HAROLD BLOOM: EL CANON OCCIDENTAL

 

     Harold Bloom: El canon occidental. La escuela y los libros en todas las épocas, Anagrama, Barcelona, 1995.

 

    Aunque son múltiples y significativas las diferencias de planteamiento, las líneas de desarrollo y las conclusiones del libro de Harold Bloom en relación con las de estas páginas en su propósito compartido de establecer un canon literario, no son menos ni menos relevantes sus coincidencias. Y, puesto que mi lectura de Bloom fue anterior, cualquier semejanza debería ser considerada una posible influencia y cualquier contradicción una voluntaria discrepancia. Quien esto escribe no dejaría de sentir como un elogio que su trabajo pudiera ser interpretado, a la manera que plantea el propio Bloom en su libro, como el típico mecanismo de emulación entre un discípulo y su maestro.

    En cualquier caso, no cabe duda de que ya en los propios puntos de partida hay radicales diferencias. Bloom trata de enunciar e interpretar un canon “occidental”, es decir, el canon de toda una civilización que abarca, en los listados del Apéndice A, desde la Iliada hasta un tal Tony Kushner, sea quien sea este último individuo. Curiosamente, también encontramos en ese mismo listado, el Poema de Gilgamesh o el Ramayana, lo cual podría dar a entender que Bloom pretende establecer en realidad  un “canon universal”. Sin embargo, la ausencia de otras obras no occidentales igualmente trascendentales como Las mil y una noches árabes, el teatro Nô japonés o El arte de la guerra chino hace más difícil de interpretar este listado.

    Uno de los planteamientos heterodoxos del autor es la segmentación histórica que propone, basada en cuatro “edades”, Teocrática, Aristocrática, Democrática y Caótica, las tres primeras de la cuales él dice haber tomado de Giambattista Vico a través de Joyce. Lo que más llama la atención, al margen de lo forzado que resulta la aplicación de alguna de esas denominaciones a la historia de la literatura, es su enorme disparidad cronológica. La primera de sus edades, que luego Bloom no desarrolla, ocupa unos 2.000 años, desde Homero hasta Dante. La segunda, de Dante a Goethe, es de 500 años. Las dos últimas, de Goethe a Ibsen y de Ibsen a la actualidad del autor (1994), de unos cien años cada una. Esta desproporción que, por otra parte, coloca a una novelista poco relevante como George Eliot a la altura de Cervantes, puede tener mucho que ver con la típica predisposición de cualquier crítico a darle una importancia especial a su propio tiempo, identificado aquí con la “nueva” edad que añade Bloom a la lista de Vico, la Caótica. Y esto, a su vez, justificaría el listado tan extenso como absurdo de todo tipo de escritores de segunda fila estadounidenses, evidentemente amigos, conocidos o vecinos de barrio, con que se cierra el mencionado Apéndice A.

    Pese a ello, la compartimentación de Bloom resulta muy interesante porque trata de replantear los periodos históricos tradicionales, sobre todo en un segmento tan poco preciso en todos los sentidos como la Edad Contemporánea. El concepto de Edad Caótica, que Bloom aplica al siglo XX presenta muchos puntos en común con el de Etapa Disolvente tal y como la entendemos en esta web, si bien nosotros lo aplicamos a los siglos XIX y XX, entendiendo que lo más significativo del XIX es que en él ya predominan los rasgos que modificarán por completo las bases estéticas de la civilización occidental a lo largo del XX.

    El desarrollo general del libro de Bloom, dejando aparte la introducción y los apéndices, se centra en una sucesión de comentarios sobre los que él considera los principales escritores del canon occidental en sus edades aristocrática, democrática y caótica. En principio, la secuencia está planteada de forma cronológica por lo que las excepciones a este orden habría que considerarlas significativas. De hecho, la primera de estas excepciones, que coloca a Shakespeare como punto de partida por delante de Dante,  Chaucer  y Montaigne, y sirve para resaltar la posición excepcional del dramaturgo inglés de forma explícita y notoria, puede que sea la principal diferencia esencial entre la interpretación de la literatura europea del crítico estadounidense y la nuestra. A nuestro entender, solo se podría aceptar ese prejuicio a favor de Shakespeare si se considerara que el canon literario tiene un valor coyuntural, es decir, si, al contrario de lo que opina el propio Bloom, el canon dependiera por completo de nuestra valoración contemporánea. En la actualidad, en efecto, Shakespeare goza de un prestigio con el que nadie puede competir, a excepción, si acaso, de Ken Follet o Agatha Christie. Sin embargo, no es de ese tipo de prestigio ni de ese tipo de canon de los que habla Bloom. El canon debe tener en cuenta a aquellos autores que por sus valores estéticos han sido considerados de forma generalizada en nuestra cultura como ejemplos magistrales dignos de emulación artística. Bloom parece olvidar que el prestigio global de Shakespeare apenas tiene cien años y que, desde un punto de vista histórico, ni siquiera puede ponerse a la altura de otros escritores europeos como Dante, Cervantes o, en la propia lengua inglesa, John Milton.

    En relación con esta deliberada y distorsionadora predilección de Bloom por Shakespeare está el otro gran reproche que se le puede hacer a su obra: la desafortunada preeminencia que se concede a una lengua tradicionalmente menor, el inglés, en la historia de la literatura europea. Ya no es solo que en el siglo XIX, cuando el inglés por vez primera comenzaba a competir con otras lenguas de cultura europeas de tanto prestigio como el francés o el italiano, Bloom solo recoja dos grandes figuras no inglesas (Tolstoi e Ibsen) frente a cuatro británicos y dos estadounidenses. Es que, de forma casi ridícula, en la Etapa Clásica, entre nueve autores, se las arregla para encajar a cuatro escritores ingleses frente a un solo italiano y a un solo español. Es evidente que ver en el índice el nombre de Chaucer donde no está Boccaccio, por ejemplo, invita a cerrar el libro sin más consideraciones, pero este sesgo tan desafortunado sin duda se debe a la misma razón -el mismo defecto-, que lleva al autor a listar 161 estadounidenses del siglo XX y solo 18 sudamericanos: su localismo. Y de sobras saben quienes leen esta web que es precisamente el localismo –de nación o de lengua, o de ambos, qué más da- una de las características más propias de la Etapa Disolvente de nuestra cultura, a la que el propio Bloom, evidentemente, pertenece.

    Pese a ello, la base teórica del libro de Bloom es clara, contundente y digna de ser tenida en cuenta. La literatura occidental está concebida como una creación artística de carácter estético autónomo, con sus propios criterios de valoración y sus propios mecanismos de creación y de prestigio. Por ello, la evolución histórica de la literatura tiene mucho que ver con aspectos internos como la copia, la enseñanza, el prestigio de los autores o su emulación. Pero, como los propios condicionamientos de la obra de Bloom dejan en evidencia a pesar de todo, rechazar de plano los aspectos históricos, sociales o personales presentes en la creación de un canon o en su evolución implica limitar de forma innecesaria y empobrecedora  el nivel del análisis y de la crítica. [E. G.]