VANGUARDIAS: EL CANTO DEL CISNE DE EUROPA

    El movimiento cultural desarrollado en Europa a principios del siglo XX en directa correlación con la I Guerra Mundial y que se conoce como Vanguardias supuso el momento fundamental y definitivo de la Etapa Disolvente de la cultura europea. Del mismo modo que la I Guerra Mundial fue un punto de inflexión para la posición dominante de Europa en el mundo, que se había consolidado a lo largo del siglo XIX, las Vanguardias marcaron también el principio del fin de esa posición hegemónica europea en el ámbito de la cultura mundial. Y, como en el campo de la política, también en el cultural la decadencia se prolongó, casi por inercia, durante un par de décadas, hasta que la hecatombre general de la II Guerra Mundial hundió definitivamente a Europa como referente cultural.

    Lo más llamativo de las Vanguardias, en relación con esta evolución política de Europa en las primeras décadas del siglo XX, fue que, mientras que los imperios que se enfrentaron en la I Guerra Mundial pretendían con sus políticas mantener y ampliar su hegemonía mundial y fueron sus propias ceguera y estupidez lo que los llevó a la ruina, las Vanguardias surgieron desde el primer momento con la voluntad expresa de destruir todo el sistema cultural imperante en Europa y toda la tradición que, a lo largo de más de mil años había conducido a ese estado de cosas. Es cierto que los excesos y la barbarie desmedida e inesperada de la guerra potenciaron las tendencias autodestructivas de las Vanguardias, pero debemos reconocer que varios años antes de la guerra ya algunas de sus principales corrientes como el Cubismo o el Futurismo planteaban la ruptura absoluta con toda la tradición clásica europea –uso de las máscaras africanas, por ejemplo, en Las señoritas de Avignon de Picasso- o la sustitución de ésta por un nuevo modelo cultural independiente –la nueva tecnología o la velocidad de los poemas de Marinetti.

    Por otra parte, pese a sus muchos elementos antirrománticos, no sería correcto limitar las pretensiones de las Vanguardias a una mera superación de los criterios artísticos predominantes en el siglo anterior. De hecho, la reacción contra el Romanticismo se había producido antes y en artistas como los Prerrafaelitas y los Parnasianos o Impresionistas encontramos ya intentos de retraer las bases de la creación a una época anterior al triunfo de la egolatría  romántica . Especial interés tiene en este sentido el Prerrafaelismo inglés ya que por vez primera, aunque de forma muy limitada, se buscaron nuevos cánones creativos incluso fuera de la Etapa Clásica de la cultura europea. Así, la vanguardia de principios de siglo no haría más que ahondar en ese desapego y esa desconfianza hacia la propia tradición europea, de modo que los nuevos modelos de prestigio serían buscados, de forma más radical, fuera de nuestras fronteras –África o el Lejano Oriente- o, simplemente, creados ab nihilo.

    Como hemos señalado, un dato histórico básico de las Vanguardias fue su coincidencia con la I Guerra Mundial y, como la guerra para la política europea, para la cultura la de las Vanguardias fue una época, la última, de una intensidad y repercusión máximas a nivel mundial de toda Europa. Por supuesto, uno de los núcleos vanguardistas principales y fundamental, sobre todo, en los inicios del movimiento, fue la ciudad de París, pero con la guerra esa focalización desapareció y los vanguardistas y sus proyectos se dispersaron, surgiendo otros núcleos alternativos en Suiza, Berlín y, sobre todo, la U.R.S.S. En el mismo sentido, las Vanguardias son uno de los movimientos más profundamente europeos de la historia de nuestra cultura puesto que ya en su propia génesis francesa encontramos una cantidad insólitamente numerosa de grandes creadores procedentes de otras regiones de Europa, hasta el punto de que sería más correcto hablar de un origen estrictamente parisino que francés. Hacia 1910 en París dan a conocer sus novedosas propuestas estéticas españoles como Picasso y Gris y rusos como Chagall y Stravisnky y allí es donde publica su manifiesto el italiano Marinetti. Y ya durante la guerra, las Vanguardias se desarrollan en el Zurich del húngaro Tzara y el alemán Ball, en la Rusia de Maiakovski y Malevich o en el Berlín de Kokochka y Grosz.

    Otra característica fundamental de la Vanguardia es su amplitud cultural. Se trata, como el Renacimiento o el Romanticismo, de un movimiento global, que afecta a todas las artes, incluyendo el recién inventado cine. Es, por lo tanto, una nueva concepción de entender la relación del hombre europeo con el mundo en su totalidad. Incluso podría hablarse también de auténtica vanguardia en el pensamiento europeo en general con científicos como Böhr o Einstein e intelectuales como Wittgenstein y Freud.

    La revolución vanguardista tuvo un efecto especialmente devastador en Europa precisamente por su coincidencia con la I Guerra Mundial, de la que nadie esperaba las funestas consecuencias que iba a depararles a todos los imperios que la provocaron. Por ello, inmediatamente después de la guerra, en los años 20, además de algunas vanguardias, como el Surrealismo o el Expresionismo, que podríamos considerar estabilizadas, puede detectarse en buena parte de los artistas europeos una voluntad de regresar a cierto tipo de clasicismo. Se trataba en realidad de intentar recuperar la centralidad creadora que la renuncia a la propia esencia cultural del continente había provocado en el panorama cultural occidental. Son los periodos clásicos de Picasso o de Prokofiev y, en cierto modo, la razón de la imposición de los realismos socialista en la U.R.S.S. y fascista en  Italia  y Alemania. Sin embargo, estos últimos intentos europeos de recuperación de la hegemonía cultural resultaron infructuoso debido a la centralidad que ya estaba desarrollando EE.UU. y al estallido de la II Guerra Mundial.

    En el continente, quedó más al margen del movimiento vanguardista el Reino Unido debido a que su posición hegemónica en Europa a finales del XIX le permitió mantener la inercia de un modelo de creación artística particular justo cuando el resto de Europa llevaba a cabo este brusco viraje vanguardista. De este modo, es precisamente en la cultura británica de los años 20 donde mejor puede verse una evolución más reposada y una aceptación más pausada y menos radical de la revolución vanguardista, con ejemplos muy significativos en literatura como Woolf o Eli ot. Esto no fue óbice, sin embargo, para que tras la II Guerra Mundial tampoco Gran Bretaña fuera capaz de resistir la inmensa pujanza de América, que acabó de forma definitiva con la presencia predominante de Europa en el panorama cultural mundial en la segunda mitad del siglo XX. [E.G.]