padre -Carlos- y el mío -Enrique, Harry- pero también muchos otros como Federico, Eduardo, Luis, Alberto… y, por supuesto, sus parejas femeninas: Carlota, Luisa, Berta -mi mujer-, Alfonsina

    Los libros de J. K. Rowling están escritos en Inglaterra y en inglés y precisamente los “anglos” fue uno de esos pueblos germanos que trajeron estos nuevos nombres. Por eso no es de extrañar que sean muchos los nombres germánicos que aparecen en la saga de Harry Potter, entre los que destacan, por supuesto, el de su protagonista y el su mejor amigo, Ron, abreviación de Ronald. De hecho, donde más nombres germánicos encontramos es en la propia familia Weasley: Bill [de William: Guillermo], Charlie [de Charles: Carlos] y Fred [de Alfred: Alfredo]. Y muchos más entre los personajes secundarios como el de Cedric [Diggory], Godric [Gryffindor] o Rowena [Ravenclaw].

    Una de las características más interesantes de estos nombres germánicos es que tiene su propio significado, es decir, quieren decir algo. Harry, por ejemplo, viene de Henrik, que quiere decir “Jefe del clan”, y Carlos viene de Karl, que en principio solo significa “hombre”, pero debe entenderse como “hombre libre” ya que los germanos, que apreciaban por encima de todo la libertad, creían que solo podía ser un auténtico hombre aquel que era libre. Ronald, por último, significa “Consejero poderoso” y, como ves, es un nombre muy apropiado para el personaje.

    Por otra parte, supongo que después de saber que James y Santiago son el mismo nombre, no te habrá resultado tan extraño que lo sean también Harry y Enrique pero, por si acaso, y termino, te lo voy a explicar también. El nombre germano original de donde vienen los dos sonaba como “Henrik”, con una “h” al principio parecida a una “j” y una “k” al final. La “h” inicial fue perdiendo con el tiempo su pronunciación fuerte y en el sur de Europa llegó a desaparecer. Por eso en francés, aunque se escribe no se pronuncia: Henri. En la península ibérica, tampoco y en castellano hasta se dejó de escribir: Enrique. En portugués, sin embargo, aunque tampoco se pronuncia, aún se escribe: Henrique. Con la “k” del final pasó lo mismo pero al revés: donde todavía se pronuncia la “h”, como en Inglaterra, la “k” ha desaparecido: Henry, mientras que donde la “h” no se pronuncia, como en Italia, la “k” se mantiene: Enrico. Y por último, también hay sitios donde se conservan tanto la “h” como la “k” originales. ¿Dónde? En Alemania: Heinrich.

 

    Y esto es todo, Julia. Espero que mi regalo de cumpleaños te haya entretenido pero si te ha parecido un poco rollazo y te has ido a jugar con tu hermana y tus amigas antes de llegar al final, que será lo más fácil, confío en que dentro de unos años vuelvas a leerlo y lo encuentres entonces un poco más interesante.

    Que pases un buen día, Julia, que te regalen muy buenos libros y que seas muy feliz con toda tu familia. Te lo desea el profesor ese alto y calvo con el que recitaste a Gloria Fuertes en Tauste y que nació como tú, como J. K. Rowling y como Harry Potter, el 31 de julio.

Enrique [Harry] Galé.