FERNANDO DE ROJAS: UN ASOMBROSO EXPERIMENTO JUVENIL

    Pocas biografías literarias dan tan poco de sí –excepto tal vez la de Shakespeare- como la del autor de la Tragicomedia de Calisto y Melibea. La mayoría de los datos que sabemos de Fernando de Rojas –y los únicos que en verdad están relacionados con su única obra literaria- los hallamos en los propios textos preliminares de ésta. El resto, debido a las investigaciones históricas de este último siglo, apenas sirve para dejar constancia de la veracidad de los anteriores y para anclar en el mundo real de la primera mitad del siglo XVI la peripecia vital de un hombre de leyes que nada parece haber querido tener que ver con la literatura después de su único –y espléndido- acercamiento juvenil a ella. A la manera de un Rimbaud lúcido y pesimista, pero sin la aparatosidad esperpéntica de éste, Fernando de Rojas produjo en su primera mocedad una de las piezas dramáticas más originales, renovadoras, exitosas y polémicas de su tiempo e inmediatamente después se alejó para siempre de la creación literaria para centrarse en quehaceres sin duda más prosaicos pero también más previsibles en la España de Carlos V.

    Como él mismo dice y los documentos notariales corroboran, Fernando de Rojas nació en una villa de Toledo –La Puebla de Montalbán- en la Castilla de la segunda mitad del siglo XV. Se desconoce su fecha exacta de nacimiento, que puede variar de 1470 a 1480 dependiendo de la edad que se le suponga cuando escribió su Comedia, hacia 1498. Pero a su vez este dato depende de la situación académica o profesional del autor en esos años. De acuerdo con los “Preliminares”, sabemos que Rojas se hallaba entonces en Salamanca, donde estudiaba o había estudiado Derecho, cuando, durante unas vacaciones, en quince días, se entregó a la continuación de un fragmento teatral anónimo que había encontrado. Rojas dice de sí mismo en ese momento que es “jurista”, lo cual puede significar tanto que todavía está estudiando como que ya ejerce, es decir, tanto puede tener unos 20 años como unos 25. Personalmente, dado que alude a la separación de sus “socios”, que han marchado a sus tierras, y a “quince días”, que es lo que duraban, en efecto, las vacaciones universiarias de Pascua –Rojas no podría desplazarse hasta La Puebla de Montalbán para tan poco tiempo-, nos inclinamos a pensar en una estancia en la ciudad del Tormes más ligada a cuestiones de estudio que de trabajo. Esto acercaría la edad del autor, a finales del siglo, a los 20 años y su nacimiento al año 1478. Esto explicaría mejor, también, que no haya noticia de ningún otro texto literario de Rojas: Calisto y Melibea serían producto de una única tentativa creativa de juventud a la que renunció de inmediato, nada más acabar sus estudios, para no volver a ella nunca. No resulta imprescindible considerar que la relación de Rojas con la creación literaria le resultase desagradable o insatisfactoria –aunque sabemos por él que le causó molestias que parece que hubiera preferido evitar- pero, desde luego, no le fue atractiva o, simplemente, la consideró improcedente teniendo en cuenta su futuro profesional.

    En resumen, Fernando de Rojas escribió o, mejor, completó la Comedia de Calisto y Melibea hacia 1498, volvió sobre su texto un par de años después, debido a la importunación de sus amigos, para dar forma a la Tragicomedia y quejarse de quienes ya se estaban aprovechando, contra su voluntad, de su trabajo, y resolvió, finalmente, dar completa libertad a su obra y dedicarse en adelante a menesteres sin duda más productivos.

    A partir de aquí, de nuevo como en el caso de Shakespeare, los datos fidedignos sobre la vida del autor se encuentran en proporción inversa a las especulaciones que se han hecho a partir de ellos. El que más ha llamado la atención de los especialistas ha sido, con mucho, el que Rojas fuera de familia judía conversa tanto por parte de su padre como de su madre e incluso de su esposa. Este hecho ha llegado a condicionar la propia interpretación de La Celestina. Sin embargo, no hay ningún dato en la biografía del autor que sugiera esa trascendencia. Su ascendencia judía no le impidió ni estudiar leyes durante su juventud –esto significa que la conversión familiar no había sido reciente-, ni ejercer su profesión de abogado con normalidad propia de cristiano viejo ni ocupar cargos municipales de relevancia, incluidos los de representación institucional, durante su madurez. El hecho de que su suegro acudiera a él para que lo defendiese cuando él sí tuvo problemas con la Inquisición demuestra la posición de seguridad en la que se encontraba el propio Rojas. De hecho, tras su traslado a Talavera de la Reina en 1508, Fernando de Rojas vive allí durante 31 años sin que se le conozca reproche alguno de las autoridades civiles ni religiosas y allí amasa una fortuna familiar considerable que lega sin problemas a los hijos que tiene de su matrimonio con su única esposa, Leonor Álvarez de Montalbán. Su propio hijo Francisco estudió leyes, como su padre, y fue como él alcaide mayor de Talavera y, finalmente, su nieto no tuvo reparos en incluir al autor de La Celestina en su solicitud de una ejecutoria de hidalguía. Y por lo que al propio texto respecta, tampoco estará de más recordar que no solo no fue apenas perseguido por la Inquisición –que durante más de 200 años solo purgó alguna expresión suelta- sino que fue reconocido múltiples veces como una obra religiosamente ortodoxa y de un contenido moral más allá de cualquier reproche.

    De este modo, Fernando de Rojas parece haber llevado una apacible vida doméstica durante cuatro décadas en Talavera de la Reina, donde se ocupó como “alcaide mayor” de representar y defender varias veces a la villa en sus diferentes pleitos y gestiones, hasta su muerte en abril de 1541. Para entonces, la Comedia de Calisto y Melibea, que Rojas había escrito casi 45 años antes en Salamanca, ya se había convertido, lejos de su jurisdicción como autor, en La Celestina, ya había sido traducida –o lo iba a ser de inmediato- a todas las lenguas de cultura de Europa y, difundida en decenas de ediciones de todo tipo, se había convertido ya en la obra teatral más influyente de la literatura castellana anterior a  Lope de Vega . Inesperado destino, sin duda, para el único libro de un autor que no tuvo ningún interés en escribir ninguna otra cosa. [E. G.]